Batalla de Tudela

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Batalla de Tudela

Batalla de Tudela

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Batalla de Tudela
Parte de Guerra de la Independencia Espa√Īola, dentro de las Guerras Napole√≥nicas
Bitwa pod Tudela.jpg
Batalla de Tudela. √ďleo sobre lienzo de January Suchodolskia, 1827, Museo Nacional de Varsovia

Fecha 23 de noviembre de 1808
Lugar Tudela, Espa√Īa
Resultado Victoria Francesa
Beligerantes
Bandera de Francia. Primer Imperio Franc√©s Flag of Spain (1785-1873 and 1875-1931).svg Reino de Espa√Īa
Comandantes
Mariscal Lannes Francisco Javier Casta√Īos
José de Palafox y Melci
Conde de Villariezo
Mariscal Juan O'Neylle
Mariscal Lape√Īa
Pedro Grimarest Oller
Fuerzas en combate
30.000 infantes,
5.000 caballos,
60 ca√Īones
33.000 entre regulares y milicianos
Bajas
44 muertos,
513 heridos,
21 oficiales.
4.000 muertos,
3.000 prisioneros,
30 ca√Īones,
300 oficiales
(12 coroneles)

La Batalla de Tudela fue una batalla de la Guerra de la Independencia Espa√Īola combatida en los alrededores de dicha ciudad el 23 de noviembre de 1808. El resultado de la batalla fue la completa victoria francesa, al mando del Mariscal Lannes, sobre las tropas espa√Īolas, comandadas por el General Casta√Īos.

Cerca de 33.000 soldados y milicianos espa√Īoles intentaron cercar a los 30.000 franceses de Lannes, pero fueron severamente derrotados. Las bajas espa√Īolas se calculan en torno a los 4.000 muertos y 3.000 prisioneros, mientras que por parte francesa no llegan a 600 los muertos y heridos.

Esta es una de las batallas cuyo nombre fue grabado en el Arco de Triunfo parisino.

Contenido

Parte francesa

Comandantes franceses

Unidades del ejército

  • Divisiones de infanter√≠a:
  • Caballer√≠a formada por:

Parte espa√Īola

Comandantes espa√Īoles

Unidades del ejército

  • Batallones Caro y Pinohermoso
  • Divisi√≥n Roca
  • 4¬™ divisi√≥n del Mariscal Lape√Īa
  • 5¬™ divisi√≥n del General Casta√Īos
  • 3 divisiones al mando del General Grimarest
  • Regimiento Sicilia N¬ļ 67[1]

El campo de batalla

Esquema de las posiciones espa√Īolas ‚ÄĒ Santa B√°rbara: Divisi√≥n Lape√Īa

Es la zona comprendida entre Tudela y los montes cercanos que se encuentran a su izquierda, el frente espa√Īol ser√≠a: cerro de Santa B√°rbara, Tudela, Torre Monreal, Santa Quiteria, Cabezo Maya, cerro donde se encontraba la ermita de San Juan de Calchetas, y las poblaciones de: Urzante (desaparecida), Murchante, Cascante. Y como foso natural entre los franceses y los espa√Īoles est√° el r√≠o Queiles, afluente del Ebro.

Los franceses avanzaron desde los montes que se encuentran enfrente de las l√≠neas espa√Īolas, los Montes de Cierzo, hacia las tropas espa√Īolas (√©stas estaban parapetadas), no fue una batalla a campo descubierto.

Cronología de la batalla

Preliminares

Mariscal Lannes
General Francisco Javier Casta√Īos

Quedaba por aniquilar la derecha espa√Īola, el ej√©rcito de Casta√Īos que llamaban ¬ędel Centro¬Ľ y que unido al de reserva de Palafox ocupaban con el primero Calahorra y a la derecha del Ebro hasta cerca de Lodosa, y el segundo la l√≠nea del Arga y confluencia del Arag√≥n, frente a Falces, Peralta y Milagro, donde estaban situadas las fuerzas de Moncey.

Napole√≥n ordena el 18 de noviembre a Jean Lannes que avance hacia Tudela con el siguiente plan: el 21 a Lodosa, el 22 a Calahorra y el 23 a Tudela. Cuando llega a Logro√Īo, ordena a Moncey que atraviese el Ebro por Lodosa para juntarse con √©l y unir las fuerzas. Una vez en Lodosa, organiza las fuerzas de las que dispone.

Mientras el enemigo organizaba su ofensiva tan r√°pida y cautelosamente, nuestros ej√©rcitos del Ebro se encontraban en las peores condiciones para aspirar a la victoria. ¬ęNi por su calidad, ni por su fuerza pueden competir con las aguerridas y numerosas tropas del enemigo¬Ľ,[2] esto en cuanto a las tropas, por lo que hace a los jefes entre Casta√Īos y Palafox hab√≠a grandes desavenencias: no lograban ponerse de acuerdo en las operaciones. Palafox, orgulloso por la defensa de Zaragoza, se cre√≠a tanto o m√°s que su compa√Īero.

Casta√Īos hab√≠a reclamado el mando √ļnico a la Junta Suprema Central que √©sta tarda en otorgarle. Cree que el frente que ha pensado entre las faldas del Moncayo y el Ebro, unos 50 km, puede parar el avance del ej√©rcito franc√©s, pero en lugar de los 80.000 hombres prometidos, s√≥lo contaba con 26.000 soldados.

Juan O'Neylle pose√≠a el resto de las fuerzas espa√Īolas, pero √©stas se encontraban en Caparroso y Villafranca. Casta√Īos manda un emisario con una carta a este general pidi√©ndole que vengan a Tudela lo antes posible, ya que los franceses est√°n en marcha y llegar√°n de un momento a otro. El emisario llega a Caparroso a las 5 de la tarde del 21 de noviembre. O'Neylle lee la carta y le responde:

¬ęComprendo bien lo cr√≠tico de la situaci√≥n, pero mi jefe natural es Palafox y este me orden√≥ que mantuviera esta posici√≥n; no obstante, estoy dispuesto a marchar hacia Tudela con mis 20.000 hombres, pero ser√° ma√Īana, ya que ha anochecido. Ahora mismo mando un despacho a Palafox para qu√© me diga a qu√© √≥rdenes he de atenerme¬Ľ.

