Historiografía

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Historiografía
Mujer escribiendo, de Johannes Vermeer.

La historiografía, también denominada ciencia histórica,[1] [2] es el registro escrito de la historia, la memoria fijada por la propia humanidad con la escritura de su propio pasado.

El t√©rmino proviene de histori√≥grafo, y √©ste del griego ŠľĪŌÉŌĄőŅŌĀőĻőŅő≥ŌĀő¨ŌÜőŅŌā ([historiogr√°fos]), de ŠľĪŌÉŌĄőŅŌĀőĮőĪ ([histor√≠a]: historia) y -ő≥ŌĀő¨ŌÜőŅŌā ([gr√°fos]), de la ra√≠z de ő≥ŌĀő¨ŌÜőĶőĻőĹ ([gr√°fein]: escribir); o sea, el que escribe (o describe) la historia.[3]

La historiograf√≠a es el arte de escribirla, pero tambi√©n la ciencia de la historia. El √©nfasis en su condici√≥n de "arte" (ŌĄő≠ŌáőĹő∑, [t√©chne]) o "ciencia" (ŠľźŌÄőĻŌÉŌĄőģőľő∑, [epist√©me]) es uno de los objetos de debate metodol√≥gico m√°s importante entre los historiadores, con abundante participaci√≥n de todo tipo de intelectuales que han reflexionado sobre ello, dada su posici√≥n central en la cultura.[4] Para una parte de ellos, ni siquiera puede hablarse de "historia" en singular, puesto que la condici√≥n de relato de sus productos los convierte en "historias" en plural.[5] Para la mayor parte de los historiadores contempor√°neos, en cambio, la condici√≥n cient√≠fica de la historia, o al menos la aspiraci√≥n a tal condici√≥n ("ciencia en construcci√≥n"[6] ), es irrenunciable;[7] e incluso est√° muy extendida la visi√≥n que no percibe ambos rasgos (ciencia y arte) como estrictamente incompatibles, sino como complementarios.[8]

Contenido

Historiografía como meta-historia

Si la historia es una ciencia cuyo objeto de estudio es el pasado de la humanidad, cuestión en que la mayoría, pero no todos los historiadores concuerdan; se tiene que someter al método científico, que aunque no pueda aplicársele en todos los extremos de las ciencias experimentales, sí puede hacerlo a un nivel equiparable a las llamadas ciencias sociales.

V√©anse tambi√©n: metodolog√≠a y metodolog√≠a en las ciencias sociales

Un tercer concepto confluyente a la hora de definir la historia como fuente de conocimiento es la ¬ęteor√≠a de la historia¬Ľ, que puede llamarse tambi√©n ¬ęhistoriolog√≠a¬Ľ (t√©rmino acu√Īado por Jos√© Ortega y Gasset).[9] Su papel es estudiar ¬ęla estructura, leyes y condiciones de la realidad hist√≥rica¬Ľ,[10] mientras que la ¬ęhistoriograf√≠a¬Ľ es, a la vez: el relato mismo de la historia, el arte de escribirla, y el estudio cient√≠fico de sus fuentes, productos y autores.[11]

Es imposible acabar con la polisemia y la superposición de estos tres términos, pero simplificando al máximo se puede definir:

  • la historia como los hechos del pasado,
  • la historiograf√≠a como la ciencia de la historia,
  • la historiolog√≠a como su epistemolog√≠a.

La filosof√≠a de la historia es la rama de la filosof√≠a que concierne al significado de la historia humana, si es que lo tiene. Especula un posible fin teleol√≥gico de su desarrollo, o sea, se pregunta si hay un dise√Īo, prop√≥sito, principio director o finalidad en el proceso de la historia humana. No debe confundirse con los tres conceptos anteriores, de los que se separa claramente. Si su objeto es la verdad o el deber ser, si la historia es c√≠clica o lineal, o existe la idea de progreso en ella; son materias ajenas a la historia y la historiograf√≠a propiamente dichas, que trata esta disciplina. Un enfoque intelectual que tampoco contribuye mucho a entender la ciencia hist√≥rica como tal es la subordinaci√≥n del punto de vista filos√≥fico a la historicidad, considerando toda la realidad como el producto de un devenir hist√≥rico: ese ser√≠a el lugar del historicismo, corriente filos√≥fica que puede extenderse a otras ciencias, como la geograf√≠a.

Una vez despejada la cuestión meramente nominal, queda para la historiografía por tanto el análisis de la historia escrita, las descripciones del pasado; específicamente de los enfoques en la narración, interpretaciones, visiones de mundo, uso de las evidencias o documentación y métodos de presentación por los historiadores; y también el estudio de estos mismos, a la vez sujetos y objetos de la ciencia.

La historiografía, más llanamente, es la manera en que la historia se ha escrito. En un amplio sentido, la historiografía se refiere a la metodología y a las prácticas de la escritura de la historia. En un sentido más específico, se refiere a escribir sobre la historia en sí.

Véase también: Filosofía de la Historia

Fuentes historiogr√°ficas y su tratamiento

Artículos principales: Fuente documental y Método histórico

Es importante distinguir la materia prima del trabajo de los historiadores (fuente primaria) de los productos semielaborados o terminados (fuente secundaria e incluso fuente terciaria). Igualmente denotar la diferencia entre fuente y documento y el estudio de las fuentes documentales: su clasificación, prelación y tipología (escritas, orales, arqueológicas); su tratamiento (reunión, crítica, contraste), y el mantener el respeto debido a las fuentes, fundamentalmente con su cita fiel. La originalidad del trabajo de los historiadores es un asunto delicado.

Historiografía como producción historiográfica

Archivo de Indias, delante de la Catedral de Sevilla.
Enterramiento de la cultura nazca.

Historiograf√≠a es equivalente a cada parte de la producci√≥n historiogr√°fica, o sea: al conjunto de escritos de los historiadores acerca de un tema o per√≠odo hist√≥rico concreto. Por ejemplo, la frase ¬ęes muy escasa la historiograf√≠a sobre la vida cotidiana en el Jap√≥n en la era Meiji¬Ľ quiere decir que hay pocos libros escritos sobre tal cuesti√≥n porque hasta el momento no ha recibido atenci√≥n por parte de los historiadores, no porque su objeto de estudio sea poco relevante o porque haya pocas fuentes documentales que proporcionen documentaci√≥n hist√≥rica para hacerlo.[12] Con respecto a la difusi√≥n y publicidad de la producci√≥n historiogr√°fica, ser√≠a bueno que cumpliera los mismos requisitos a que se someten las dem√°s publicaciones cient√≠ficas.

Tambi√©n se utiliza el vocablo historiograf√≠a para hablar del conjunto de historiadores de una naci√≥n, por ejemplo, en frases semejantes a esta: ¬ęLa historiograf√≠a espa√Īola abri√≥ sus brazos y sus archivos desde los a√Īos 1930 a los hispanistas franceses y anglosajones, que renovaron su metodolog√≠a¬Ľ.

Es necesario diferenciar los dos t√©rminos usados m√°s arriba: ¬ęproducci√≥n historiogr√°fica¬Ľ y ¬ędocumentaci√≥n hist√≥rica¬Ľ, aunque en muchos casos coincida que los historiadores utilizan como documentaci√≥n hist√≥rica precisamente la producci√≥n historiogr√°fica anterior.

Por ejemplo: adem√°s de un conjunto de documentos archiv√≠sticos de la Casa de Contrataci√≥n de Sevilla que se produjeron quiz√° s√≥lo para llevar una contabilidad;[13] o de alg√ļn material arqueol√≥gico que se halle en una excavaci√≥n en Per√ļ, y que se deposit√≥ sin intenci√≥n de que nadie lo encontrara; un historiador americanista tendr√° que utilizar la Brev√≠sima relaci√≥n de la destrucci√≥n de las Indias, que fue escrita por Bartolom√© de las Casas con un af√°n hist√≥rico indudable, adem√°s de con un prop√≥sito de la defensa de un inter√©s o su propio punto de vista.[14] Con eso √ļltimo vemos otra insalvable caracter√≠stica de la historia que la peculiariza como ciencia: ning√ļn historiador, por muy objetivo que pretenda ser, es ajeno a sus propios intereses, ideolog√≠a o mentalidad ni puede sustraerse a su punto de vista particular. Como mucho puede intentar la intersubjetividad, es decir, tener en cuenta la existencia m√ļltiples puntos de vista. Para el caso que nos sirve de ejemplo, contrastar las fuentes de Bartolom√© de las Casas con las dem√°s voces que se oyeron en la Junta de Valladolid, entre las que destac√≥ la de su rival Juan Gin√©s de Sep√ļlveda, o incluso con la llamada ¬ęvisi√≥n de los vencidos¬Ľ,[15] que raramente se conserva, pero a veces s√≠, como ocurre con la Nueva Cr√≥nica y Buen Gobierno del inca Guaman Poma de Ayala[16]

La reflexión sobre la posibilidad o imposibilidad de un enfoque objetivo lleva a la necesidad de superar la oposición entre objetividad (la de una inexistente ciencia "pura" que no se contamine con el científico) y subjetividad (implicada en los intereses, ideología y limitaciones de éste) con el concepto de intersubjetividad, que obliga a considerar la tarea del historiador, como la de cualquier científico, como un producto social, inseparable del resto de la cultura humana, en diálogo con los demás historiadores y con la sociedad entera.

Historiografía y perspectiva: el objeto de la historia

La historia no tiene más remedio que seguir la tendencia a la especialización que tiene cualquier disciplina científica. El conocimiento de toda la realidad es epistemológicamente imposible, aunque el esfuerzo de un conocimiento transversal, humanístico, de todas las partes de la historia, es exigible a quien verdaderamente quiera tener una visión correcta del pasado.

Así pues la historia debe segmentarse no sólo porque el punto de vista del historiador esté contaminado de subjetividad e ideología, como habíamos visto, sino porque necesariamente debe optar por un punto de vista, al igual que un científico, si quiere observar su objeto, debe optar por utilizar un telescopio o un microscopio (o, de forma menos grosera, qué tipo de lente va a aplicar). Con el punto de vista se determina la selección de la parte de la realidad histórica que se toma como objeto, y que sin duda dará tanta información sobre el objeto estudiado como sobre las motivaciones del historiador que estudia. Esa visión sesgada puede ser inconsciente o consciente, asumida con más o menos cinismo por el historiador, y es distinta para cada época, para cada nacionalidad, religión, clase o ámbito en el que el historiador quiera situarse.

La inevitable pérdida que supone la segmentación, se compensa con la confianza en que otros historiadores harán otras selecciones, siempre sesgadas, que deben complementarse. La pretensión de conseguir una perspectiva holística, como pretende la historia total o la historia de las Civilizaciones, no sustituye la necesidad de todas y cada una de las perspectivas parciales como las que se tratan a continuación:

Sesgos temporales

Los sesgos temporales van desde las periodizaciones cl√°sicas Prehistoria, Historia, Edad Antigua, Edad Media, Edad Moderna o Edad Contempor√°nea, hasta las historias por siglos, reinados, etc. La periodizaci√≥n cl√°sica (ver su justificaci√≥n en ¬ęDivisi√≥n del tiempo hist√≥rico¬Ľ) es discutible tanto por la necesidad de periodos de transici√≥n y solapamientos, como por no representar periodos coincidentes para todos los pa√≠ses del mundo (por lo que ha sido acusada de euroc√©ntrica).

