Campo de concentración de Castuera

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Campo de concentración de Castuera

Campo de concentración de Castuera

De la importancia de Castuera en la guerra civil espa√Īola de 1936 ha quedado constancia en la mayor√≠a de las publicaciones sobre el conflicto. Castuera fue la principal referencia del sector republicano de La Serena, tanto para las cuestiones administrativas y de gobierno, como para las estrictamente militares. En Castuera se constituyen a partir de 1937 algunos tribunales especiales (Mart√≠n y Pelegr√≠, 1993:326-327) y all√≠ tuvieron su sede el Gobierno Civil y el Consejo Provincial (Gallardo, 1994: 70 ss.). Pero, sobre todo, es por el desarrollo de las operaciones militares que acabaron con la ca√≠da de la zona en manos de los golpistas lo que ha hecho que el top√≥nimo se haya convertido en todo un cl√°sico en la historiograf√≠a.

En el verano de 1938 se organiz√≥ una gran ofensiva del ej√©rcito de Franco para hacerse con lo que se conoc√≠a como la Bolsa de La Serena, √ļnico sector extreme√Īo bajo dominio de la Rep√ļblica. Se persegu√≠a lograr el control de una comarca de gran relevancia estrat√©gica que, de tener √©xito, permitir√≠a incorporar a la zona nacional todo el valle medio del Guadiana, proteger las comunicaciones Norte-Sur, y acercarse a Almad√©n (Chaves, 1997:219). Las operaciones se iniciaron el 15 de junio con la ruptura del frente en la zona de Pe√Īarroya-Valsequillo y se dieron por concluidas con la toma de Campanario el d√≠a 24 de julio. Tras una tensa calma, los movimientos de tropas se reanudaron en los primeros d√≠as de agosto, con el objetivo de los nacionales de rematar la operaci√≥n con la toma de Cabeza del Buey, capital de la Extremadura republicana tras la ca√≠da de Castuera. Sin embargo una ligera resistencia del bando republicano, que intent√≥ incluso recuperar Castuera, estabiliz√≥ el frente en la zona de Zarza-Capilla a Puebla de Alcocer. El Estado Mayor de la Rep√ļblica plante√≥ a principios de 1939 la recuperaci√≥n del sector extreme√Īo, en lo que Juli√°n Chaves (1997:233) califica de ‚Äúmaniobras de distracci√≥n‚ÄĚ para aliviar la situaci√≥n de Catalu√Īa. Sin embargo la batalla de Valsequillo se saldar√≠a con la derrota republicana y un alto coste en vidas que anunciaba el fin de la guerra y la victoria de Franco2.

En general, las operaciones de la Bolsa de la Serena supusieron un auténtico desastre para el ejército republicano, que afectó seriamente a la moral de las tropas3. De todo ello quedó una gran cantidad de prisioneros, tanto civiles como unidades de ejército (varias Brigadas y algunos escuadrones de caballería), y un formidable éxodo de población que, ante la inminente caída de la bolsa, emprendió la huida hacia la zona de Ciudad Real.

Suponemos que esta masa de prisioneros ocasionados en la Bolsa de La Serena, junto con (de nuevo) la localización estratégica de la población, son los factores que explican la construcción de un campo de concentración en Castuera. Aunque el campo funciona plenamente tras la finalización de la guerra, quizás haya que rastrear sus orígenes en el período que va desde el fracaso de la recuperación de Castuera por el ejército republicano hasta la derrota de Valsequillo.

As√≠ las cosas, hay que reconocer la extraordinaria importancia que tuvo en la institucionalizaci√≥n de la represi√≥n el campo de prisioneros de Castuera, intuida m√°s que otra cosa en la historiograf√≠a y, lamentablemente, pendiente a√ļn de sistematizaci√≥n. Hasta el momento las noticias sobre el campo de prisioneros se limitaban a tres testimonios orales recogidos por Justo Vila Izquierdo: los de Valent√≠n Jim√©nez Gallardo y Jos√© Hern√°ndez Mulero (Vila, 1983:163-164; y 1986:69) y el de Esteban L√≥pez Ramos (Vila,1986:70). De ellos, sobre todo ser√° el de Jos√© Hern√°ndez Mulero, natural de Barcarrota, el que ha servido de memoria viva de lo acaecido en Castuera, puesto que fue de nuevo recogido en una obra que goz√≥ de gran difusi√≥n (Garc√≠a y Marroyo, 1986:98)4.