El 22 de noviembre se distribuyeron las fuerzas espa√Īolas:

  • En Tarazona estaba Grimarets al mando de tres divisiones de 13.000 a 14.000 soldados en total, con su vanguardia destacada en la ruta de √Āgreda por donde se supone que vendr√≠a el enemigo de un momento a otro.
  • En Cascante se encontraba la 4¬™ divisi√≥n del general Lape√Īa con 8.000 hombres, andaluces en su mayor√≠a, que hab√≠an participado en la Batalla de Bail√©n.
  • En Ablitas establece su cuartel general Casta√Īos, piensa cubrir el espacio desde Cascante al Ebro con su 5¬™ divisi√≥n y con los refuerzos de Mariscal O'Neylle y Felipe Augusto de Saint-Marcq, cuya llegada espera con nerviosismo.

Aquella misma tarde, las unidades de Arag√≥n comenzaron a concentrarse en el t√©rmino llamado Traslapuente (al otro lado del Ebro de donde se situaba el ej√©rcito de Casta√Īos), pero no cruzaron el puente, acamparon all√≠ mismo, pues ten√≠an √≥rdenes de no cruzarlo... hasta que Palafox no se lo ordenase. Casta√Īos se encoleriz√≥, no pod√≠a ser, los franceses a punto de llegar y los refuerzos no estaban en su puesto de combate.

Cuartel general de Casta√Īos ‚ÄĒ Palacio del Marqu√©s de San Adri√°n

Palafox, apremiado, calla, pero no otorga. Casta√Īos ante esta actitud que pone en peligro la defensa y la vida de miles de hombres, convoca un consejo de guerra en Tudela, en el palacio del Marqu√©s de San Adri√°n, donde se reunieron Palafox (que lleg√≥ el d√≠a anterior de Zaragoza), se junt√≥ con su hermano Francisco Palafox, el general Coupigny y un observador ingl√©s, Sir Thomas Graham.

Hubo de todo menos consenso: ¬ęEn aquella noche fatal¬Ľ, dijo un historiador, ¬ęhubo juntas, choques, y todo menos una providencia capaz de salvar los ej√©rcitos¬Ľ.

Palafox se opon√≠a al establecimiento de la l√≠nea del Queiles, bas√°ndose en que no dispon√≠an de los suficientes hombres para resistir al enemigo. Lo mejor era retirarse a Zaragoza y defender Arag√≥n. ¬ę¬°Espa√Īa, hay que defender a Espa√Īa!¬Ľ, exclam√≥ Casta√Īos. ¬ęTenemos que estar unidos ante el enemigo¬Ľ.

Así estuvieron gran parte de la tarde noche del 22 de noviembre. Al filo de media noche reciben los primeros avisos de que los franceses habían tomado ya Corella y Cintruénigo. La noticia cae como una bomba entre los reunidos, y enseguida cundió por toda la ciudad y, a decir por los testigos, fue de constante alarma.

¬ę¬°Que O'Neylle pase ya el Ebro inmediatamente, el enemigo viene hacia nosotros!¬Ľ. Palafox, terco, se aferraba en sus trece. Entonces Casta√Īos le llam√≥ cobarde, empezaron los reproches, uno y otro se apostrofaban con los ep√≠tetos m√°s crudos. ¬ęEspect√°culo bochornoso¬Ľ, dice un historiador, no atrevi√©ndose a detallar la escena.

Al final, Palafox, con un gran dolor en su estima, cede y ordena que pasen el Ebro las fuerzas, pero que quede escrita la opinión de cada uno.[3]

23 de noviembre, la batalla

Con los primeros rayos de luz, comienzan a cruzar los 360 m del puente sobre el r√≠o Ebro las fuerzas del ej√©rcito de reserva, aragoneses en su mayor√≠a, con algunos voluntarios navarros. Su ropa pardusca, y equipada a la buena de Dios, con m√°s ardor que disciplina y m√°s aspecto de pueblo en armas que de ej√©rcito regular. Unas semanas antes, el coronel de uno de los batallones, se quejaba de que ¬ęSu gente solo ten√≠a camisa y calzoncillos y de que los fusiles eran inservibles¬Ľ.

Al atravesar las tropas Tudela a√ļn de noche, y al ser las calles del casco antiguo muy estrechas, fue una ardua tarea, se arm√≥ un gran jaleo, obstruyeron las callejuelas. Por estas y por la tardanza en entrar en la ciudad, los soldados tardaron en ocupar las posiciones a las que hab√≠an sido asignadas, es decir, entre Santa Quiter√≠a y Cabezo Maya, una gran extensi√≥n de terreno que estaba sin proteger.

Mientras el mariscal franc√©s, Lannes, que no perd√≠a el tiempo, se acercaba ya a las inmediaciones de la ciudad, desde los montes de Cierzo, el sol despuntaba ya. Lannes se extra√Ī√≥ de que no hubiera ning√ļn tipo de vigilancia y de que el enemigo no apareciese por ninguna parte.

Un informe espa√Īol de la √©poca dec√≠a: ¬ęEn Tudela no hab√≠a un cuerpo avanzado, ni un solo centinela¬Ľ. A lo que a√Īade el historiador Jos√© Mu√Īoz Maldonado: ¬ęSe sab√≠a con certeza la aproximaci√≥n del enemigo y no se tom√≥ ninguna providencia, ni para dar ni para evitar la batalla¬Ľ.[4]

Mientras el refuerzo terminaba de cruzar el puente y se arreglaba algo el ¬ętr√°fico¬Ľ de tropas, carruajes, ca√Īones y caballer√≠a por las calles de la ciudad, se oyeron los primeros estruendos de fusiler√≠a y ca√Īonazos por parte del ej√©rcito franc√©s. Esto puso fin a la disputa de Casta√Īos y Palafox: ¬ŅResistir? ¬ŅRetirarse?. A toda prisa fue preciso adoptar disposiciones defensivas.

¬ęEran las 7 de la ma√Īana¬Ľ, dice un testigo, ¬ęcuando los primeros franceses aparec√≠an due√Īos del castillo¬Ľ (monte de Santa B√°rbara, un cabezo que est√° sobre la ciudad). Seg√ļn Yanguas (historiador de aquella √©poca), fue a las 8 cuando se tuvo en la ciudad el primer aviso de la cercan√≠a de los franceses y de los preparativos de la lucha.

Las primeras acciones

Plano del desarrollo de la batalla

Seg√ļn coment√≥ el general Casta√Īos en su informe: ¬ęFrancisco Palafox quiso salir con su ayudante por la calleja que le pareci√≥ m√°s corta para descubrir al enemigo y se encontr√≥ de manos a boca con una patrulla de Dragones franceses, al revolver la √ļltima esquina, por lo que tuvo que volver a grupas muy aprisa¬Ľ.[5]

Gracias a que las callejuelas estaban llenas de soldados espa√Īoles, a√ļn tardaron en entrar a la ciudad. Seg√ļn otro testigo: ¬ęEl ej√©rcito de reserva empez√≥ la acci√≥n dentro de la ciudad. Los levantinos de la divisi√≥n Roca acometieron bravamente a la bayoneta, consiguieron desalojar a las patrullas enemigas de la cumbre de Santa B√°rbara¬Ľ.