El punto de vista euroc√©ntrico: ¬Ņnos perturba un mapa ¬ęboca abajo¬Ľ?

Los anales fueron uno de los or√≠genes de la fijaci√≥n de la memoria de los hechos hist√≥ricos en muchas culturas (v√©ase en su art√≠culo y m√°s abajo en Historiograf√≠a de Roma). Las cr√≥nicas (que ya en su nombre indican la intenci√≥n del sesgo temporal) son usadas como reflejo de los acontecimientos notables de un periodo, habitualmente un reinado (v√©ase en su art√≠culo y m√°s abajo en Historiograf√≠a de la Edad Media e Historiograf√≠a espa√Īola medieval y moderna). La arcontolog√≠a ser√≠a la limitaci√≥n del registro hist√≥rico a la lista de nombres que ocupaban determinados cargos de importancia ordenados cronol√≥gicamente. De hecho, la misma cronolog√≠a, disciplina auxiliar de la historia, nace en muchas civilizaciones asociada al c√≥mputo del tiempo pasado que se fija en la memoria escrita por los nombres de los magistrados, como ocurr√≠a en Roma, donde era m√°s corriente citar un a√Īo por ser el de los c√≥nsules tal y cual. En el Antiguo Egipto, la dataci√≥n del tiempo se hizo por a√Īos (Piedra de Palermo), a√Īos, meses y d√≠as de reinado del fara√≥n (Canon Real de Tur√≠n), o dinast√≠as (Manet√≥n). Es muy significativo que en las culturas no hist√≥ricas, que no fijan mediante la escritura la memoria de su pasado, es muy frecuente no plantearse la duraci√≥n concreta del tiempo pasado m√°s all√° de unos pocos a√Īos, que pueden ser incluso menos que los que dura una vida humana.[17] Todo lo que ocurre fuera de ello ser√≠a ¬ęhace mucho tiempo¬Ľ, o en ¬ętiempo de los antepasados¬Ľ, que pasa a ser un tiempo m√≠tico, ahist√≥rico.[18]

El tratamiento cronológico es el más usado por la mayor parte de los historiadores, pues es el que corresponde a la narración convencional, y el que permite enlazar las causas pasadas con los efectos en el presente o futuro. No obstante, se emplea de distinta manera: por ejemplo, el historiador siempre tiene que optar por un tratamiento sincrónico o diacrónico de su estudio de los hechos, aunque muchas veces hacen sucesivamente uno y otro.

  • El tratamiento diacr√≥nico estudia la evoluci√≥n temporal de un hecho, por ejemplo: estudiar√≠a la formaci√≥n de la clase obrera en Inglaterra a lo largo de los siglos XVIII y XIX)
  • El tratamiento sincr√≥nico se fija en las diferencias que el hecho hist√≥rico estudiado tiene al mismo tiempo pero en diferentes planos, por ejemplo: comparar√≠a la situaci√≥n de la clase obrera en Francia e Inglaterra en la coyuntura de la revoluci√≥n de 1848 (ambos ejemplos est√°n tomados de E. P. Thompson)[19]

Periodos o momentos especialmente atractivos para los historiadores terminan convirti√©ndose, por la intensidad del debate y el volumen de la producci√≥n, en verdaderas especialidades, como la historia de la Guerra Civil Espa√Īola, la historia de la Revoluci√≥n francesa, la sovi√©tica o la americana.

Tambi√©n son de consideraci√≥n las diferentes concepciones del tiempo hist√≥rico, que seg√ļn Fernand Braudel van desde la larga duraci√≥n al acontecimiento puntual, pasando por la coyuntura.

Sesgos metodológicos: las fuentes no escritas

Prehistoria
Edad de Piedra Edad de los Metales
Paleolítico Mesolítico Neo-
lítico
Edad del Cobre Edad del Bronce Edad del Hierro
P. Inferior P. Medio P. Superior Epipa-
leolítico
Proto-
neolítico
Artículo principal: Arqueología

Para el caso del periodo prehistórico, la radical diferencia de fuentes y método (así como la división burocrática de las cátedras universitarias) la hacen ser una ciencia muy distante de la que hacen los historiadores, sobre todo cuando tales fuentes y método se prolongan, dando primacía al uso de las fuentes arqueológicas y el estudio de la cultura material en periodos para los que ya hay fuentes escritas, hablándose entonces no de la Prehistoria, sino propiamente de la arqueología con sus propias periodizaciones arqueología clásica, arqueología medieval, incluso arqueología industrial. Menor diferencia pude hallarse con el uso de las fuentes orales en lo que se conoce con el nombre de historia oral. No obstante, hay que recordar lo ya dicho (véase más arriba sesgos temporales) sobre la primacía de las fuentes escritas y lo que éstas determinan la ciencia historiográfica y la propia conciencia de la historia en su protagonista -que es toda la humanidad-.

Sesgos espaciales

Como la historia continental, historia nacional, historia regional. El papel de la historia nacional en la definici√≥n de las propias naciones es innegable (para Espa√Īa, por ejemplo, desde las Cr√≥nicas medievales hasta la historia del Padre Mariana (v√©ase nacionalismo, naci√≥n espa√Īola). Puede tambi√©n verse, en este mismo art√≠culo (historia de la historia), c√≥mo se agrupan separadamente los historiadores por nacionalidad, adem√°s de por √©poca o tendencia.

La geografía dispone de conceptos no más potentes pero sí menos arbitrarios, que han permitido edificar la prestigiosa rama de la geografía regional. La historia local es sin duda la de más fácil justificación y validez universal, siempre que supere el nivel de la simple erudición (que al menos siempre servirá como fuente primaria para obras de mayor ambición explicativa).

Sesgos tem√°ticos

Son los que darían paso a una historia sectorial, presente en la historiografía desde muy antiguo, como ocurre con

Las Vidas de artistas de Vasari

Una manera de preguntarse cu√°l es el objeto de la historia es elegir qu√© merece ser conservado en la memoria, cu√°les son los hechos memorables. ¬ŅLo son todos, o lo son s√≥lo los que cada historiador considera trascendentales? En la lista anterior tenemos las respuestas que cada uno puede dar.

Algunas de estas denominaciones encierran no una simple parcelaci√≥n, sino visiones metodol√≥gicas opuestas o divergentes, que se han multiplicado en el √ļltimo medio siglo. La historia es hoy m√°s plural que nunca antes, escindida en multitud de especialidades, tan fragmentada que muchos de sus ramas no se comunican entre ellas, sin ver sujeto ni objeto com√ļn:

James Frazer, autor de La rama dorada (1890-1922), un clásico de la antropología que cambió la manera de ver la historia.

Ciencias auxiliares de la historia

Artículo principal: Disciplinas auxiliares de la Historia

La fragmentación del objeto histórico puede inducir, en algunas ocasiones, a una limitación muy forzada de la perspectiva historiográfica. Llevada a un extremo, se puede reducir la historia a la ciencia auxiliar de la que se sirve para encontrar explicación a los hechos del pasado, como la economía, la demografía, la sociología, la antropología, la ecología.

En otras ocasiones, la limitación del campo de estudio produce realmente un género historiográfico:

Géneros historiográficos

Puede se√Īalarse que hay g√©neros historiogr√°ficos que participan de la historia pero pueden llegar a alejarse m√°s o menos de ella: un extremo lo ocupar√≠an los terrenos de la ficci√≥n que ocupa la novela hist√≥rica, cuyo valor desigual no empa√Īa su importancia. Otro extremo lo ocupar√≠an la Biograf√≠a y un g√©nero anejo, sistem√°tico y extraordinariamente √ļtil para la historia general como es la Prosopograf√≠a. Vinculada con la historia desde el comienzo del registro escrito, una de las principales preocupaciones a la hora de fijar los datos fue lo que hoy llamamos Arcontolog√≠a (listas de reyes y dirigentes).

Clío, la musa de la historia, por Pierre Mignard (1689)

Corrientes historiogr√°ficas: el sujeto de la historia

Artículo principal: Sujeto histórico

De una manera más declarada, las corrientes historiográficas suelen explicitar su metodología de forma combativa, como el Providencialismo de origen cristiano (no hay que olvidar, que además de la tradición historiográfica griega de Heródoto o Tucídides, el origen de nuestra historiografía es la historia sagrada), o el Materialismo histórico de origen marxista (que triunfó en los ambientes intelectuales y universitarios europeo y americano a mediados del siglo XX, quedando adormecido al menos desde la caída del muro de Berlín).[20]

A veces las etiquetación de las corrientes es obra de sus detractores, con lo que los historiadores en ellas encasillados pueden o no estar conformes con la manera en que quedan definidos. Tal cosa podría decirse del mismo providencialismo, pero sería más propio para corrientes más modernas, como el positivismo burgués, la historia evenemencial (de los acontecimientos), etc.

Interpretar la historiografía como parte del ambiente intelectual de la época en que surge es siempre necesario. Toda producción cultural es dependiente del modelo cultural existente, llámese a esto la moda, del estilo o el paradigma dominante en arte o filosofía; y es evidente que el registro de la historia es una producción cultural. La deconstrucción, el pensamiento débil o la posmodernidad, conceptos de finales del siglo XX, han sido la incubadora de la presente deconstrucción de la historia, que para algunos sólo es una narración.[21] Una buena manera de distinguir la interpretación de la historia que tiene una corriente historiográfica es preguntarse a qué considera sujeto histórico o el protagonista verdadero de la historia.

Agrupaciones de historiadores

Grupos de historiadores que comparten metodolog√≠a (y se autopromocionan conjuntamente con el potente mecanismo publicaci√≥n-cita) surgen a veces en torno a revistas, como la francesa Escuela de Annales (ver en este mismo art√≠culo), la inglesa Past and Present o la italiana Quaderni Storici; grupos de investigaci√≥n o las propias c√°tedras universitarias, que son la c√ļspide de la reproducci√≥n de las √©lites historiogr√°ficas, a trav√©s del clientelismo y el reconocimiento entre pares (peer review).

Artículo principal: Revista de historia

Historia de la historia

La aparición de la historia es equivalente a la de la escritura, pero la conciencia de estudiar el pasado o de dejar para el futuro un registro de la memoria es una elaboración más compleja que las anotaciones de los templos sumerios.[22] Las estelas y relieves conmemorativos de batallas en Mesopotamia y Egipto ya son algo más aproximado.

El resto de las civilizaciones asi√°ticas alcanzan la escritura y la historia a su propio ritmo, compilan sus fuentes teol√≥gicas en forma de libros sagrados -en ocasiones con partes hist√≥ricas (la Biblia hebrea) o sofisticaciones cronol√≥gicas (los Vedas hind√ļes)-, registran sus propios Anales y finalmente su propia historiograf√≠a, particularmente la china,[23] que tiene su Her√≥doto en Sima Qian (Memorias hist√≥ricas, 109 a. C. ‚Äď 91 a. C.) y alcanz√≥ una definici√≥n cl√°sica de historia tipificada, oficial, con el Libro de los Han de Ban Gu (siglo I), que fij√≥ un modelo repetido sucesivamente por los historiadores de los periodos siguientes en veinticinco "historias tipificadas", hasta 1928, en que apareci√≥ la √ļltima de tan monumental serie.[24]

En la Am√©rica precolombina, fuera de la civilizaci√≥n maya no hay textos de ning√ļn modo comparables. Tanto en ese caso como en el del √Āfrica subsahariana, las fuentes orales han sido tradicionalmente prioritarias. Son muy recientes (segunda mitad del siglo XX) los intentos de construir una historiograf√≠a africana.[25] Aun as√≠ hay algunos casos excepcionales, como las bibliotecas de manuscritos de Tombuct√ļ, conectadas con viajeros y conquistadores magreb√≠es, algunos de origen andalus√≠ como Le√≥n el Africano, conocido autor de Historia y descripci√≥n de √Āfrica y de las extraordinarias cosas que contiene (1526).[26]

No obstante, el desarrollo y variedad que ha alcanzado la historiografía en la Civilización Occidental es de un nivel distinto a todas ellas.