En 1997 nos planteamos buscar testimonios orales sobre el campo de concentración de Castuera, algo que se nos presentaba como una verdadera urgencia, ya que el tiempo corría en nuestra contra y la información podía perderse para siempre5. Es evidente que el proyecto atendía tanto a poderosas razones de índole moral, como a otras más prosaicas que tienen que ver con el (a veces) frío trabajo del historiador. De todo ello, y tras mil avatares, sólo alcanzamos a lograr el testimonio de D. Rafael Caraballo Cumplido, cuya apasionante biografía y extraordinaria lucidez nos compensó de la desazón que nos dejó el silencio terrible que se cernía sobre el tema6. Seguidamente reproducimos su testimonio, tal y como él nos lo transmitió en la entrevista que mantuvimos en su domicilio de Badajoz durante la primavera de 1998.

  • Fuente: Pablo Ortiz Romero, Antonia Gonz√°lez S√°nchez.1

Contenido

Testimonio oral de D. Rafael Caraballo Cumplido

Los primeros momentos de la guerra

‚ÄúCuando estall√≥ el Movimiento nosotros viv√≠amos en Oliva de la Frontera. Entonces pasamos a Portugal, lo hicimos los padres y tres hermanos, los cinco peque√Īos se quedaron en el pueblo, repartidos entre Oliva y Jerez de los Caballeros, porque mis padres eran de Jerez. Hasta el final de la guerra no volvimos a verlos. Mi padre cobraba las contribuciones en Oliva, trabajaba all√≠. Pasamos a Barrancos, de Barrancos a √Čvora y de all√≠ nos llevaron a Lisboa. Nos embarcaron en un barco que les hab√≠an regalado los alemanes a los portugueses, por lo visto, cuando la primera guerra europea‚Ķ que anda que tambi√©n se portaron bien los guardias portugueses‚Ķlas gentes nos ayudaban pero la polic√≠a de Salazar... eran criminales‚Ķ

En el vapor iban muchos carabineros, tambi√©n guardias civiles, unos 1.300 o 1.400. Desembarcamos en Tarragona el 13 de octubre de 1936. Como yo era peque√Īo, me metieron con las mujeres en un hospital. Un cocinero que me tom√≥ cari√Īo me tom√≥ como ayudante, pero yo me fui voluntario. Me met√≠ en el tren, pasamos el Ebro de noche, estuve en Belchite y, qu√© casualidad, all√≠ estaba mi hermano. Me qued√© all√≠ en el frente un tiempo y luego estuve en una brigada de catalanes‚Ķ, hasta que me reclam√≥ mi padre y nos vinimos a Extremadura a vivir, a Castuera, porque mi padre cobraba las contribuciones y como hab√≠an trasladado la capital a Castuera, pues all√≠ viv√≠, en la calle Calvario. Y all√≠ me incorpor√© voluntario.

Cuando termin√≥ la guerra est√°bamos en Puerto Pe√Īa, en el 39. Ah√≠ nos cogi√≥ el fin de la guerra. Lleg√≥ la orden de que la guerra hab√≠a terminado, que march√°ramos con direcci√≥n a Piedrabuena y que en caso de que nos encontr√°semos con el enemigo, que no ofreci√©ramos resistencia, que era una paz honrosa. Marchamos a Siruela, porque all√≠ ten√≠a familia. Mi hermano quiso irse a Alicante, pero como lo cogieron no lleg√≥ a embarcar. √Čl iba al exilio, era sargento.

Nos encontramos con las fuerzas nacionales. Un comandante nos dijo: ‚Äúno os present√©is, porque los pueblos est√°n muy malos, y vamos a hacer un campo de concentraci√≥n en Castuera‚Ķ y sobre todo los que est√°is comprendidos en quinta...‚ÄĚ. As√≠, nos encerraron en la iglesia de Siruela.

Construcción del campo de prisioneros de Castuera

El 27 de marzo de 1939 es cuando nos dicen que la guerra ha terminado y que es una paz honrosa. Ese 27 de marzo salimos con direcci√≥n a Cabeza del Buey, que fue cuando nos encontramos al comandante que he citado. Nos encerraron en la iglesia de Siruela: dorm√≠amos en la sacrist√≠a. El 13 (de abril) ya nos trasladaron para el campo de Castuera. Por entonces todav√≠a no estaba terminado, lo estaban haciendo a√ļn. El campo se inici√≥ cuando termin√≥ la guerra. Como no hab√≠a barracones todav√≠a pusieron unas tiendas de campa√Īa (que le pusieron el nombre de Villaverde): las hicieron con unos perfiles de los que hab√≠a en las trincheras, y luego las cubr√≠an de pasto que se tra√≠a de la sierra de Castuera. Hab√≠a muchas de esas tiendas, que no eran realmente tiendas, sino una especie de covachas, que serv√≠an de cobijo mientras se hac√≠an los barracones. En cada tienda cab√≠an dos personas.