Una vez due√Īos del cabezo que domina Tudela, los batallones Caro y Pinohermoso desplegaron por las faldas del mismo, tomando posiciones en los cerros cercanos, frente a la meseta denominada Puntal del Cristo, donde ya para entonces se descubr√≠a el grueso de las fuerzas francesas de Maurice-Mathieu.

Los voluntarios de la división de Saint-March se disponían a ocupar las alturas de la vega del río Queiles (Monte San Julián, hoy cementerio y el cabezo de Santa Quitería).

O'Neylle con la mayor parte de las tropas aragonesas trataba de organizarse a espaldas de la ciudad, sobre la carretera a Zaragoza, en espera de las √≥rdenes del general Casta√Īos en quien resignaron el mando en este momento supremo.

Entre las ocho y las nueve se sucedieron en Tudela la sorpresa y la reacci√≥n, La sorpresa fue audaz, la confusi√≥n atroz, pero la reacci√≥n fue rabiosa y en√©rgica, a√ļn hecha en las peores condiciones.

A este frustrado golpe del enemigo sigui√≥ una tregua de relativa calma. Fue al cabo de esta tregua cuando el mariscal galo concibi√≥ el plan de batalla, en vista de sus observaciones sobre el campo espa√Īol, y en vista de todo de la gran cantidad de fallos, que fueron muchos y garrafales.

Despreció al ejército que se encontraba en Tarazona y se centró en la línea que va desde Tudela a Cascante, el más vital y desguarnecido.

Las primeras decisiones de Lannes se centraron estos objetivos: Atacar parcialmente el flanco derecho espa√Īol (Tudela); reconocer y profundizar el centro (montes de la orilla del Queiles hasta Urzante), para lo cual dej√≥ en reserva las divisiones Morlot y Granjean, y tercero: lanzar la masa de su caballer√≠a contra los de Cascante para evitar que el general Lape√Īa corriese hacia Tudela sus l√≠neas y para dar tiempo a que llegara la Divisi√≥n Lagrange que pensaba enfrentar a los andaluces.

Y aqu√≠ empieza la famosa batalla de Tudela, que por unos errores, por unos desacuerdos entre generales espa√Īoles y el mal estado del armamento de las tropas espa√Īolas... comenz√≥ a las 9, se generaliz√≥ a las 10 y hab√≠a de tener un desenlace r√°pido y funesto a las 3 de la tarde.

La divisi√≥n Maurice-Mathieu fue la primera en atacar las posiciones espa√Īolas: la colina de Santa B√°rbara donde se encuentran los restos del castillo medieval, residencia de monarcas navarros y que se alza a los pies de Tudela, mientras se qued√≥ en reserva la Divisi√≥n Musnier en la meseta denominada Puntal del Cristo.[6]

Conforme a tales √≥rdenes, los generales Mauricie-Mathieu y Habert formaron en columna de ataque y acometieron a los espa√Īoles, precedidos de un batall√≥n de tiradores. Mathieu iba a la cabeza de un regimiento del V√≠stula y Habert al frente del 14¬ļ de l√≠nea. Eran dos viejos regimientos que hab√≠an combatido en Eylau, ¬ępara los cuales las batallas contra los espa√Īoles no supon√≠a cosa espantable¬Ľ, dec√≠a Thiers.

El choque sobrevino poco despu√©s de las 9 de la ma√Īana. Tuvo lugar en los tres cerros de las estribaciones de Canrraso que se extiende frente a Tudela[7]

Recreación de la batalla en el cerro de Santa Bárbara, con la torre de la catedral al fondo

Ante este ataque, Casta√Īos reforz√≥ el castillo (Santa B√°rbara) con aragoneses que hab√≠an cruzado el puente. ¬ęLos aragoneses¬Ľ ‚ÄĒescribe Thiers‚ÄĒ ¬ęm√°s bravos y entusiastas que el resto de la naci√≥n, comprometidos por anteriores demostraciones, estaban obligados a mantenerse y luchar con encarnizamiento¬Ľ. Y a√Īade: ¬ęTras de haber empleado muy bien su artiller√≠a contra los franceses, les disputaron una a una las alturas, mat√°ndoles un elevado n√ļmero de hombres¬Ľ.

Al cabo de una hora de intenso fuego, los batallones Caro y Pinohermoso, muy diezmados, se replegaron, despacio y ordenadamente, al abrigo del resto de la División que ocupaba la cumbre del Castillo. Los que los perseguían fueron recibidos desde ésta con fuego de fusil y con el de dos piezas de artillería, y desistieron de su intento, escarmentados.

En esta acci√≥n y en las que siguieron por esta parte a lo largo del d√≠a particip√≥ activa y valerosamente la mujer tudelana. ¬ęVi√©ronse muchas de ellas ayudar a nuestros soldados anim√°ndolos a la defensa: otras, ya que no otra cosa pod√≠an hacer, les subieron c√°ntaros de agua desde el Ebro para mitigar la sed que les devoraba, y todo entre las mismas filas y all√≠ donde se o√≠a el silbido de las balas y peligraban sus vidas¬Ľ.

Esto consigna Yanguas y Miranda en honor de aquellas animosas canéforas que desde el Henchidor de junto al puente trepaban, con su cántaro a la cabeza, hasta lo alto del castillo, sin miedo de morir.

Entretanto los defensores del cabezo de Santa B√°rbara rechazaban las acometidas de la Divisi√≥n de Maurice-Mathieu, el grueso de las fuerzas de Lannes, descendiendo por los Montes de Cierzo por la Cerrada y el Pilar de Santo Domingo, se dispon√≠a a atacar el centro de los espa√Īoles, mientras su artiller√≠a cambiaba algunos disparos con la nuestra, emplazada en las faldas de Santa Quiter√≠a.

Ya para entonces la caballer√≠a de Dij√©on acosaba a Lape√Īa, cuyas fuerzas cubr√≠an la ciudad de Cascante desde lo alto de la Bas√≠lica del Romero hasta el Convento de la Victoria, lugares ambos donde emplaz√≥ su artiller√≠a (18 piezas), mientras que sus jinetes se hallaban desplegados por las huertas de las inmediaciones. El general de los andaluces se hab√≠a puesto en alarma a las ocho.