Grecia

Artículo principal: Historiografía griega

Los primeros cronistas griegos, que se interesaron sobre todo en los mitos de origen (los log√≥grafos), practicaban ya el recitado de acontecimientos. Su narraci√≥n pod√≠a apoyarse en escritos, como era el caso de Hecateo de Mileto (segunda mitad del siglo VI a. C.). En el siglo V a. C., Her√≥doto de Halicarnaso se diferencia de ellos por su voluntad de distinguir lo verdadero de lo falso; por ello realiza su "investigaci√≥n" (etimol√≥gicamente: "historia"). Una generaci√≥n despu√©s, con Tuc√≠dides, esta preocupaci√≥n se transforma en esp√≠ritu cr√≠tico, fundado sobre la confrontaci√≥n de diversas fuentes orales y escritas. Su Historia de la guerra del Peloponeso puede ser vista como la primera verdadera obra historiogr√°fica.

Los continuadores del nuevo género literario de Heródoto y Tucídides fueron muy numerosos en la Grecia Antigua y pueden contarse entre ellos Jenofonte (autor de la Anábasis), Posidonio, Ctesias, Apolodoro de Artemisa, Apolodoro de Atenas, Aristóbulo de Casandrea (ver literatura griega e historiografía helenística)

En el siglo II a. C., Polibio, en su Pragmateia (traducido tambi√©n como "Historia"), tratando quiz√° de escribir una obra de geograf√≠a, aborda la cuesti√≥n de la sucesi√≥n de los reg√≠menes pol√≠ticos para explicar c√≥mo su mundo ha entrado en la √≥rbita romana. Es el primero en buscar causas intr√≠nsecas al desarrollo de la historia m√°s que evocar principios externos. En esas alturas del periodo helen√≠stico, la Biblioteca y el Museo de Alejandr√≠a representaban la cumbre del af√°n griego por preservar la memoria del pasado, lo que implica su valoraci√≥n como herramienta √ļtil para el presente y el futuro.

Roma

Véase también: Historiografía romana

La civilizaci√≥n romana dispone, a semejanza de los griegos Homero y Hesiodo, de mitos de origen que recogi√≥ Virgilio poetizados en la Eneida como un elemento del programa ideol√≥gico dise√Īado por Augusto. Tambi√©n al menos desde la Rep√ļblica, mantuvo un cuidado especial por la recopilaci√≥n de hechos en Anales, la legislaci√≥n escrita y los archivos vinculados al sagrado de los templos. Hasta las guerras p√ļnicas la recopilaci√≥n de los principales sucesos acaecidos estaba a cargo de los pont√≠fices, en forma de cr√≥nicas anuales.

La primera obra hist√≥rica completa latina es Los Or√≠genes de Cat√≥n (siglo III a. C.).

El contacto de Roma con el mundo mediterr√°neo, primero Cartago, y sobre todo Grecia, Egipto y Oriente fue fundamental para ampliar la visi√≥n y utilidad de su g√©nero hist√≥rico. Los historiadores (sean romanos o griegos) acompa√Īar√°n en las campa√Īas militares a los ej√©rcitos, con el declarado fin de preservar su memoria a la posteridad, recopilar informaci√≥n de utilidad y justificar sus acciones. La lengua culta, el griego, se utilizar√° para este g√©nero a la par que la m√°s sobria latina.

Salustio, el Tuc√≠dides romano, escribe De Coniuratione Catilinae (la Conjuraci√≥n de Catilina, de la que es contempor√°neo, 63 a. C.). Realiza un relato extenso de las causas lejanas de la conjuraci√≥n, as√≠ como de la ambiciones de Catilina, retratado como un noble degenerado y sin escr√ļpulos. En Bellum Ingurthinum (guerra de Yugurta rey de los n√ļmidas, 111 a. C. a 105 a. C.), denuncia un esc√°ndalo colonial. Historiae era su obra m√°s ambiciosa y madura, conservada parcialmente, que abarcaba en cinco libros los doce a√Īos transcurridos desde la muerte de Sila en el 78 a. C. hasta el 67 a. C. No es la precisi√≥n hist√≥rica lo que le interesa, sino la narraci√≥n de unos hechos con sus causas y consecuencias, as√≠ como la posibilidad de esclarecer el desarrollo del proceso de la degeneraci√≥n en que la Rep√ļblica se vio inmersa. Aparte del individuo, el objeto de su observaci√≥n se centra en las clases sociales y las facciones pol√≠ticas: idealiza un pasado virtuoso, y detecta un proceso de decadencia que atribuye a los vicios morales, a la discordia social y al abuso del poder por parte de las distintas facciones pol√≠ticas.

Julio C√©sar con su Commentarii Rerum Gestarum, acerca de dos de las m√°s grandes acciones b√©licas que llev√≥ a cabo: la guerra de las Galias (58 a. C.-52 a. C.) (De Bello Gallico) y la guerra civil (49 a. C.-48 a. C.) (De Bello Civili).

Tito Livio (59 a. C.-17 d. C.), con los 142 libros de Ab Urbe Condita, divididos en grupos de diez libros que se conocen con el nombre de "d√©cadas", que se han perdido en su mayor parte, escribe una gran historia nacional, cuyo √ļnico tema es Roma ("fortuna populi romani") y cuyos √ļnicos actores son el Senado y el pueblo de Roma ("senatus populusque romanus" o SPQR). Su prop√≥sito general es √©tico y did√°ctico; sus m√©todos fueron los del griego Is√≥crates del siglo IV a. C.: es el deber de la historia decir la verdad y ser imparcial, pero la verdad debe presentarse con una forma elaborada y literaria. Utiliza como fuente a los primeros analistas y a Polibio, pero su patriotismo le lleva a deformar la realidad en detrimento de lo exterior y a un escaso esp√≠ritu cr√≠tico. Es historiador de gabinete, no viaja ni conoce personalmente los escenarios de los hechos que describe.

Publio Cornelio T√°cito (55-120 d. C.), el gran historiador del Imperio bajo los Flavios, es sobre todo un investigador de las causas.

La nómina de historiadores de época romana es extensísima, tanto en lengua latina (Plinio el Viejo, Suetonio...)[27] como en griega (Estrabón, Plutarco).

Beda el Venerable.

En la decadencia de Roma, el cristianismo vendrá a dar un cambio metodológico radical, introduciendo el providencialismo de Agustín de Hipona. Es ejemplo Orosio, presbítero hispano de Braga (Historiae adversum paganus).

Edad Media

Véase también: Historiografía cristiana

La historiografía medieval se escribe principalmente por hagiógrafos, cronistas, miembros del clero episcopal cercanos al poder, o por monjes. Se escriben genealogías, anales áridos, listas cronológicas de acontecimientos sucedidos en los reinos de sus soberanos (anales reales) o sucesión de abades (anales monásticos); vidas (biografías de carácter edificante, como las de los santos merovingios, o más tarde de los reyes de Francia), e Historias que cuentan el nacimiento de una nación cristiana, exaltan una dinastía o, al contrario, fustigan a los malvados desde una perspectiva religiosa. Esta historia, de la que son muestra Beda el Venerable (Historia eclesiástica del pueblo inglés, siglo VIII) o Isidoro de Sevilla (Etimologías e Historia Gothorum), es providencialista, de inspiración agustinista, e inscribe las acciones de los hombres en los designios de Dios. Hay que esperar al siglo XIV para que los cronistas se interesen por el pueblo, gran ausente de la producción de este periodo, por ejemplo la del francés Froissart o el florentino Matteo Villani.

Edad Moderna

Véase también: Historiografía moderna

Durante el Renacimiento, el humanismo aporta un gusto renovado por el estudio de los textos antiguos, griegos o latinos, pero tambi√©n por el estudio de nuevos soportes: las inscripciones (epigraf√≠a), las monedas (numism√°tica) o las cartas, diplomas y otros documentos (diplom√°tica). Estas nuevas ciencias auxiliares de la √©poca moderna contribuyen a enriquecer los m√©todos de los historiadores: en 1681 Dom Mabillon indica los criterios que permiten determinar la autenticidad de un acta por la comparaci√≥n de fuentes diferentes en De Re Diplom√°tica. En N√°poles, m√°s de doscientos a√Īos antes, Lorenzo Valla al servicio de Alfonso V de Arag√≥n hab√≠a conseguido demostrar la falsedad de la pseudo-Donaci√≥n de Constantino. Giorgio Vasari con sus Vidas de artistas nos ofrece a la vez una fuente y un m√©todo historiogr√°fico para la historia del Arte.

En esta época la historia no se diferencia de la geografía ni siquiera de las ciencias naturales. Se dividía en dos partes: la historia general (la que hoy llamaríamos historia) y la historia natural (ciencias naturales y geografía). Este sentido amplio de historia se explica por la etimología del término (ver Historia#Etimología).

La cuestión de la unidad del reino que plantean las guerras de religión de Francia en el siglo XVI dan origen a trabajos de historiadores que pertenecen a la corriente llamada historia perfecta, que muestra que la unidad política y religiosa de la Francia moderna es necesaria, al derivarse de sus orígenes galos (Etienne Pasquier, Recherches de la France). El providencialismo de autores como Bossuet (Discurso sobre la historia universal, 1681), tiende a devaluar la significación de cualquier cambio histórico.

En paralelo, la historia se muestra como instrumento de poder: se pone al servicio de los príncipes, desde Maquiavelo y Guicciardini hasta los panegiristas de Luis XIV, entre los que se cuenta Jean Racine.

Historiograf√≠a espa√Īola medieval y moderna

No era esto ninguna novedad, y la historiograf√≠a espa√Īola es quiz√° el ejemplo m√°s completo de un secular esfuerzo por mantener la continuidad de la memoria escrita del pasado, que tan buen servicio dio desde las Cr√≥nicas medievales que justificaban la Reconquista, para afianzar el poder de los reyes en los distintos reinos cristianos.

Estoria de Espa√Īa de Alfonso X, Siglo XIII.

Las crónicas

Para Asturias, León y Castilla se encadenan sucesivamente en un conjunto muy completo, que comienza realmente con dos crónicas redactadas en territorio andalusí:

En el siglo XV la recopilación cronística se multiplicó:

En los otros reinos cristianos peninsulares, la literatura cron√≠stica es algo m√°s tard√≠a, pero produce la primera historia general de Espa√Īa en una lengua romance: el Liber regum, redactado entre 1194 y 1211 en aragon√©s, que cuenta la historia de los distintos reinos cristianos desde los or√≠genes m√≠ticos de la historia peninsular.[29] El Condado de Arag√≥n produce en 851 la Passio beatissimarum birginum Nunilonis atque Alodie. Y del posterior reino contamos con los Anales de San Juan de la Pe√Īa, del siglo XII, que fueron copiados en la Cr√≥nica hom√≥nima. Del mismo siglo data una Breve historia ribagorzana de los reyes de Arag√≥n.[30] Tambi√©n se produjo all√≠ la Estoria de los godos (1252 o 1253), primera versi√≥n en lengua vern√°cula de la Historia de rebus Hispaniae.