El 17 de mayo nos ocurrió una desgracia: estaba acostado en una tienda de ésas con mi hermano, y estaban calentado comida, y yo avisaba que se podía quemar aquello. Salió todo ardiendo, salimos corriendo como pudimos y perdí los zapatos. Estuve así descalzo mucho tiempo.

Cuando ya se acabaron los barracones, que fueron hechos por los presos, pasamos al barrac√≥n 23. Los presos del 70 eran los sentenciados a muerte. Dec√≠an que eran los m√°s peligrosos, ya ves t√ļ‚Ķ.Como curiosidad hay que destacar que llenaron un barrac√≥n de moros, el n√ļmero 45. S√≠, eran moros de los que hab√≠an venido con los franquistas, que hab√≠an hecho barbaridades, que se hab√≠an metido con las mujeres de sus jefes‚Ķ Y all√≠ los ten√≠an, como a nosotros.

El campo de prisioneros formaba más o menos un rectángulo, con las letrinas…, en el centro estaban los barracones, la cruz de los caídos… Había dos filas de barracones. En total unos 70. Dentro del barracón… de noche no te podías levantar.. unos pegados a otros, tampoco te podías asomar a la ventana…Luego nos pasaron del barracón 23 al 43.

Se hizo cargo del campo el comandante Navarrete, de Fuente de Cantos. El dichoso comandante Navarrete... Antes que él hubo otro que yo no sé cómo se llamaba, no lo conocí. Luego estuvo otro que le llamábamos el abuelo. Luego estuvo Navarrete.

En el campo había una alambrada, una zanja, y luego otra alambrada. Y después nos pusieron otra, porque lo ordenó Navarrete. Cuando teníamos que hacer nuestras necesidades nos llevaban a las letrinas por grupos, que estaban al final del campo, abajo, por donde está la vía del tren.

La mina. La represión. Las muertes

Se oía que arrojaban a la gente a las minas que estaban junto al campo de concentración. Pero yo no le puedo decir con seguridad que eso fuera así. Sí lo oíamos, corría el rumor, de que a uno lo que iban a tirar se agarró al pie del que lo empujaba y se lo llevó para adentro. Pero yo no he visto eso. Yo sé que mataban, pero si los echaban vivos a la mina o eso, yo no lo sé.

Lo que sí he visto han sido las palizas. El alcalde de Puebla de Alcocer iba en una silla de ruedas, dijeron que no lo mataban, pero le rompieron la médula…

En el barrac√≥n nuestro hab√≠a un chico que hab√≠a venido su madre a verlo. Entonces salt√≥ por una de las ventanas de atr√°s del barrac√≥n para llevarle una esquela (una carta) a la madre. Y as√≠ le dieron un tiro por detr√°s. Y nosotros vi√©ndolo. All√≠ qued√≥ muerto. Fueron los legionarios, que por entonces estaban de vigilantes. Que por cierto, eran mejores que los requet√©s y los falangistas. Los vigilantes a veces abusaban de las mujeres que iban a preguntar por sus familiares, las chantajeaban, porque no ten√≠an para otra cosa que no fuera el meterles el miedo, enga√Īarlas:‚ÄĚ..yo me intereso por tu marido‚Ķ‚ÄĚ.

Las ametralladoras estaban en la sierra, en la parte de arriba del campo.

La organización. La vida cotidiana

Lleg√≥ Don Ceferino, que hab√≠a estado de carcelero en Jerez de los Caballeros, y como mi padre era de Jerez, pues lo conoc√≠a. Y mi hermano Alfonso me coment√≥: ‚Äú oye, como D. Ceferino era amigo de pap√°, pues‚Ķ.‚ÄĚ. Nos coloc√≥ de cocineros. Ya la cosa fue distinta. Cuando vino don Ceferino nuestra situaci√≥n cambi√≥. Nos llevaron arriba, donde las calderas de los garbanzos‚Ķ Nos tuvieron seis d√≠as sin comer. Seis d√≠as completos, sin comer absolutamente nada.