A esta hora una partida de caballer√≠a enemiga se present√≥ en el Prado de la ciudad, por el lado del Aspra: pero, reconocida por los dragones de Pav√≠a, se retir√≥. Seguidamente Lape√Īa puso en movimiento su Divisi√≥n, pues desde primera hora Casta√Īos le dio orden de maniobrar para cubrir el hueco entre Cascante y las alturas de la orilla del Queiles que las tropas aragonesas no hab√≠an ocupado, debido a lo tard√≠o de su entrada en Tudela y a la sorpresa del franc√©s.

Lape√Īa, creyendo tener ante s√≠ m√°s enemigo del que ten√≠a, estuvo muy remiso en avanzar y s√≥lo consigui√≥ destacar a Urzante dos batallones y un destacamento de Granaderos provinciales. M√°s tarde, apoyado por dos piezas de artiller√≠a que llevaron √©stos consigo, adelant√≥ un batall√≥n hacia las planas de Murchante para hacer frente a la caballer√≠a de Dij√©on que acosaba por este lado.

Quedaba, pues, sin ocupar Murchante y, sobre todo, una brecha terrible entre Urzante y los montes de Tudela, vacía totalmente de defensores. Con ojo de águila la vio Lannes, que acababa de descender al valle con su Estado Mayor, y lanzó contra ella la División Morlot (recién llegada al lugar del combate) apoyada por la de Grandjean.

Las ¬ęj√≥venes y ardientes¬Ľ tropas de Morlot, dificultadas en su avance por los obst√°culos del terreno, lleno de acequias y olivares, y tras de algunos amagos infructuosos, consiguieron reunirse al abrigo del espeso olivar de Cardete, y desde √©l se lanzaron a la altura de Cabezo Malla, monte grande y rojizo, el m√°s alto de los que ondulan a la orilla derecha del Queiles. Al mismo tiempo que los franceses coronaban la estrat√©gica altura, la Divisi√≥n Saint March llegaba al monte Santa Quiter√≠a.

Era cerca del mediod√≠a. Se nos hab√≠an adelantado. Casta√Īos se da cuenta del peligro terrible. La ocupaci√≥n por Morlot de Cabezo Malla supone el corte de nuestra l√≠nea, la derrota. Urge arrojarle a toda costa de tan preciosa posici√≥n, y para ello nuestro general echa mano de la Divisi√≥n O'Neille que, como ya se ha dicho, permanec√≠a esperando √≥rdenes en las afueras de Tudela. Sobre la carretera de Zaragoza. Precipitadamente O'Neille mueve sus batallones y atravesando Huerta Mayor, se dirige al Cabezo Malla. ¬ę¬°Aprisa! ¬°A toda prisa!¬Ľ, es la consigna que le han dado.

Las tropas llegan, jadeantes, a las estribaciones del cabezo. El enemigo las esperaba a la mitad de la ladera que desciende a Huerta Mayor. Fue entonces cuando O'Neille ensaya una maniobra t√°ctica, la √ļnica que se llev√≥ a efecto aquel d√≠a. Mientras parte de sus soldados acometen con br√≠o la subida de frente, dirige por la izquierda al tercer Batall√≥n de Guardias Espa√Īolas para coger al enemigo por la espalda. Esta vieja unidad carg√≥ tan impetuosamente a la bayoneta que las noveles tropas de Morlot, amagadas de envolvimiento, cedieron atropelladamente dejando el monte lleno de heridos.

En lo más recio de la lucha, Saint March había secundado muy oportunamente la operación enviando desde Santa Quiteria dos de sus batallones (Castilla y Segorbe), los cuales, en unión de las tropas de O`Neille, persiguieron a los franceses por el llano del Queiles, rechazándolos hasta la punta del olivar de Cardete, donde mayores fuerzas contuvieron el ardor de los vencedores.

Toreno fija en las 3 de la tarde la hora de este glorioso encuentro. Sin embargo, tuvo que ser bastante antes, entre la 1 y las 2.

La tropa que recuper√≥ Cabezo Malla a costa de valor y de sangre se encontraba rendida por la r√°pida marcha desde Tudela y llevaba ‚ÄĒdicen sus jefes‚ÄĒ la impresi√≥n desmoralizada de la sorpresa y el desorden dentro de la ciudad. De poco hab√≠a servido la bravura. Desde su posici√≥n hasta las arboledas del poblado de Urzante, donde se encontraban las avanzadillas andaluzas, hay m√°s de media legua.

El alto de San Juan de Calcetas y el pueblo de Murchante no estaban ocupados. Grave error, el mayor error, del que muy pronto habr√° de aprovecharse el enemigo. Si el Ej√©rcito de Cascante acude a tiempo a rellenar aquel vac√≠o, hubi√©rase logrado prolongar el combate, hacerle pagar cara su victoria al franc√©s y efectuar, en el peor de los supuestos, una retirada decente. Nada de esto se pudo conseguir. Todos los esfuerzos de Casta√Īos se dirigen, en balde, a tratar de soldar nuestras l√≠neas.

Todas sus √≥rdenes de las primeras horas de la tarde van dirigidas a la Pe√Īa. Pero √©ste no consigue desenredarse de los caballos enemigos, de los viejos dragones de Alemania, de los veloces coraceros que le amagan sin exponerse. Apenas tuvo bajas la caballer√≠a francesa. No se da cuenta que s√≥lo se trata de tenerlo en jaque, de inmovilizarlo. Y no se atreve a maniobrar con el grueso de sus unidades.

√Čl conf√≠a en que Grimarest, al advertir por el tronar de los ca√Īones d√≥nde se localiza la pelea, se decida a volar en su auxilio desde Tarazona. Grimarest, sin embargo, no da se√Īales de movimiento, y Lape√Īa abriga el temor de que se corre a rellenar el hueco a su derecha abra otro muy profundo a su izquierda.

Para nuestra desgracia hay un hombre a quien no se le escapan nuestros fallos. Es Lannes que da por suya la partida y ve llegada la hora del golpe decisivo. Lo que más le interesa por el momento es tomar el Castillo para ocupar Tudela y aquel puente, llave de Zaragoza, que tanto le ha ponderado Napoleón. A esto van dirigidas sus miras y sus órdenes. Pero a la vez, tiene que aprovechar la brecha que se acusa en nuestra línea, antes de que andaluces y aragoneses acudan a llenarla.