Para la Corona de Arag√≥n, tras las Gesta veterum Comitum Barcinonensium et Regum Aragonensium[31] (iniciada el siglo XII y continuada hasta el XIV), se destacan el Llibre dels feits o Cr√≥nica de Jaime I el Conquistador; la Cr√≥nica de San Juan de la Pe√Īa o de Pedro el Ceremonioso; la de Ram√≥n Muntaner, que cubre el periodo 1207-1328, incluyendo la famosa expedici√≥n de los almog√°vares, en la que particip√≥; y la de Bernat Desclot Llibre del rei En Pere d'Arag√≥ e dels seus antecessors passats (segunda mitad del siglo XIII).

Completan el panorama peninsular la Crónica de los Reyes de Navarra (1454) del Príncipe de Viana (compuesta para justificar su aspiración al trono) y los Annales Portugaleses Veteres (987-1079).

Siglo XVI

Bartolom√© Leonardo de Argensola, grabado con orla de Luis Paret para El Parnaso espa√Īol.

Despu√©s de la unificaci√≥n de los Reyes Cat√≥licos, ya en la Edad Moderna, contin√ļa expl√≠citamente con esa misma funci√≥n la monumental Historia de Espa√Īa del Padre Mariana (De Rebus Hispaniae libri XX, 1592, aumentada a treinta libros en su propia traducci√≥n al castellano en 1601), c√©lebre por otro lado por su defensa del tiranicidio en De Rege et regendi ratione escrita para la educaci√≥n de Felipe III. Otros cronistas del siglo XVI son Flori√°n de Ocampo y Ambrosio de Morales (continuando este la Cr√≥nica General en cinco libros iniciada por aquel); Jer√≥nimo Zurita (Anales de la Corona de Arag√≥n) y Esteban de Garibay (Compendio historial de las chronicas y universal historia de todos los reynos de Espa√Īa).

Siglo XVII

La historiograf√≠a barroca incluye fantasiosas manipulaciones hist√≥ricas, como los plomos del Sacromonte o los falsos cronicones de Ram√≥n de la Higuera y Antonio Lupi√°n Zapata. Fray Prudencio de Sandoval contin√ļa la cr√≥nica de Ocampo y Morales y redacta una Historia de la vida y hechos del Emperador Carlos V; Pedro de Salazar y Mendoza un Origen de las dignidades seglares de Castilla y Le√≥n, y Bartolom√© Leonardo de Argensola los Anales de Arag√≥n.

A finales del siglo XVII, la reflexi√≥n sobre la historiograf√≠a misma surge en Espa√Īa como necesidad derivada de la acumulaci√≥n de tan ingente corpus cron√≠stico, siendo su primer intento la Noticia y juicio de los m√°s principales historiadores de Espa√Īa, de Gaspar Ib√°√Īez de Segovia, Marqu√©s de Mond√©jar (publicado tras su muerte en 1708).

Otros géneros historiográficos

Otros g√©neros historiogr√°ficos tambi√©n se cultivan desde la Edad Media, como el tratamiento de una figura aislada (ciclo de el Cid), y ya en el siglo XV las memorias (Leonor L√≥pez de C√≥rdoba, circa 1400), la biograf√≠a (El Victorial de Gutierre D√≠ez de Games, Generaciones y Semblanzas de Fern√°n P√©rez de Guzm√°n) y la relaci√≥n de un hecho puntual, como el Libro del paso honroso de Suero de Qui√Īones, de Rodr√≠guez de Lena. Los libros de viajes como el de Pedro Tafur o el de Ruy Gonz√°lez de Clavijo (que fue embajador ante Tamerl√°n), proporcionan informaciones muy valiosas.

Al-Andalus

Muhammad al-Razi realiza (en la primera mitad del siglo X de la era cristiana, IV de la Hégira) la primera historia general de la Península Ibérica, Ajbar Mutuk al-andalus que continuaron otros al-Razi: su hijo Ahmad (llamado en castellano el moro Rasis) y el de éste (Isa ben Ahmad). Esta historia se divulgó en los reinos cristianos con el nombre de Crónica del moro Rasis y se utilizó por Jiménez de Rada.

Aríb de Córdoba, secretario de al-Hakam II, escribió una Crónica de su gobierno, y en el mismo reinado Muhammad al-Jusaní (muerto en 361/971) el Kitáb al-qudá bi-Qurtuba, historia de los cadíes (jueces) de Córdoba.

En √©poca de Almanzor se escribe una historia controlad√≠sima, como es la de Ibn Asim, significativamente titulada al-Ma¬īatir al-camiriyya (Gestas amir√≠es), obra que s√≥lo conocemos por referencias.

Entre los historiadores del siglo XI (V de la Hégira), la edad de oro coincidente con la descomposición del califato y los reinos de taifas, sobresalen los cordobeses Ibn Hazm (Fisal o Histria crítica de las religiones, sectas y escuelas) e Ibn Hayyán (Muqtabis el Matín).

En el siglo XIII, el alcire√Īo Ibn Amira escribi√≥ la Kitab Raih Mayurqa (Libro del reino de Mallorca).[32]

De familia andalus√≠ emigrada, el tunecino Ibn Jald√ļn (finales del siglo XIV comienzos del XV) ha sido muy valorado por como precedente de la filosof√≠a de la historia y sus planteamientos innovadores en los terrenos de la econom√≠a y sociolog√≠a de su Al-Muqaddimah (Historia).

Ya fuera del periodo de presencia musulmana en Al-Andalus completa la historiograf√≠a isl√°mica cl√°sica Al-Maqqari, con su Nafh al-Tib (siglos XVI-XVII), que re√ļne muchas fuentes anteriores. Las fuentes musulmanas son, en general, peor conocidas, e incluir√≠an las posteriores a la Reconquista, como la poco conocida Historia de Ibn Idhari (siglo XVI).[33]

Trabajo inca. Ilustración de la Nueva Corónica y Buen Gobierno de Felipe Guamán Poma de Ayala, 1616

Los cronistas de Indias

Las primeras obras de historia de Am√©rica, desde las relaciones del mismo Crist√≥bal Col√≥n, su hijo Hernando y muchos otros descubridores y conquistadores como Hern√°n Cort√©s o Bernal D√≠az del Castillo (Historia Verdadera de la Conquista de la Nueva Espa√Īa), tienen un claro car√°cter justificativo. La aportaci√≥n en sentido contrario de Bartolom√© de las Casas (Brev√≠sima relaci√≥n de la destrucci√≥n de las Indias) fue tan trascendental que dio origen a la pol√©mica de los justos t√≠tulos, en que le dio r√©plica Juan Gin√©s de Sep√ļlveda; e incluso a la llamada Leyenda negra al divulgarse por toda Europa como propaganda antiespa√Īola. La visi√≥n de los ind√≠genas, que vieron sus documentos y cultura material saqueados y destruidos, fue posible por algunos casos excepcionales, como el inca Felipe Guam√°n Poma de Ayala.

Oficialmente el cargo de Cronista de Indias se inicia con la documentaci√≥n reunida por Pedro M√°rtir de Angler√≠a que se pasa en 1526 a Fray Antonio de Guevara, Cronista de Castilla; y con Juan G√≥mez de Velasco que hace lo propio con los papeles del cosm√≥grafo mayor Alonso de Santa Cruz, a los que suma el cargo de cronista. Antonio de Herrera es nombrado Cronista Mayor de Indias en 1596, y publica entre 1601 y 1615 la Historia general de los hechos de los castellanos en las islas y Tierra Firme del mar Oc√©ano, conocida como D√©cadas. Antonio de Le√≥n Pinelo (criado en Lima, que hab√≠a recopilado las Leyes de Indias), Antonio de Sol√≠s y Pedro Fern√°ndez del Pulgar cubrieron el cargo durante el siglo XVII. En el siglo XVIII la instituci√≥n se refunda con la creaci√≥n de otras dos, muy importantes para el mantenimiento de la memoria y la historiograf√≠a espa√Īola: la Real Academia de la Historia y el Archivo General de Indias. A√ļn tuvo tiempo de destacar la figura de Juan Bautista Mu√Īoz (Historia del Nuevo Mundo, que no complet√≥).

Ilustración

Véase también: Historiografía del s. XVIII

En el siglo XVIII, tuvo lugar un cambio fundamental: los planteamientos intelectuales de la Ilustración de una parte, y de otra el descubrimiento de la alteridad en otras culturas ajenas a la europea (el exotismo, el mito del buen salvaje), suscita un nuevo espíritu crítico (aunque de hecho, son parecidas circunstancias a las que se podían ver en Heródoto). Se ponen en cuestión los prejuicios culturales y el universalismo clásico.

El descubrimiento de Pompeya renueva el inter√©s por la Antig√ľedad cl√°sica (Neoclasicismo) y proporciona materiales que inauguran una naciente ciencia de la arqueolog√≠a. Las naciones europeas alejadas del Mediterr√°neo buscan sus or√≠genes hist√≥ricos en mitos y leyendas que a veces se inventan (el Ossian de James Macpherson, que simul√≥ haber encontrado al Homero celta).

También se interesan en las costumbres nacionales los franceses Fenelon, Voltaire (Historia del imperio de Rusia bajo Pedro el Grande y El siglo de Luis XIV, 1751) y Montesquieu, que teoriza sobre ello en El espíritu de las leyes. En Inglaterra, Edward Gibbon escribe su monumental Historia del Declive y Caída del Imperio romano (1776-1788), donde hace de la precisión un aspecto esencial del trabajo del historiador.

El padre Fl√≥rez, iniciador de La Espa√Īa Sagrada

Los límites de la historiografía del siglo XVIII son la sumisión a la moral y la inclusión de juicios de parte, con lo que su objeto permanece limitado.

En Espa√Īa destaca la Espa√Īa Sagrada del padre agustino Enrique Fl√≥rez, recopilaci√≥n de documentos de historia eclesi√°stica, expuesta con criterio ultraconservador (1747 y continuada tras su muerte hasta el siglo XX) y la Historia cr√≠tica de Espa√Īa del jesuita desterrado Juan Francisco Masdeu; desde una perspectiva m√°s ilustrada tendr√≠amos al regalista Melchor Rafael de Macanaz, al cr√≠tico Gregorio Mayans y Siscar (uno de sus disc√≠pulos, Francisco Cerd√° y Rico, intent√≥ emular a Lorenzo Valla discutiendo la veracidad del medieval voto de Santiago), y m√°s avanzado el siglo al propio Gaspar Melchor de Jovellanos, Juan Sempere y Guarinos, Eugenio Larruga y Boneta (Memorias pol√≠ticas y econ√≥micas), y el espl√©ndido documento recopilatorio que es el Viaje de Espa√Īa de Antonio Ponz. Intermedio entre ambas tendencias se encuentra el caso de Juan Pablo Forner, casticista en su famosa Oraci√≥n apolog√©tica por Espa√Īa y su m√©rito literiario (1786) y reformista en otras obras, publicadas despu√©s de su muerte.

Siglo XIX: la historia, ciencia erudita

Es un periodo rico en cambios, tanto en la manera de concebir la historia como en la de escribirla.