Desde Castuera en unos camiones llevaban el agua, y a mi hermano le llevaron un saco de pan, que mi madre le dio diez duros a unos de los conductores de los camiones, y yo me ahogaba comiendo pan, del ansia…

Cuando iba mi madre a vernos…. había una alambrada enfrente…Nos veíamos desde lejos… yo hablaba con mi madre poco menos que con un altavoz…

Nos llevaban a la sierra, y yo me quejaba porque estaba descalzo, pero nada, a la sierra tambi√©n. En un momento cog√≠amos la le√Īa para hacer el fuego para las calderas de los garbanzos. Cuando las calderas iban cogiendo temperatura se acababa la lumbre‚Ķ, los garbanzos dur√≠simos‚Ķ Me dice uno de los guardianes, que era de Oliva: ‚Äút√ļ te pones detr√°s de m√≠, que no te pase nada‚ÄĚ. Un guardi√°n me dec√≠a: ‚Äú¬°Qu√© mal pastor haces!‚ÄĚ Y mi paisano: ‚Äú ponte detr√°s que es capaz de tirarte‚Ķ‚ÄĚ Ya ves, en el mes de Julio, descalzo, por la sierra, que hay espinos‚Ķ y langostos‚Ķ

En las letrinas te daban muy poco tiempo.

Una de las noches mi hermano estaba indispuesto…quiso salir del barracón a hacer sus necesidades y le dispararon dos tiros. Se metió para adentro y se le quitó la diarrea rápido.

Cuando tocaban al reconocimiento: el capit√°n m√©dico era de Don Benito, Luis Feito. Yo ten√≠a fiebres pal√ļdicas. La medicina era un saco de sal de higuera (¬Ņ) y un bid√≥n de agua‚Ķ En las puertas del reconocimiento nos junt√°bamos unos 800 o 900 hombres. Que uno dec√≠a: ‚Äúvaya con estos t√≠os, que ayer me purgaron y hoy tambi√©n‚ÄĚ. Y luego se re√≠an. Dec√≠an: ‚ÄĚves, ya no hay enfermos‚ÄĚ. Una de las veces que mi hermano salud√≥ (con el saludo fascista, brazo extendido en alto), porque hab√≠a que hacerlo, ese Feito, el m√©dico, le dijo: ‚Äú¬Ņy ahora saludas, criminal?‚ÄĚ. Se lo dijimos a un cabo, tambi√©n de Oliva, que le llam√≥ la atenci√≥n y le dijo que si a √©l le hab√≠amos hecho algo nosotros‚Ķ Ese paisano se port√≥ muy bien.

Hab√≠a gente muy mala. El que era malo, era malo. Hab√≠a un madrile√Īo, chiquinino, ¬°c√≥mo pod√≠a ser tan malo! En nada que lo ve√≠amos venir todo el mundo se callaba. Luego hab√≠a gente buena, como un muchacho de Don Benito, buena persona... Recuerdo que en algunos casos, en mi barrac√≥n, ven√≠an a por uno, lo nombraban, y bien sab√≠a el que lo nombraba que estaba all√≠, pero no contestaba y dec√≠a: ‚Äúma√Īana vendr√©‚ÄĚ. Y eso lo hac√≠a ese muchacho de Don Benito. (Ense√Īa un tatuaje en el brazo). Me lo hice all√≠, en el campo de concentraci√≥n de Castuera en 1939. Que estaba yo un d√≠a barriendo, paleando, y me echan mano al v√©rmelo‚Ķ y me dicen: ‚Äú¬Ņqu√© tienes ah√≠? Si es la hoz y el martillo te corto el brazo...!‚ÄĚ Otra vez estaba paleando, que yo no sab√≠a‚Ķ, hab√≠a que echar lo de la pala m√°s all√° de la alambrada del campo. Me obligaban a tirar una y otra vez‚Ķ

El comandante Navarrete era lo m√°s malo que he visto. Era incre√≠ble‚Ķ Y a m√≠ me dijo all√≠ un cura, en Siruela, que ten√≠amos que envidiar a los que hab√≠an muerto‚ĶNo he visto a ninguno que sea bueno‚ĶEn el campo se hac√≠a misa. Y cant√°bamos muchos himnos, cinco o seis, por lo menos. Que hab√≠a uno que dec√≠a: ‚Äú¬°me cago en diez, anda que estos t√≠os no tienen himnos!‚ÄĚ. Y con la mano levantada‚Ķ. Con nosotros hab√≠a varios militares presos, y otro que era pintor‚Ķ y cuando nos pon√≠amos a cantar hac√≠an alguna burla: ‚Äúsi te dicen que ca√≠, ment√≠, que fui un tropez√≥n que di‚Ķ‚ÄĚ, ‚Äú...qu√© hacen guardia debajo los sombreros‚Ķ‚ÄĚ. Y les re√Ī√≠amos no fuera que los escucharan‚Ķ El pintor era muy bueno. Pintaba a todos los sargentos, que iban a que los retratara. Despu√©s, donde estaba el puesto de mando hab√≠a como un torno, donde se iba a declarar‚Ķy all√≠ los colgaban‚Ķ Muchos mor√≠an‚Ķ cuando ve√≠amos venir por el camino a una mujer vestida de luto, con esos de la boina roja, dec√≠amos: ‚Äú...uf!‚ÄĚ.