Por eso da a Morlot la consigna implacable de que ataque de nuevo, y a Musnier la de que entretenga a los de Lape√Īa, mientras llega Lagrange el rezagado. Pronto se nota la orden del Mariscal. Los franceses, a la vista de nuestras tropas, ocupan el alto de San Juan de Calcetas y llegan en su acometida hasta cerca, muy cerca de Urzante. Nuestra l√≠nea est√° rota de nuevo. Son las 2 de la tarde. Si a esta hora dirigimos la vista hacia Tudela, asistiremos a un desenlace de la lucha tan imprevisto como desastroso. Maurice-Mathieu, apretado por las √≥rdenes de su Mariscal, viendo que desde hace cuatro horas no consigue con asaltos frontales desalojar a los del alto de Santa B√°rbara, ha concebido una atrevida estratagema. Mientras el grueso de sus tropas ataca la vertiente del cabezo que mira a Alfaro, destaca parte de sus fuerzas por el barranco del Cristo para que envuelvan a los de la cumbre.

Estas fuerzas avanzan sigilosas y desapercibidas (otro fatal descuido nuestro) por la falda norte del monte, por el camino angosto que desde el Cristo corre, entre la alta escarpa y el cauce de la acequia molinar, al par de la Mejana. Cuando menos se lo esperaban, los de la cumbre vi√©ronse amenazados por lo que, a tiros y en griter√≠a, trepaban por la ladera del Molino, donde hoy se encuentra el jardinillo de la Junta de Aguas. Entonces se produjo en nuestras filas una de esas reacciones del p√°nico, tan dif√≠ciles de evitar. Aquel s√ļbito ataque por la espalda hizo que huyeran todos en el mayor desorden y penetrando en la ciudad la contagiaran de pavor, arrastrando en su fuga las unidades de reserva que hab√≠a prevenidas. Falt√≥ all√≠ Palafox, √ļnico hombre capaz de contener aquella desbandada. Pero el caudillo aragon√©s, irritado contra Casta√Īos, viendo perdida la batalla, abandon√≥ Tudela en las primeras horas de la lucha en las calles. Acompa√Īado de su amigo Doyle march√≥ al Bocal, y all√≠ tom√≥ una barca que por el Canal de Arag√≥n le llev√≥ a Zaragoza. Su obsesi√≥n era defenderse en la capital aragonesa, como si presintiese que le aguardaba all√≠ la gloria que en Tudela no podr√≠a encontrar.

Volviendo al centro de nuestro frente, el nuevo avance del enemigo colocaba al Ej√©rcito aragon√©s de Cabezo Malla ante el peligro de ser envuelto por los del cerro de Calchetas. ¬°Si los de Cascante se resolviesen a atacar! Todav√≠a puede ser tiempo de reparar la falta, y Casta√Īos, extra√Īando de que sus divisiones de la izquierda no acudan a su llamamiento, y temeroso por su suerte, decide ir en persona a inyectar √°nimos a Lape√Īa, y conseguir que en un supremo esfuerzo, ataque el flanco.

Entre las 2 y las 3 de la tarde, acompa√Īado de Francisco Palafox, de su Estado Mayor y su escolta, emprend√≠a la marcha hacia Cascante. Aquella decisi√≥n, tard√≠a como todas la de esta tr√°gica jornada, iba a poner a nuestro Mando en un trance de apuro. Cuando Casta√Īos y su s√©quito cabalgaban al abrigo de nuestra l√≠nea, creyendo que las tropas de Saint-March cubr√≠an una loma que divisaban a su derecha, se vieron de improviso acometidos por un grupo de jinetes franceses.

El general y sus acompa√Īantes hubieron de apelar a la huida y consiguieron esquivar el peligro ocult√°ndose en la espesura de un olivar cercano. Casta√Īos se apercibe con estupor de que Lef√©bvre y su caballer√≠a han logrado abrir una brecha en nuestra l√≠nea de los montes. Algo grave e irremediable ha tenido que suceder. Se lo explic√≥ poco m√°s tarde cuando uno de los emisarios de su escolta llega a galope al olivar y, jadeante, le informa que los defensores del Castillo huyen en desbandada por la carretera de Zaragoza y que el franc√©s era ya due√Īo de Tudela. Todo estaba perdido.

Poco despu√©s fueron llegando al olivar los primeros dispersos de la Divisi√≥n Roca. Casta√Īos, iracundo ante la deserci√≥n de aquella muchedumbre, trata de contener a los huidos, de organizarlos para una √ļltima resistencia. Todo in√ļtil. Los franceses, que han roto nuestra l√≠nea por el centro, se desparraman por los campos y rondan ya las cercan√≠as de su observatorio. La campi√Īa resuena con sus gritos de triunfo. Unas fuerzas de caballer√≠a que nuestro general consigue reunir para rechazar a las del enemigo que le acosan de cerca, al aproximarse a √©stas, volvieron grupas y huyeron descaradamente.

Por los campos, hasta donde alcanzaba la vista, se veía correr a los soldados, arrojando sus armas, fatigados, sin pizca de moral, en el más deplorable desconcierto. Fue aquel el trance más amargo y cruel para nuestro general. El mismo se vio envuelto en la avalancha de la retirada, y, casi atropellado por el enemigo, escondiéndose a ratos y cambiando de ruta, pudo acogerse, ya de noche, a Borja, donde se le reunieron Roca, Caro y O'Neille.

Antes de retirarse, O'Neille y Saint-March realizaron prodigios de valor para neutralizar el desastroso influjo que la fuga de la 5.¬™ Divisi√≥n caus√≥ en las tropas aragonesas, las cuales presenciaron desde sus puestos esta tr√°gica fase de la lucha. Pero el temor a verse cortados en su retirada por los de San Juan de Calcetas, por los que acababan de ocupar Tudela, y por una gran masa de caballer√≠a que consigui√≥ colarse entre Santa Quiter√≠a y Cabezo Malla (era Lef√©bvre con la caballer√≠a de Colbert y los lanceros de Polonia, seguramente los que sorprendieron al Estado Mayor de Casta√Īos en su marcha a Cascante) les forz√≥ a abandonar tan ventajosas posiciones. Saint-March se puso al frente de la caballer√≠a de Numancia, y con √©sta y el batall√≥n de Valencia fue resistiendo el empuj√≥n del enemigo hasta bajar al llano. All√≠, a pesar de sus esfuerzos, sobrevino la desbandada. Eran las 3 de la tarde. S√≥lo los voluntarios de Alicante, capitaneados por su coronel Camps, siguieron retir√°ndose con orden hasta el anochecer.