En Francia se la considera como una disciplina intelectual distinta de otros g√©neros literarios desde el comienzo del siglo, cuando los historiadores se profesionalizan y fundan los archivos nacionales franceses (1808). En 1821 se crea la Ecole nationale des Chartes, primera gran instituci√≥n para la ense√Īanza de la historia.

En Alemania, esta evoluci√≥n se hab√≠a producido antes, y estaba presente en las universidades de la Edad Moderna. La institucionalizaci√≥n de la disciplina da lugar a vastos corpus que re√ļnen y transcriben sistem√°ticamente las fuentes. El m√°s conocido es Monumenta Germaniae Historica, desde 1819. La historia gana una dimensi√≥n de erudici√≥n, pero tambi√©n de actualidad. Pretende rivalizar con las dem√°s ciencias, sobre todo con el gran desarrollo que est√°n teniendo √©stas. Theodor Mommsen contribuye a dar a la erudici√≥n las bases cr√≠ticas, en su R√∂mische Geschischte (Historia de Roma) 1845-1846, adem√°s de colaborar en el citado Monumenta Germania Hist√≥rica y Corpus Inscriptionum Latinarum.

En Francia, desde los a√Īos 1860, el historiador Fustel de Coulanges escribe la historia no es un arte, es una ciencia pura, como la f√≠sica o la geolog√≠a. Sin embargo la historia se implica en el debate de su √©poca y est√° influida por las grandes ideolog√≠as, como el liberalismo de Alexis de Tocqueville y Fran√ßois Guizot. Sobre todo se deja influir por el nacionalismo e incluso el racismo. Coulanges y Mommsen trasladan al debate historiogr√°fico el enfrentamiento de la guerra francoprusiana de 1870. Cada historiador tiende a encontrar las cualidades de su pueblo (el "genio"). Se fundan las grandes historias nacionales.

Michelet, el historiador de la Revolución francesa.
Men√©ndez y Pelayo, con su visi√≥n tradicionalista de la aportaci√≥n espa√Īola a la cultura, es el m√°s destacado ejemplo de la historiograf√≠a erudita en Espa√Īa.

Los historiadores rom√°nticos, como Augustin Thierry y Jules Michelet, manteniendo la calidad de la reflexi√≥n y la explotaci√≥n cr√≠tica de las fuentes, no recelan de explayarse en el estilo y la mantienen como un arte. Los progresos metodol√≥gicos no impiden contribuir a las ideas pol√≠ticas de su tiempo. Michelet, en su Historia de la Revoluci√≥n francesa (1847-1853), contribuye igualmente a la definici√≥n de la naci√≥n francesa contra la dictadura de los Bonaparte, as√≠ como al revanchismo antiprusiano (muri√≥ poco despu√©s de la batalla de Sed√°n). Con la III Rep√ļblica, la ense√Īanza de la historia se conforma como un instrumento de propaganda al servicio de la formaci√≥n de los ciudadanos, y continuar√° si√©ndolo durante el siglo XX.

Otro de los fundadores de la historiograf√≠a en el siglo XIX fue Leopold Von Ranke, que era muy cr√≠tico con las fuentes usadas en historia. Estaba en contra de los an√°lisis y las racionalizaciones. Su adagio era escribir la historia tal como fue. Quer√≠a relatos de testigos visuales, enfatizando sobre su punto de vista. Importantes historiadores alemanes del siglo XIX, que no participaron de su pretensi√≥n de objetividad, fueron Johann Gustav Droysen (fij√≥ el concepto de helenismo) y Heinrich von Treitschke (de importante actividad pol√≠tica, que acu√Ī√≥ el lema antisemita ¬°Los jud√≠os son nuestra desgracia!). Hans Delbr√ľck desarroll√≥ la historia militar.

El papel epistemol√≥gico de la ciencia de la historia se ve sujeto a los grandes esquemas intelectuales que se construyen a partir de corrientes filos√≥ficas como el positivismo y el historicismo. El historicismo es dominante entre los seguidores de Ranke en Alemania, con un acusado componente idealista: las ideas son las ra√≠ces del proceso hist√≥rico al encarnarse en hombres o instituciones. El positivismo es dominante en Francia (Coulanges, Hippolyte Taine), donde la historiograf√≠a es m√°s anal√≠tica que narrativa, evitando explicaciones trascendentales y buscando en la misma naturaleza de las cosas la explicaci√≥n √ļltima de los hechos. En Inglaterra se produjo una s√≠ntesis ecl√©ctica y moderada de positivismo e historicismo (lord Acton, John B. Bury, ambos catedr√°ticos de Cambridge).[34]

La propuesta de Wilhelm Dilthey de separación de campos entre las ciencias naturales, objetivas; y las ciencias del espíritu, subjetivas, situaba a la historia entre estas. Su deseo era superar tanto el eruditismo entendido como mero coleccionismo de hechos individuales, como el recurso a métodos de ciencias ajenas a la historia, por lo que optaba por leyes psicológicas para garantizar el carácter científico de la interpretación de los acontecimientos.

Hegel y Marx introducen el cambio social en la historia. Los historiadores anteriores se hab√≠an centrado en los ciclos de auge y decadencia de gobernantes y naciones. Una nueva disciplina emergente aporta el an√°lisis y la comparaci√≥n a gran escala: la sociolog√≠a. Desde la historia del arte, estudios como el de Jacob Burckhardt sobre el Renacimiento se convierten en la referencia para entender los fen√≥menos culturales. La arqueolog√≠a pone en contacto el mito con la realidad hist√≥rica, tanto en Egipto como en Mesopotamia y Grecia (Heinrich Schliemann en Troya, Micenas y Tirinto, y m√°s tarde Arthur Evans en Creta); todo ello en un ambiente rom√°ntico y aventurero que se va depurando para hacerse cient√≠fico, aunque no desaparece, como prueba la tard√≠a aportaci√≥n de Howard Carter (Tutankamon) y la imagen popular de los arque√≥logos que perpet√ļa el cine (Indiana Jones). La antropolog√≠a aplicada a la explicaci√≥n de los mitos produjo el monumental trabajo de James George Frazer (La rama dorada), a partir del cual la historiadores pudieron replantearse su punto de vista sobre la relaci√≥n de las sociedades humanas de todas las √©pocas con la magia, la religi√≥n e incluso la ciencia.

Durante el siglo XIX, Espa√Īa mantiene al menos su patrimonio documental con la creaci√≥n de la Biblioteca Nacional y el Archivo Hist√≥rico Nacional, pero no se distingue por una gran renovaci√≥n de su historiograf√≠a que, aparte del arabismo de Pascual de Gayangos o de la historia econ√≥mica de Manuel Colmeiro, aparece escindida entre una corriente liberal (Modesto Lafuente y Zamalloa, Juan Valera), y otra reaccionaria, cuya cumbre, el erudito y pol√≠grafo Marcelino Men√©ndez y Pelayo (Historia de los heterodoxos espa√Īoles), es una digna continuaci√≥n de la tradici√≥n que nace con san Isidoro y pasa por la Historia del padre Mariana y por la Espa√Īa sagrada del padre Fl√≥rez.

Siglo XX

La historia va asentándose como una ciencia social, una disciplina científica implicada en la sociedad. A principios del siglo XX, la historia había adquirido una dimensión científica incontestable.

La historia, entre el positivismo y el ensayismo

Instalada en el mundo de la ense√Īanza, erudita, la disciplina se influencia por una versi√≥n empobrecida del positivismo de Auguste Comte. Pretendiendo objetividad, la historia limita su objeto: el hecho o acontecimiento aislado, en el centro del trabajo del historiador, se considera como la √ļnica referencia que responde correctamente al imperativo de objetividad. Tampoco se ocupa de establecer relaciones de causalidad, sustituyendo por ret√≥rica el discurso que se pretend√≠a cient√≠fico.


Simult√°neamente y en contraste, se desarrollan disciplinas anejas que tienden a la generalizaci√≥n, como historia cultural o la historia de las ideas, con Johan Huizinga (El oto√Īo de la Edad Media) o Paul Hazard (La crisis de la conciencia europea) entre sus iniciadores. Ensayistas como Oswald Spengler (La decadencia de Occidente) y Arnold J. Toynbee (Un estudio de la Historia) en famosa controversia, publican profundas reflexiones sobre el concepto mismo de civilizaci√≥n que junto con la Rebeli√≥n de las Masas o Espa√Īa invertebrada de Jos√© Ortega y Gasset se divulgaron extraordinariamente, al ser el reflejo del pesimismo intelectual de entreguerras. M√°s cercano al m√©todo del historiador, y no menos profundo, es el trabajo de sus contempor√°neos el belga Henri Pirenne (Mahoma y Carlomagno), o el australiano Vere Gordon Childe (padre del concepto Revoluci√≥n neol√≠tica).

No obstante, la principal transformación de la historia de los acontecimientos viene de aportes exteriores: Por un lado el materialismo histórico de inspiración marxista, que introduce la economía en las preocupaciones del historiador. Por otro lado, la perturbación causada en la historiografía por los desarrollos políticos, técnicos, económicos o sociales que conoce el mundo, sin olvidar los conflictos mundiales. Nuevas ciencias auxiliares aparecen o se desarrollan considerablemente: arqueología, demografía, sociología y antropología, bajo la influencia del estructuralismo.

La Escuela de Annales

Una corriente de pensamiento llamada Escuela de Annales en torno a la revista Annales d‚Äôhistoire √©conomique et sociale, fundada por Lucien Febvre y Marc Bloch en 1928, agranda el campo de la disciplina, solicita la confluencia de otras ciencias, en particular la sociolog√≠a, y m√°s generalmente transforma la historia ampliando su objeto m√°s all√° del acontecimiento e inscribi√©ndola en la larga duraci√≥n (longue dur√©e). Tras el par√©ntesis de la segunda guerra mundial, Fernand Braudel contin√ļa la revista y recurre por primera vez a la geograf√≠a, la econom√≠a pol√≠tica y la sociolog√≠a para elaborar su tesis de econom√≠a-mundo (ejemplo cl√°sico es El Mediterr√°neo y el mundo mediterr√°neo en tiempo de Felipe II).

El papel del testimonio hist√≥rico cambia: permanece en el centro de las preocupaciones del historiador, pero ya no es el objeto, sino que se le considera como un √ļtil para construir la historia, √ļtil que puede ser obtenido en cualquier dominio del conocimiento. Una constelaci√≥n de autores m√°s o menos pr√≥ximos a Annales participan de esa renovaci√≥n metodol√≥gica que llena las d√©cadas centrales del siglo XX (Georges Lefebvre, Ernest Labrousse)

La visión de la Edad Media cambia completamente tras una relectura crítica de las fuentes, que tienen su mejor parte justo en lo que no mencionan (Georges Duby).

Privilegiando la larga duración al tiempo corto de la historia de los acontecimientos, muchos historiadores proponen repensar el campo de la historia desde Annales, entre ellos Emmanuel Le Roy Ladurie o Pierre Goubert.

La nueva historia es la denominación, popularizada por Pierre Nora y Jacques Le Goff (Hacer la Historia, 1973), que designa la corriente historiográfica que anima la tercera generación de Annales. La nueva historia trata de establecer una historia serial de las mentalidades, es decir, de las representaciones colectivas y de las estructuras mentales de las sociedades.

Otros historiadores franceses, fuera de Annales, Philippe Ari√®s, Jean Delumeau y Michel Foucault, este √ļltimo en las fronteras de la filosof√≠a, describen la historia de los temas de la vida diaria, como la muerte, el miedo y la sexualidad. Quieren que la historia escriba sobre todos los temas, y que todas las preguntas se respondan.

Desde una orientación completamente opuesta (la derecha católica), Roland Mousnier realizó una aportación decisiva a la historia social del Antiguo Régimen, negando la existencia de lucha de clases e incluso de estas mismas, en beneficio de lo que describe como una sociedad de órdenes y relaciones clientelares.[35]

La historiografía francesa repiensa su Revolución

Se ha dicho que cada generaci√≥n tiene derecho a reescribir la historia.[36] En el √°mbito acad√©mico, la revisi√≥n de las formas de entender el pasado forma parte de la tarea del historiador profesional. Hasta qu√© punto esa revisi√≥n se plantea cient√≠ficamente, como un falseamiento de las certidumbres anteriormente establecidas (Karl Popper) y no pseudocient√≠ficamente, como har√≠a lo que se denomina de forma peyorativa revisionismo historiogr√°fico es algo de dif√≠cil evaluaci√≥n. Una prueba de toque ser√≠a detectar si el revisionista es un outsider del mundo acad√©mico, que se dedica al uso pol√≠tico de la historia, cosa que por otra parte es vicio com√ļn: la historia siempre se ha usado como arma en la transformaci√≥n social, y los medios acad√©micos no han sido nunca una excepci√≥n. En historiograf√≠a, ciencia social, es dif√≠cil ver si nos encontramos ante un cambio de paradigma como los que estudi√≥ Thomas Kuhn para las ciencias experimentales (Historia de las revoluciones cient√≠ficas), fundamentalmente porque nunca hay un consenso tan universalmente compartido como para entender que la desviaci√≥n de √©l sea una revoluci√≥n.[37]

Una de las grandes polémicas revisionistas (en el buen sentido) vino con el segundo centenario de la Revolución francesa (1989). Autores de tendencia estructuralista, cercanos a Annales (François Furet o Denis Richet), sintetizaron los estudios de las décadas de 1970 y 1980 en lo que pretendía ser un nuevo paradigma interpretativo alternativo al marxista que había dominado la historia social del periodo: Albert Soboul, Jacques Godechot, y más recientemente Claude Mazauric, Michel Vovelle o Crane Brinton (Anatomía de la Revolución). Lejano de ambas tendencias, Simon Schama y los nuevos narrativistas hacen una historia cultural de lo político y muy narrativa, anti-estrucutralista y de tintes tendencialmente conservadores (iniciada por Richard Cobb ya en la década de 1970). También mantiene distancia frente a la nouvelle Histoire Politique de René Rémond. Arno Mayer se lamenta de que la revisión haya dado cancha a un uso político de la historia en el que se condenan a priori las revoluciones como inherentemente perversas.[38]

Logo oficial del bicentenario.
Un subgénero: las conmemoraciones

Por otra parte el uso de la historia para celebrar acontecimientos que cumplen a√Īos "redondos" (centenarios, decenarios, etc.) es una ocasi√≥n de lucimiento profesional para los historiadores, de acercamiento de la disciplina al gran p√ļblico y de coartada para distintos tipos de justificaciones. El bicentenario de Estados Unidos (1976) hab√≠a sido un precedente dif√≠cil de superar en cuanto a impacto medi√°tico y coste econ√≥mico. Las √ļltimas que recordamos para Espa√Īa fueron la de la Guerra Civil Espa√Īola (1976, con la innovadora exposici√≥n del Palacio de Cristal de los Jardines del Retiro comisariada por Javier Tusell; 1986, cincuentenario que se aprovech√≥ tambi√©n para recordar particularmente a Antonio Machado, y Garc√≠a Lorca con la izquierda en el poder; 1996; 2006, con los debates sobre la memoria hist√≥rica), Carlos III (1988, en emulaci√≥n de la paralela preparaci√≥n del bicentenario franc√©s), el Quinto Centenario del Encuentro entre dos Mundos (1992), C√°novas (1998), el A√Īo Quijote (2005). Existe incluso una Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales, que mantiene una apretada agenda.[39]

Sin necesidad de conmemorar algo m√°s concreto que su propia intemporalidad, pero con el mismo af√°n justificativo (en el que tiene milenios de ventaja) la Iglesia Cat√≥lica espa√Īola ha realizado el conjunto de exposiciones m√°s notable: Las edades del hombre,[40] repaso tem√°tico de asuntos religiosos ilustrado sucesivamente con distintos soportes hist√≥rico-art√≠sticos exquisitamente seleccionados y expuestos (libros, m√ļsica, escultura...) itinerante por las catedrales de Castilla y Le√≥n, que en s√≠ mismas ya justificaban la visita. El mismo formato y comisario ten√≠a Inmaculada, que conmemoraba el 150 anniversario del dogma (Catedral de la Almudena, Madrid, 2006) y que sirvi√≥ para compensar la reciente inauguraci√≥n del edificio, de gusto y decoraci√≥n discutidos. Inspirada en ellas se realiz√≥ por el gobierno navarro la exposici√≥n Las Edades de un Reino (Pamplona 2006, coincidiendo con la del centenario de San Francisco Javier en Javier).

Historiografía anglosajona

Los Estados Unidos son muy pródigos en la experimentación de nuevos enfoques metodológicos, como

  • el cuantitativismo de la cliometr√≠a o new economic history (nueva historia econ√≥mica) norteamericana, de Robert Fogel y Douglass North, premios Nobel de econom√≠a de 1993 (de los pocos historiadores que han recibido el Premio Nobel, con los de literatura de Theodor Mommsen y Winston Churchill).
  • los case-studies (desde los a√Īos 1970). Un case study es un m√©todo particular de investigaci√≥n cualitativa. M√°s que utilizar grandes bases de datos y r√≠gidos protocolos para examinar un n√ļmero limitado de variables, este m√©todo implica un examen longitudinal de un caso: un solo hecho. La historia se acerca al m√©todo experimental.[41]
  • la llamada World History (desde los a√Īos 1980), que compara las diferencias y semejanzas entre regiones del mundo y llega a nuevos conceptos para describirlas (considera a Arnold J. Toynbee un precursor).

También es destacable el papel de Estados Unidos como receptor de intelectuales europeos antes y después de la segunda guerra mundial, como fue el caso de Mircea Eliade, el mayor renovador de la historia de las religiones o historia de las creencias (Lo sagrado y lo profano, El mito del Eterno Retorno).

Pero las principales aportaciones de los historiadores ingleses, que disponen de publicaciones comparables a Annales (Past and Present) est√°n en el centro de la corriente principal de producci√≥n historiogr√°fica, para el caso de esta revista, de tendencia marxista, entre los que figuran autores de la talla de E. P. Thompson, Eric Hobsbawm, Perry Anderson, Maurice Dobb, Christopher Hill, Rodney Hilton, Paul Sweezy, John Merrington... que en modo alguno debemos entender como una tendencia unitaria, pues, tras los a√Īos de la segunda guerra mundial y su posguerra (en que muchos de ellos funcionaron como el Grupo de historiadores del Partido Comunista de Gran Breta√Īa) fueron alej√°ndose entre s√≠ y de las posiciones marxistas ortodoxas, dando origen a lo que se ha venido en llamar tendencia marxiana. Las pol√©micas entre ellos y con autores no marxistas, como H. R. Trevor-Roper, se hicieron merecidamente famosas.

Cada autor debe verse a través de su posición personal, como los norteamericanos John Lukacs, Gertrude Himmelfarb, Peter Gay (perspectiva psicológica) o Immanuel Wallerstein (del campo de la historia económica y social, que ha desarrollado un concepto de sistema mundial en la línea de Fernand Braudel); los británicos Steven Runciman (medievalista imprescindible para las Cruzadas), E. H. Carr o Lawrence Stone; los canadienses Donald Creighton o Bruce Trigger (etnohistoriador y arqueólogo); o los ya citados Arno Mayer, Richard Cobb, Crane Brinton o Simon Schama.

Historiografía italiana

En torno a la revista Quaderni Storici, un grupo de historiadores italianos desarrolló a partir de finales de siglo XX una innovadora extensión de la historia social que denominaron Microhistoria (Giovanni Levi, Carlo Ginzburg). Con alguna aproximación a este método, Carlo M. Cipolla hace sobre todo una historia económica de gran envergadura, así como reflexiones metodológicas interesantes (la parodia Allegro ma non troppo).

Historiografía alemana

La introspecci√≥n de los intelectuales alemanes ante su papel frente al nazismo y los distintos grados de responsabilidad de la naci√≥n, el pueblo o las clases dirigentes alemanas sobre las dos guerras mundiales y el convulso per√≠odo de entreguerras que presenci√≥ el surgimiento del nazismo fue objeto de la atenci√≥n de historiadores de muy distintas tendencias, como Gerhard Ritter Hans-Ulrich Wehler o Karl Dietrich Bracher. La denominada pol√©mica de los historiadores de los a√Īos ochenta entre el fil√≥sofo J√ľrgen Habermas (que sosten√≠a la presencia constante del nazismo) e historiadores como Ernst Nolte y Joachim Fest (quienes pretend√≠an tomar distancia frente a "ese pasado que no pasa" analizando cuestiones tan espinosas como el Holocausto desde una perspectiva que a sus oponentes parec√≠a casi justificadora, equiparando nazismo y comunismo) presidi√≥ la d√©cada de los ochenta, previa a la reunificaci√≥n alemana de 1989.[42]

Los hispanistas

Artículo principal: Hispanismo

La disponibilidad de materia prima documental en los archivos espa√Īoles atraen a profesionales formados en las universidades europeas o norteamericanas, en una especie de fuga de cerebros al rev√©s que renov√≥ la metodolog√≠a y las perspectivas de los historiadores espa√Īoles.

Maurice Legendre fue uno de los iniciadores del hispanismo franc√©s a trav√©s de la Casa de Vel√°zquez, sigui√©ndole una impresionante n√≥mina: Marcel Bataillon (con su imprescindible Erasmo en Espa√Īa), Pierre Vilar (Catalu√Īa en la Espa√Īa Moderna y su breve pero influyente Historia de Espa√Īa), Bartolom√© Bennassar (modelo de c√≥mo la historia local puede integrarse en la corriente central de la historiograf√≠a de vanguardia con su Valladolid en el siglo de oro),[43] Georges Demerson, Joseph P√©rez (autoridad para las Comunidades, la Inquisici√≥n, los jud√≠os...), Jean Sarrailh (ejemplo de s√≠ntesis de una √©poca con La Espa√Īa ilustrada de la segunda mitad del siglo XVIII)...

El hispanismo anglosaj√≥n tiene como uno de sus decanos a Gerald Brenan (observador de El laberinto espa√Īol desde su atalaya en las Alpujarras), secundado por una lista no menos impresionante que la francesa: Hugh Thomas (durante mucho tiempo el autor m√°s citado de su especialidad con Spanish Civil War), John Elliott (que con El Conde-Duque de Olivares ha dado muestra de c√≥mo puede una biograf√≠a reflejar una √©poca), John Lynch, Henry Kamen, Ian Gibson (irland√©s nacionalizado espa√Īol, autor de imprescindibles biograf√≠as de los gigantes culturales del siglo XX), Paul Preston, Gabriel Jackson, Stanley G. Payne, Raymond Carr, Geoffrey Parker, Edward Malefakis...

Archivo de la Guerra Civil en Salamanca.