La huida o la ¬ęGran dispersi√≥n¬Ľ

La mitad del Ejército del Ebro está en plena derrota. Moncey, con las divisiones Mathieu, Morlot y Grandjean, ayudaban a la Caballería en la persecución y acuchillamiento de los huidos desde la carretera de Zaragoza hasta los montes de la parte de Ablitas. Lannes se ha quedado en el valle del Queiles con la división de Musnier y los dragones de Dijéon para dar batalla a los andaluces.

El Mariscal no olvida que estas tropas eran las que en Bail√©n cogieron a Dupont por la espalda y ante las cuales desfilaron los 20.000 vencidos. Lape√Īa, el irresoluto, Lape√Īa, se hab√≠a decidido ¬°por fin! a marchar de flanco. Pero lo hizo a deshora, a las 3 de la tarde, cuando todo era in√ļtil y en las filas del enemigo se conoc√≠a el resultado de su ataque en Tudela, la conquista de la ciudad. Lannes, al ver a los soldados de Lape√Īa desplegar por el llano, lanz√≥ contra ellos a los dragones de Dij√©on, a fin de entretenerlos hasta que el tardano Lagrange llegara.

√öltimo episodio

Era ya media tarde cuando Lagrange con sus 10.000 soldados atacó Urzante, partiendo el Molino de Cartán. El asalto, en el que participó la caballería, fue obstinado, furioso. Los atacantes, embravecidos por el triunfo de su ala izquierda, no querían ser menos que sus camaradas.

Pero los nuestros, cubiertos por el olivar, parapetados en el caser√≠o, escarmentaron duramente a los que, bayonetas bajas, avanzaban en escalones muy nutridos y pr√≥ximos. Lagrange, que ve en primera fila al frente del 25.¬ļ Ligero (viejo Regimiento de la batalla de Friedland), es herido en el brazo. La ca√≠da del general hizo que vacilase su caballer√≠a. Ya cantaban victoria los andaluces, cuando acudiendo gran golpe de infanter√≠a, se rehicieron los jinetes y se recrudeci√≥ el asalto. Con todo, s√≥lo cerca del anochecer consigui√≥ el enemigo poner el pie en el pueblo y rechazar a nuestras tropas hasta Cascante, en donde, reunida la divisi√≥n con las de nuestra Izquierda, se replegaron juntas y ordenadamente sobre Borja.

Este episodio marcaba el fin de la batalla. Y as√≠ como en algunos atardeceres tristes, el sol, al tiempo de ocultarse, lanza un vivo y pat√©tico destello, as√≠ los andaluces de Lape√Īa, en el caso de la derrota, alumbraron el campo con un fuerte relumbre de hero√≠smo.

Preguntas

Llegados a este punto del relato, m√°s de un lector preguntar√°: ¬ŅQu√© hicieron Grimarest y los de Tarazona? ¬ŅQu√© papel compusieron a lo largo de este d√≠a funesto? Grimarest, alejado del campo de la lucha, no sabe nada de lo que ocurre. Ha o√≠do durante la ma√Īana y en las primeras horas de la tarde el retumbar de cien ca√Īones. Ignora hacia qu√© bando se inclina la victoria, y espera de un momento a otro la aparici√≥n de Ney por las barrancas del Moncayo. Casta√Īos, a mediod√≠a, le ha dado orden de acercarse a Cascante, pero este hombre, en cuyas manos pone el destino una carta que pudiera equilibrar la partida, no se atreve a jugarla, no se decide a desplazar sus fuerzas por miedo a Ney.

A media tarde le informan del terrible descalabro. Se resiste a creerlo. No concibe c√≥mo ha podido suceder. Luego, tranquilamente, sin enemigo que le acose, marcha a Cascante, y reunido con Lape√Īa, se repliegan a Borja. Todav√≠a menos se enter√≥ su vanguardia, que al mando del Conde de Cartaojal estaba destacada en Tarazona, en la ruta de Agreda.

Cartaojal esper√≥ a Ney en vano durante todo el d√≠a. Ya de noche, se vio sorprendido con la orden de retirada. Por disposici√≥n suya se vol√≥ un polvor√≠n establecido en una ermita. Al o√≠r los estampidos de la voladura, los soldados creen tener encima la artiller√≠a de los franceses. ¬°Traici√≥n! ‚ÄĒgritan‚ÄĒ ¬°Traici√≥n! ¬°Nos han vendido!, y todos huyen en atropello. S√≥lo un hombre no sabe nada a la ma√Īana siguiente de la victoria de Tudela, a pesar de encontrarse a pocas leguas de su escenario.

Es Ney, que no ha acertado a interpretar las consignas del Emperador. Que por darle descanso a su Ej√©rcito, ha perdido tres d√≠as preciosos en Soria; que a √ļltima hora se le ha ocurrido consultar al Cuartel Imperial si habr√° de dirigirse sobre Calatayud o sobre Tudela. Ney, el ¬ęvaliente entre los valientes¬Ľ, el Le√≥n Rojo como tambi√©n le llaman los franceses por el color de su cabellera, ha perdido est√ļpidamente la mejor ocasi√≥n de aniquilar al aborrecido h√©roe de Bail√©n. Ha dado o√≠dos al rumor popular que eleva el n√ļmero de las tropas de √©ste a 80.000 soldados. Y ha tenido adem√°s ‚ÄĒesto es cierto‚ÄĒ miedo de Espa√Īa, temor de aventurarse con sus tropas por un pa√≠s que √©l se figura feroz y pintoresco, lleno de frailes y bandidos, donde cada hombre es un traidor, y en cada sombra acecha la emboscada.

Por eso, cuando el d√≠a 26 llega a Tarazona, se maldice, rabioso de s√≠ mismo, temeroso de qu√© dir√° el Emperador. Napole√≥n no podr√° perdonarle la culpa de no haber impedido la retirada de los espa√Īoles. Sus cartas en aquellos d√≠as manan despecho contra el intr√©pido Mariscal que, en este trance, no supo hacerse acreedor a su confianza.

Final

Tal es el desarrollo y el final de la batalla de Tudela, cuya t√≥nica fue la angustia. Una batalla que ten√≠a que perderse, pero que no debi√≥ perderse como se perdi√≥. Una lucha desigual que se resuelve en poco tiempo, de la 1 a las 3 de la tarde, y que tiene su punto √°lgido a las 2. Podr√° culparse de ella a Casta√Īos, a Lape√Īa, a Grimarest, a Roca, a Palafox.

Todos ellos se vieron obligados a defenderse. Cada cual trat√≥ de eludir su responsabilidad en el desastre. A Casta√Īos le relevaron del mando para d√°rselo a Lape√Īa. M√°s tarde fue juzgado en Consejo de Guerra y absuelto. Todos tuvieron parte en el rev√©s sufrido: el Estado Mayor, los mandos subalternos, la tropa.