Historiograf√≠a espa√Īola contempor√°nea

Entre tanto, las universidades espa√Īolas se vac√≠an por la Guerra Civil y el exilio interior y exterior. A la mitad del siglo XX pod√≠a contemplarse repartido por todo el mundo un nutrido grupo de individualidades: Ram√≥n Men√©ndez Pidal, Am√©rico Castro, Claudio S√°nchez Albornoz, Julio Caro Baroja, Jos√© Antonio Maravall, Jaume Vicens Vives (a quien se debe entre otras aportaciones, la creaci√≥n del √ćndice Hist√≥rico Espa√Īol en 1952), Antonio Dom√≠nguez Ortiz, Luis Garc√≠a de Valdeavellano, Ram√≥n Carande y Thovar...

En la posguerra se crea el CSIC, en cuyo organigrama se incluyen departamentos de historia. La requisa de papeles por el bando vencedor con fines represivos y su concentraci√≥n permitir√°n el funcionamiento de una secci√≥n del Archivo Hist√≥rico Nacional en Salamanca especializada en la Guerra Civil Espa√Īola (desde 1999 denominado Archivo General de la Guerra Civil Espa√Īola). Fue centro de una pol√©mica que trascendi√≥ el √°mbito de lo historiogr√°fico para entrar completamente en el √°mbito de lo pol√≠tico, muy intensa entre 2004 y 2006, por la devoluci√≥n a la Generalidad de Catalu√Īa de los originarios de esta instituci√≥n y de otras catalanas (los llamados papeles de Salamanca), que se puede considerar como parte de la pol√©mica simult√°nea en torno a la llamada recuperaci√≥n de la memoria hist√≥rica.[44]

En la segunda mitad del siglo XX se produce una intensa renovaci√≥n metodol√≥gica en todas las ramas de la ciencia hist√≥rica, y se multiplican los departamentos universitarios. Algunos historiadores vuelven del exilio, donde se hab√≠an mantenido como referentes de una forma de hacer historia no sometida a censura, es el caso de Manuel Tu√Ī√≥n de Lara, preocupado por la reflexi√≥n metodol√≥gica (materialismo hist√≥rico) a la vez que mantiene una postura militante en pol√≠tica. Es de destacar la labor efectuada, tambi√©n en Francia, por la Editorial Ruedo Ib√©rico, cuyos libros se distribu√≠an de forma semiclandestina, as√≠ como de algunas en M√©xico (Fondo de Cultura Econ√≥mica).

Hay una divisi√≥n clara entre una minor√≠a de historiadores conservadores (Luis Su√°rez Fern√°ndez, Ricardo de la Cierva) y una mayor√≠a abiertos a las nuevas tendencias, que no forman una corriente historiogr√°fica unida. Ver Gonzalo Anes, Julio Ar√≥stegui, Miguel Artola, √Āngel Bahamonde, Bartolom√© Clavero, Manuel Espadas Burgos, Manuel Fern√°ndez √Ālvarez, Emiliano Fern√°ndez de Pinedo, Josep Fontana, Jordi Nadal, Gabriel Tortella, Javier Tusell, Julio Valde√≥n Baruque...

Son rese√Īables las figuras destacadas en campos de estudio concretos: la de Francisco Tom√°s y Valiente y Alfonso Garc√≠a-Gallo en la historia del Derecho, la de Emilio Garc√≠a G√≥mez en el arabismo, la de Guillermo C√©spedes del Castillo en american√≠stica, la de Antonio Garc√≠a y Bellido y Antonio Blanco Freijeiro en la arqueolog√≠a, las de Pedro Bosch Gimpera, Luis Pericot, Juan Maluquer o Emiliano Aguirre en la prehistoria (la de √©ste √ļltimo vinculada al inicio del excepcional yacimiento de Atapuerca, cuyo estudio es continuado por Juan Luis Arsuaga, Eudald Carbonell y Jos√© Mar√≠a Berm√ļdez de Castro que han puesto a la prehistoria espa√Īola en el centro de la atenci√≥n mundial).

V√©ase tambi√©n: Estudios de historia del arte en Espa√Īa

Historia excéntrica. La mixtificación. Falsear la historia

No puede dejarse de referir lo que podr√≠a llamarse la historia exc√©ntrica, o alejada del "consenso" o campo central del trabajo de los historiadores "oficiales". Siempre ha habido literatura semejante, y podr√≠a recordarse un ejemplo notable, como Ignacio Olag√ľe y su libro La Revoluci√≥n isl√°mica en Occidente, que pretend√≠a probar la inexistencia de invasi√≥n √°rabe en el siglo VIII, y que obtuvo alg√ļn eco en los a√Īos 1960 y 1970.[45]

En la actualidad el debate en torno a la Segunda Rep√ļblica Espa√Īola, la Revoluci√≥n de octubre de 1934 y la Guerra Civil Espa√Īola, que afecta incluso a cuestiones tan aparentemente peregrinas como qu√© fecha tomar como comienzo de √©sta,[46] est√° llenando los estantes de los supermercados con una literatura que algunos llaman revisionismo hist√≥rico, por paralelismo con el negacionismo del Holocausto. La necesidad de que determinadas afirmaciones o negaciones historiogr√°ficas sean objeto de sanci√≥n penal es objeto de debate.[47]

Lenin se dirige al Ejército rojo en 1920. Trotsky aparece más abajo a su izquierda, derecha de la foto.
Con Stalin, el pasado ya no es lo que era: Trotsky no sale en la foto.

No es la espa√Īola la √ļnica historiograf√≠a que debe enfrentarse con la excentricidad: el caso m√°s llamativo de los √ļltimos a√Īos ha sido seguramente el de la atribuci√≥n del descubrimiento de Am√©rica al almirante chino Zheng He.[48]

Sobrepasar la frontera de la historia exc√©ntrica es entrar de lleno en el fraude hist√≥rico, en el que hay egregios precedentes: desde la Donaci√≥n de Constantino (que justific√≥ el poder temporal de los papas) a los Protocolos de los Sabios de Sion (que alimentaron el antisemitismo y est√°n en el origen de la Conspiraci√≥n Judeomas√≥nica). El caso reciente m√°s estrafalario (sin llegar al √©xito de los anteriores, por lo que como mucho se puede comparar a los intentos fallidos de falsificar la historia, como los plomos del Sacromonte), es el de los famosos (y falsos) Diarios de Hitler publicados por la revista Stern en 1983, con los que un historiador tan serio como Trevor Roper fue enga√Īado o se dej√≥ enga√Īar. El √ļltimo en desvelarse, de momento, es el de los documentos falsificados e introducidos en archivos brit√°nicos que sustentaron los libros donde Martin Allen revelaba extra√Īas conspiraciones durante la Segunda Guerra Mundial.[49]

La utilización de la historiografía para falsear la historia es tan antigua como la propia disciplina (habría que remontarse al menos hasta Ramsés II y la batalla de Kadesh), pero en el siglo XX la capacidad que alcanza el Estado y los medios de comunicación de masas (llamados cuarto poder) permitieron a los regímenes totalitarios jugar con la posibilidad de cambiar la historia, no sólo hacia el futuro, sino hacia el pasado. La novela 1984 de George Orwell (1948) es un testimonio de lo verosímil que esto resultaba. Las fotografías retocadas fueron una especialidad no sólo de Stalin contra Trotsky, sino del mismo Francisco Franco con Hitler.[50] El propio Winston Churchill tenía claro, incluso desde la democracia, que "La historia será amable conmigo, porque tengo la intención de escribirla".[51] La reflexión acerca de si la Historia es escrita por los vencedores es una tarea más propia de los filósofos de la historia.

Lo cierto es que en historia todo cambia, nada es permanente, y mucho menos su ocultamiento, como prueba el debate sobre la subasta al alza de malignidad entre izquierdas y derechas, que a√ļn dar√° para muchos libros como el de St√©phane Courtois (El libro negro del comunismo, 1997) y su respuesta El libro negro del capitalismo.

Véase también

Referencias

  1. ‚ÜĎ Usado a veces en la bibliograf√≠a [1]
  2. ‚ÜĎ [2]
  3. ‚ÜĎ ¬ęhistoriograf√≠a¬Ľ, Diccionario de la lengua espa√Īola (vig√©sima segunda edici√≥n), Real Academia Espa√Īola, 2001, http://buscon.rae.es/draeI/SrvltConsulta?TIPO_BUS=3&LEMA=historiograf%C3%ADa 

    ¬ęhistori√≥grafo¬Ľ, Diccionario de la lengua espa√Īola (vig√©sima segunda edici√≥n), Real Academia Espa√Īola, 2001, http://buscon.rae.es/draeI/SrvltConsulta?TIPO_BUS=3&LEMA=histori%C3%B3grafo 

    ¬ęhistoria¬Ľ, Diccionario de la lengua espa√Īola (vig√©sima segunda edici√≥n), Real Academia Espa√Īola, 2001, http://buscon.rae.es/draeI/SrvltConsulta?TIPO_BUS=3&LEMA=historia 

    ¬ęgrafo¬Ľ, Diccionario de la lengua espa√Īola (vig√©sima segunda edici√≥n), Real Academia Espa√Īola, 2001, http://buscon.rae.es/draeI/SrvltConsulta?TIPO_BUS=3&LEMA=grafo 

  4. ‚ÜĎ Louis Althusser enunci√≥ la peculiar condici√≥n cient√≠fica de la historia de forma expl√≠cita: la ciencia de la historia es una ciencia, pero no como las otras (La Soledad de Maquiavelo, pg. 151).
  5. ‚ÜĎ John Burrow, Historia de las historias (desde Her√≥doto al siglo XX), glosado por Carlos Garc√≠a Gual El estilo de los historiadores (El Pa√≠s, 17/07/2010):
    Un género que se enfrenta a la dura y efímera realidad para indagar su sentido y reflejarla (Tucídides se presentaba como un austero "notario") con rigor y precisión. Pero cada gran historiador tiene su voz y su mirada, aunque intente dar una versión desapasionada -sine ira et studio- de cuanto selecciona y transmite lo que cree preciso "salvar del olvido para el futuro" (Heródoto). En toda historiografía late esa apuesta por el relato objetivo, pero es inevitable el acento propio, un estilo subjetivo y una impronta personal. Algunos historiadores fueron grandes escritores; pero incluso los de plumas más grises tienen su estilo propio (y, de propina, su valor literario).

    La Historia no fue nunca una ciencia exacta, sino un método para recobrar y reflejar el pasado. No una epistéme, sino una téchne, como se decía en griego. Y se articula como una serie de "historias".

  6. ‚ÜĎ Pierre Vilar, repetido por Manuel Tu√Ī√≥n de Lara y citado por Jos√© Luis de la Granja S√°inz, Alberto Reig Tapia y Julio Ar√≥stegui en Tu√Ī√≥n de Lara y la historiograf√≠a espa√Īola, pg. 177.
  7. ‚ÜĎ Jacques Le Goff cita a Raymond Aron que a su vez desarrolla la teor√≠a de Max Weber en Pensar la historia: Modernidad, presente, progreso, pg. 91. Jerzy Topolski Definiciones generales de la materia de la historia (como ciencia), en Metodolog√≠a de la historia, pg. 53, cita a E. Bernheim, R. G. Collingwood, R. Aron, M. Bloch, J. Huizinga, L. Febvre, E. Callot y otros.
  8. ‚ÜĎ Isabel Gallardo, en Jos√© Deleito y Pi√Īuela y la renovaci√≥n de la historia en Espa√Īa, pg. 117 y ss. cita a J. Kaerst, Berr, Curtius, Mommsen, Benedetto Croce, Villari, Gabriel Monod, L. Bordeau, Camille Jullian, G. Desdevises du D√©zert, Albert Sorel, Lacombe, etc. V√©ase tambi√©n Historia#Historia como ciencia
  9. ‚ÜĎ Jos√© Ortega y Gasset (1928): La ¬ęFilosof√≠a de la historia¬Ľ de Hegel y la historiolog√≠a. En Obras completas (volumen IV). Madrid: Taurus, 2005. ISBN 84-306-0592-4.
  10. ‚ÜĎ ¬ęhistoriolog√≠a¬Ľ, Diccionario de la lengua espa√Īola (vig√©sima segunda edici√≥n), Real Academia Espa√Īola, 2001, http://buscon.rae.es/draeI/SrvltConsulta?TIPO_BUS=3&LEMA=historiolog%C3%ADa 
  11. ‚ÜĎ ¬ęhistoriograf√≠a¬Ľ, Diccionario de la lengua espa√Īola (vig√©sima segunda edici√≥n), Real Academia Espa√Īola, 2001, http://buscon.rae.es/draeI/SrvltConsulta?TIPO_BUS=3&LEMA=historiograf%C3%ADa 
  12. ‚ÜĎ De hecho, hay bibliograf√≠a sobre el tema: Harold BOLITO: Jap√≥n Meiji. Madrid: Akal, 1991. ISBN 84-7600-718-3. Un breve acercamiento accesible en: Mauro BONIFAZI: Jap√≥n: revoluci√≥n, occidentalizaci√≥n y milagro econ√≥mico.
  13. ‚ÜĎ El Archivo de Indias es accesible en:[3]
  14. ‚ÜĎ La obra de Las Casas es accesible en CiudadSeva.com
  15. ‚ÜĎ Miguel LE√ďN-PORTILLA, 1973.
  16. ‚ÜĎ Puede consultarse en internet el libro de Guam√°n Poma con sus verdaderamente √ļnicas ilustraciones en la p√°gina de la Biblioteca Nacional danesa: [4]
  17. ‚ÜĎ Claude L√©vi Strauss analiza desde el punto de vista antropol√≥gico el significado de estas nociones del tiempo, tambi√©n desde una perspectiva diacr√≥nica y sincr√≥nica; v√©ase art√≠culo de Regina MART√ćNEZ CASAS (2003): De la orilla de la eternidad informacional a la atemporalidad del ritual.
  18. ‚ÜĎ El tiempo tot√©mico y el tiempo del sue√Īo o de los antepasados de los abor√≠genes australianos: ¬ęA la manera de los primitivos, trascender lo real¬Ľ, consultable en Universitat Pompeu Fabra:[5]
  19. ‚ÜĎ E. P. THOMPSON: La formaci√≥n de la clase obrera en Inglaterra. Barcelona: Cr√≠tica, 1963-1989.
  20. ‚ÜĎ Hay un grupo internacional de historiadores interesados por la renovaci√≥n del paradigma materialista, muy activo en torno a Carlos Barros, de la Universidad de Santiago de Compostela (con la presencia de Bartolom√© Clavero y muchos otros) que organiza congresos y la p√°gina web Historia a Debate:[6]
  21. ‚ÜĎ Una reflexi√≥n de Rafael Vidal sobre La Historia y la Posmodernidad:[7]
  22. ‚ÜĎ No obstante, son muy sofisticados desde muy antiguo, como se encarg√≥ de divulgar el cl√°sico de Samuel Noah KRAMER (1965-1974) La historia empieza en Sumer. Valencia: C√≠rculo de Lectores. ISBN 84-226-0555-4, una magn√≠fica introducci√≥n a la historia para todos los p√ļblicos, como tambi√©n lo es, para Egipto, la equivalente obra de CERAM Dioses, Tumbas y Sabios
  23. ‚ÜĎ En el art√≠culo Interpretaciones de la Historia de China se habla de la particular filosof√≠a de la historia de la historiograf√≠a china tradicional, que incluye el concepto de ciclo din√°stico, y fue sustituida por la interpretaci√≥n materialista en la moderna Rep√ļblica Popular. Otros intelectuales chinos no marxistas, como Hu Shih y Ray Huang, han desarrollado teor√≠as de integraci√≥n de la civilizaci√≥n china y la occidental en una moderna y √ļnica civilizaci√≥n mundial.
  24. ‚ÜĎ China primitiva, en Historia Universal: El Pa√≠s: Salvat, tomo 3, Madrid: Salvat Editores. ISBN 84-345-6232-4
  25. ‚ÜĎ Entre los que pueden citarse a Joseph Ki-Zerbo o a Cheik Ant Diop.
  26. ‚ÜĎ NAVIA (mayo de 2006): Timbuct√ļ, la nostalgia de un sue√Īo, National Geographic, pgs. 44-71
  27. ‚ÜĎ Mar√≠a del Carmen P√ČREZ ROYO; y Mar√≠a Luisa RAMOS MORELL: ¬ęHistoriograf√≠a romana¬Ľ, en Lat√≠n: lengua y literatura. COU. Sevilla: Ediciones La √Ď, 1996. Ed. electr√≥nica accesible en: [8]
  28. ‚ÜĎ Una p√°gina web de referencia para la historia de la literatura, en este caso para la prosa bajomedieval.
  29. ‚ÜĎ Antonio UBIETO ARTETA (1982): Historia de Arag√≥n. Literatura medieval I. Zaragoza, Anubar, p√°g. 36.
  30. ‚ÜĎ Antonio P√ČREZ LASHERAS (2003): ¬ęLa historiograf√≠a aragonesa y el Derecho foral¬Ľ, en La literatura del reino de Arag√≥n hasta el siglo XVI. Zaragoza, Ibercaja-Instituci√≥n ¬ęFernando el Cat√≥lico¬Ľ (Biblioteca Aragonesa de Cultura, 15), ISBN 84-8324-149-8, pp. 100-104.
  31. ‚ÜĎ "Gesta+veterum+Comitum"&hl=es Gesta veterum comitum Barcinonensium et Regum Argonensium scripta c. anŐĄum 1290 a quodam monacho Rivipullensi. Editor Petr de Marca, 1688. Juan Francisco Masdeu la cita junto a otras editadas por Pierre de Marca como Accessere gesta Comitum Barcinonensium, etc. Parisiis 1688 (pg. 487 de Historia cr√≠tica de Espa√Īa y de la cultura espa√Īola, Imprenta de Sancha, 1795). La obra de Morales Moya inclu√≠da en la bibliograf√≠a (que forma parte de la Enciclopedia de historia de Espa√Īa de Miguel Artola, 1993), y de la que provienen la mayor parte de los datos espa√Īoles de este art√≠culo, da para esta obra el t√≠tulo de Gestas veterum Comitatum Barcinonensium et Regum Aragonensium.
  32. ‚ÜĎ Texto citado por cronistas posteriores, pero considerado perdido hasta hace poco: el a√Īo 2001 el profesor Muhammad ben Mamar identific√≥ un √ļnico ejemplar (26 p√°ginas) en una biblioteca de Tinduf, que ha sido traducido por Guillem Rossell√≥-Bordoy y Nicolau Roser. National Geographic, marzo de 2009, pg. 8.
  33. ‚ÜĎ Una p√°gina web de referencia para la historiograf√≠a andalus√≠:[9]. Y otra, que incluye toda su literatura:[10].
  34. ‚ÜĎ Debate intelectual en la historiograf√≠a, en Artehistoria.
  35. ‚ÜĎ Es c√©lebre su pol√©mica con el historiador sovi√©tico y marxista Boris Porchnev a prop√≥sito de estas tesis. Roland MOUSNIER: Furores campesinos, 1968.
  36. ‚ÜĎ La cita es atribuible a distintos autores, aqu√≠ la atribuyen a Pierre Nora[11]
  37. ‚ÜĎ Luis Guillermo JARAMILLO ECHEVERRI y Juan Carlos AGUIRRE GARC√ćA: La Controversia Kuhn-Popper en torno al progreso cient√≠fico y sus posibles aportes a la ense√Īanza de las ciencias.
  38. ‚ÜĎ Arno MAYER: The Furies: Violence and Terror in the French and Russian Revolutions Princeton University Press, 2002. ISBN 0-691-09015-7. Hay traducci√≥n castellana: Las Furias. El comentario se localiza en la introducci√≥n.
  39. ‚ÜĎ P√°gina de la Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales.
  40. ‚ÜĎ La p√°gina de la Fundaci√≥n Las Edades del Hombre, que actualmente (desde noviembre de 2006) exhibe Kirios en Ciudad Rodrigo: [12]
  41. ‚ÜĎ Los autores m√°s conocidos de este m√©todo son Robert Stake y Jan Nespor (v√©ase wikipedia en ingl√©s [13])
  42. ‚ÜĎ Alberto Buela, citando a Javier Esparza, en La relaci√≥n con el pasado [14]
  43. ‚ÜĎ Bartolom√© BENNASSAR: Valladolid au si√®cle d'or. Une ville de Castille et sa campagne au XVe. si√®cle. Par√≠s-La Haya: Mouton, 1967. Considerado un cl√°sico de s√≠ntesis regional hist√≥rica en el esp√≠ritu de Annales, siguiendo el m√©todo de integraci√≥n de distintas disciplinas iniciado por Fernand Braudel.
  44. ‚ÜĎ Una cronolog√≠a de las vicisitudes de los Papeles de Salamanca, en El Mundo.
  45. ‚ÜĎ Y a√ļn m√°s recientemente, incluyendo reflexiones provenientes del campo de la gen√©tica de poblaciones: Antonio PULIDO PASTOR: La revoluci√≥n isl√°mica en Occidente (01/10/2006) [15].
    El texto completo del libro de Olag√ľe puede consultarse en una web islamista: [16]
  46. ‚ÜĎ P√≠o MOA (2006): 70 aniversario del comienzo de la guerra civil, en Libertad Digital:[17]
  47. ‚ÜĎ Timothy GARTON ASH La necesidad del debate hist√≥rico. La libertad de expresi√≥n en Europa vive atenazada por leyes bienintencionadas que pretenden condicionar lo que se dice y recuerda sobre los episodios m√°s siniestros de nuestra historia, El Pa√≠s, 19/10/2008.
  48. ‚ÜĎ Gavin MENZIES (2005): 1421: el a√Īo en que China descubri√≥ Am√©rica. Espa√Īa: Debolsillo, 2005. Aparecido en ingl√©s en 2002. El autor, marino de formaci√≥n e "historiador" autodidacta mantiene una web oficial: [18], y sus detractores tambi√©n contestan por la red: [19]. Hay art√≠culos en la wikipedia en castellano sobre la Hip√≥tesis de 1421, y en ingl√©s tambi√©n √©ste sobre el autor.
  49. ‚ÜĎ Marcelo JUSTO: La Historia reescrita con papeles falsos, ABC, 7 de mayo de 2008
  50. ‚ÜĎ Las famosas fotos de la entrevista Hitler-Franco en Hendaya (1940) encontradas en el archivo de la Agencia Efe y divulgadas en octubre de 2006:[20]
  51. ‚ÜĎ Art√≠culo de Juan Bolea en El Peri√≥dico de Arag√≥n, citando varias de las c√©lebres mixtificaciones de im√°genes hist√≥ricas.

Bibliografía

Enlaces externos


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