Pero el mayor culpable, quiz√°s el √ļnico culpable, fue el Ej√©rcito de Napole√≥n, que era el mejor del mundo. En Tudela nos derrotaron a los espa√Īoles como antes a los italianos, a los austriacos, a los prusianos y a los rusos. ¬ęEn esta acci√≥n¬Ľ ‚ÄĒescribe el Brigadier Planell‚ÄĒ ¬ęqued√≥ deshecho el Ej√©rcito de Reserva y menguado el del Centro en su 5.¬™ Divisi√≥n, sufriendo luego el todo las consecuencias de una azarosa retirada¬Ľ.

Perdimos 26 ca√Īones, multitud de carros de bagages, y los grandes dep√≥sitos de municiones y vituallas que hab√≠a acumulado el Gobierno en Tudela. Seg√ļn Thiers, nuestras p√©rdidas fueron de 40 ca√Īones y 3.000 prisioneros, la mayor parte heridos. Esta √ļltima cifra es exagerada.

Sobre los campos de Tudela aparecieron al otro d√≠a de la batalla m√°s de 1.500 cad√°veres de ambos bandos, a los cuales, seg√ļn su tradici√≥n, se les dio sepultura en el monte de San Juli√°n, en las proximidades de la Cuesta de los Avellanos y en el monte del Palenque, hondonada del Dep√≥sito de aguas actual. Los prisioneros espa√Īoles fueron concentrados en el Corral de Santa Clara y repartidos luego en diferentes edificios, como el Convento de San Francisco que se habilit√≥ para c√°rcel. Los ca√Īones los colocaron en la Plaza de Toros (hoy de los Fueros).

El Mariscal Lannes, agotado por el esfuerzo de la jornada y resentido de su reciente herida, qued√≥ enfermo en Tudela. Sus tropas, en la noche de su entrada, se entregaron a un saqueo general y feroz. El af√°n de rapi√Īa contagi√≥ hasta a las clases superiores de Ej√©rcito, pues pudo observarse ‚Äďescribe Mariano Sainz- que de muchas casas desaparec√≠an cuadros antiguos y objetos de valor art√≠stico incapaces de despertar la codicia del soldado. Por cierto que una de las viviendas saqueadas en aquella ocasi√≥n fue la del anticuario Juan Antonio Fern√°ndez, de cuya biblioteca robaron libros de verdadero m√©rito que hoy constituir√≠an preciosas joyas bibliogr√°ficas.

El Convento de la Ense√Īanza qued√≥ convertido en alojamiento militar. A este prop√≥sito escribe la madre Concepci√≥n Puig, viviente en aquella √©poca, que contempl√≥ a muchos soldados en las salas de recreaci√≥n arreglando sus mochilas y caer de algunas, c√°lices, patenas y otros objetos sagrados.

Otros datos

Peleando en bandos opuestos, coincidieron en la batalla de Tudela dos hombres que, a√Īos despu√©s, llegar√≠an a ser famosos generales. Era el uno un soldadito de 19 a√Īos, p√°lido, algo cargado de espaldas, el mirar duro y un hablar vasco, ceceante. Los sargentos, en la hora de lista, tropezaban al leer su apellido. Hab√≠a venteado la p√≥lvora en el primer sitio de Zaragoza y luch√≥ con denuedo en Tudela, seguramente en el sector de Santa B√°rbara con el resto de los aragoneses y de la 5.¬™ Divisi√≥n, entr√≥ al d√≠a siguiente en Zaragoza sufriendo como los dem√°s la silva que, desde las murallas, dedicaron los valientes zaragozanos a los vencidos, como reproche a su cobard√≠a. Aquel soldado se llamaba Tom√°s de Zumalac√°rregui.

El otro era entonces un capit√°n de la escolta de Lannes apellidado Marbot. Marbot nos cuenta en el libro de sus Memorias, aludiendo al combate, c√≥mo en √©l una bala perfor√≥ su cartera, y el incidente que, al comenzar la lucha, tuvo con el teniente Labedoy√©re. Este oficial, hombre de genio brusco, montaba un caballo joven e ind√≥mito que, asustado por el ruido de los ca√Īones, clav√≥ sus patas en la tierra neg√°ndose a avanzar. Su jinete, harto de espolearlo, salt√≥ furioso de la silla y tirando de sable, desjarret√≥ de dos mandobles al pobre bruto que cay√≥ al suelo, por donde se arrastraba desangr√°ndose de sus patas traseras.

Marbot recrimin√≥ tan duramente la mala acci√≥n de su camarada, que ambos hubieran llegado a las manos de no hallarse ante el enemigo. Pronto lleg√≥ el suceso a o√≠dos de Lannes, quien se indign√≥ contra su oficial y declar√≥ p√ļblicamente que √©ste no volver√≠a a figurar ya m√°s entre los de su escolta. Labedoy√©re, desesperado, empu√Ī√≥ su pistola, resuelto a levantarse la tapa de los sesos, cuando el teniente De Viry le contuvo dici√©ndole: ¬ęM√°s honroso que quitarse la vida, ser√≠a ir a buscar la muerte entre las filas espa√Īolas¬Ľ.

Momentos m√°s tarde, De Viry recib√≠a del Mariscal la orden de conducir un regimiento de Caballer√≠a contra una bater√≠a espa√Īola, y Labedoy√©re se une a los que avanzan a paso de carga y se lanza, uno de los primeros, contra la bater√≠a, que fue cogida. Un casco de metralla hab√≠a atravesado su gorra de pelo a dos dedos del cr√°neo. Cuando Lannes vio a De Viry y Labedoy√©re regresar juntos conduciendo el ca√Ī√≥n del enemigo y advierte que este √ļltimo se dispone a lanzarse de nuevo sobre las bayonetas espa√Īolas, le llam√≥ junto a s√≠ y perdon√°ndole su falta, le devolvi√≥ su puesto en el Estado Mayor. Los dos bravos tenientes tuvieron el honor de ser citados en el parte, y ascendidos d√≠as despu√©s.

El mismo autor que refiere esta an√©cdota fue quien el d√≠a 24 recibi√≥ de su Mariscal el encargo de llevarle al Emperador el Bolet√≠n de la batalla. Napole√≥n ten√≠a por costumbre ascender a todo oficial que le anunciase una victoria, visto lo cual, los Mariscales encomendaban estas misiones a aquellos de su escolta que deseaban ver ascendidos pronto. Bonaparte no quer√≠a correos que no sab√≠an darle explicaciones y exig√≠a Ayudantes de Campo. M√°s de 200 de √©stos murieron o fueron hechos prisioneros durante la campa√Īa por culpa del capricho imperial. Precisamente alguien que estaba junto a Lannes cuando se desped√≠a de Marbot, le hizo ver el peligro que pudiera correr el mensajero al cruzar por la noche las monta√Īas de Soria. El mariscal le apacigu√≥. ¬°Bah, bah! ¬ŅNo ve usted que √©l ha de encontrarse con la la vanguardia de Ney cuyas tropas est√°n escalonadas hasta el Cuartel Imperial de Aranda? A primera tarde, seguido de un pelot√≥n de caballer√≠a, Marbot sali√≥ y lleg√≥ a Tarazona sin novedad.

Desde all√≠, protegido por una regular escolta, sigui√≥ su marcha hac√≠a el Moncayo. Era una noche de luna clara. A las dos o tres leguas de camino, el primer susto: unos disparos en la sombra. La escolta explora las proximidades, pero no logra descubrir a los agresores. Poco despu√©s se encuentran con los cad√°veres desnudos de dos soldados de las tropas de Ney que, al parecer, hab√≠an sido asesinados hac√≠a poco. M√°s adelante (¬°cosa horrible de describir! ‚Äďdice el autor-) se present√≥ a su vista un cuadro espeluznante.

El cad√°ver de un joven oficial colgaba, clavado de pies y manos, a la puerta de una alquer√≠a. La sangre, que a√ļn brotaba de sus heridas, denotaba el suplicio reciente. Los asesinos no pod√≠an hallarse muy lejos. As√≠ era, efectivamente. No hab√≠a transcurrido mucho tiempo cuando una alevosa descarga desbarat√≥ la comitiva. Los tiros proced√≠an un grupo de unos ocho espa√Īoles que se desperdig√≥ por la monta√Īa. Salen los h√ļsares en su persecuci√≥n y consiguen atrapar a dos de ellos. El uno era un paisano a lomos de una mula que llevaba (precisamente) los trajes de los soldados muertos.

El otro (no pod√≠a fallar) era un capuchino (el odiado capucin de todos los autores franceses) que montaba, ¬°oh casualidad! el caballo del teniente crucificado. Los fusileros inmediatamente prosiguieron su camino en la noche. A dos leguas de Agreda vislumbran unas fogatas como de vivac. ¬ŅSer√≠an de las tropas de Ney o de las espa√Īolas? Marbot manda hacer alto en espera de que amanezca y, apenas ray√≥ el d√≠a, con un soldado por toda escolta, tuvo el atrevimiento de penetrar en la poblaci√≥n.

Las calles aparec√≠an totalmente desiertas y el suelo lleno de hojas mojadas que, seg√ļn el autor, utilizaban despu√©s como esti√©rcol. Gracias a este alfombrado forestal avanzaban sin hacer ruido, cuando al cabo de la calle Mayor se toparon con cuatro Carabineros Reales de a caballo. Estaban en la boca del lobo. Los dos franceses emprendieron veloz huida perseguidos por los jinetes espa√Īoles. El jefe de √©stos, que segu√≠a de cerca a Marbot, le alcanz√≥ en la cabeza con un golpe de sable. Ensangrentado y solo (pues el soldado se escabull√≥ por otra parte) pudo ganar una calleja cuesta arriba, y√©ndole los alcances el brigada.

Entonces, nuestro heroico capit√°n hace frente a su perseguidor: mide con √©l su acero, y tras de recibir varios sablazos, consigue herirlo y huye... Cuando lleg√≥ a Tudela, Lannes le recibi√≥ lamentando sus desventuras y haciendo elogios a su valent√≠a. El Bolet√≠n de la batalla, que supo conservar a trav√©s de sus luchas y peripecias, estaba tan manchado de sangre, que alguien propuso al Mariscal copiarlo nuevamente y rehacer el sobre enrojecido. Lannes se opuso: ¬ęDe ninguna manera. Mejor es que el Emperador vea c√≥mo el capit√°n Marbot ha defendido los despachos¬Ľ.

Ved, pues, de qué manera el Boletín de la batalla tudelana llegó a manos del Corso, tinto en la sangre del primer mensajero, a quien podemos perdonar sus fantasías en gracia a este relato emocionante, digno de una novela de aventuras.

Notas

  1. ‚ÜĎ ¬ęHistorial del Regimiento Sicilia 67¬Ľ.
  2. ‚ÜĎ Seg√ļn el Conde de Toreno, Guerra de la Independencia. La derrota de Napole√≥n. C√≠rculo de Amigos de la Historia. Madrid, 1974. Tres tomos. 285+267+285pp. +24 l√°ms. Pasta edit.
  3. ‚ÜĎ Planell culpa de lo ocurrido en este consejo de guerra a Francisco Palafox (hermano del general), representante de la junta suprema, ¬ęQue debi√≥ poner de acuerdo a los disidentes o hacer valer su autoridad para lograr la defensa¬Ľ.
  4. ‚ÜĎ Jos√© Mu√Īoz Maldonado, Historia pol√≠tica y militar de la guerra de la independencia ‚ÄĒ Tomo 2, Madrid, 1833.
  5. ‚ÜĎ Las primeras calles en ser tomadas debieron de ser las de Mediavilla, Moros y las que dan a la vertiente del castillo.
  6. ‚ÜĎ Lannes, sin esperar la llegada del resto de las tropas, resolvi√≥ atacar primeramente el cerro de Santa B√°rbara, ¬ęYa que por lo fuerte de este punto, cuya p√©rdida dejaba al descubierto este flanco, ya porque seguro el general franc√©s de arrollar nuestro ej√©rcito, pretendiese destruirlo del todo sucesivamente y desaloj√°ndolo desde luego esta posici√≥n, tendiese a privarlo de un apoyo en que pudiera prolongar su defensa. De otro modo, nuestro lado m√°s vulnerable era la izquierda¬Ľ. (Planell).
  7. ‚ÜĎ Desde el llamado de la Coloquera, sitio en el pol√≠gono de f√°bricas actual, hasta el de la plana Orabia, enclavado frente al de Santa B√°rbara (est√°n los restos del castillo medieval) y sobre la Mejana.

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  • Batalla de Talavera (1809) ‚ÄĒ Saltar a navegaci√≥n, b√ļsqueda Talavera Parte de Guerra de Independencia Fecha 28 de julio de 1809 ‚Ķ   Wikipedia Espa√Īol


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