Los guardias se emborrachaban, entraban en los barracones, y seg√ļn les pareciera la cara de unos u otros, la cog√≠an con uno y les daban porrazos, los sacaban y los tra√≠an molidos a palos. Hab√≠a a algunos que los sacaban todos los d√≠as y les daban palizas. Que era mejor que los hubieran matado. Ese Navarrete permit√≠a todo eso. Muy malo era. Luego fue General, de Fuente de Cantos era. Ven√≠an las gentes de los pueblos. A sacar a los presos.

All√≠ se hablaba de que est√°bamos unos 9.000 hombres. Yo calcul√© eso, aunque all√≠ siempre se habl√≥ de 11.000. Hab√≠a setenta barracones, pero es que luego estaba ‚ÄúVillaverde‚ÄĚ, la zona de las tiendas de campa√Īa aquellas. Le pusieron ese nombre los madrile√Īos, que eran muy graciosos, por el barrio de Villaverde, como aquello ten√≠a pasto y era verde... Hab√≠a un jefe de barrac√≥n, y pasaban lista. Se daba parte a los sargentos de los que estaban en los barracones.

Las Fugas

De all√≠ tambi√©n se escapaba la gente. Hab√≠a centinelas.. unos treinta o cuarenta. Toda la noche escuch√°bamos: ‚Äú¬°alerta el 10!, ¬°alerta el 9!‚ÄĚ. Cada centinela ten√≠a sus garitas. La gente se escapaba cuando llov√≠a, cuando vino el fr√≠o. Mi hermano y un capit√°n‚Ķ. ten√≠amos preparada la fuga, pero c√≥mo me qued√© sin zapatos‚ĶLa gente se escapaba de noche. Algunos se camuflaron de d√≠a, pero como te cogieran no hab√≠a salvaci√≥n.

Hubo un intento de revuelta, pero parecía una encerrona para que nos mataran a todos. También lo intentó un tal Pedro Tirado, pero aquello no funcionó.

El fin del Campo de Prisioneros

El campo se desmanteló aproximadamente el 20 de febrero de 1940 (estuvo operativo desde abril de 1939 hasta esta fecha). Nos trasladaron a la prisión de Castuera gracias a D. Ceferino. Otros fueron a Herrera del Duque, que allí, tela marinera… Nosotros en Castuera estábamos encantados. La cárcel estaba al lado del Ayuntamiento. Y venían dos hermanos que eran de Ciudad Real, hijos de un factor, eran recomendados… Allí en la cárcel dormíamos junto los cuatro hermanos (dos y dos), uno de ellos se volvió loco.

Fueron los padres y la hermana a verlo, todo lo dec√≠a en verso. Dec√≠a: ‚Äúya se marcha mi madre y se marcha llorando, y a m√≠ seguramente me fusilar√° Franco‚ÄĚ. Y mir√≥ para arriba y all√≠ hab√≠a un carpintero, que hac√≠a maletas, y dec√≠a: ‚Äú y ah√≠ hay un carpintero que hace maletas, que no valen dos reales y cobra diez pesetas‚ÄĚ. Y lo fusilaron. Se escap√≥ y lo mataron. Siempre dec√≠a: ‚Äúyo todos los avales que llegaban los romp√≠a‚ÄĚ. Y lo hac√≠a porque los se√Īores daban avales a las mujeres: ‚Äú...toma, para que venga tu marido‚Ķ‚ÄĚ, pero lo hac√≠an para matarlos cuando volvieran. Y √©l los romp√≠a por eso, no los cursaba.

Cuando desmantelan el campo a la gente la reparten: a Castuera, a Herrera del Duque… allí en Herrera era horroroso. Nos repartieron por todas las cárceles, y luego nos dieron la libertad. Y luego nos volvieron a encerrar otra vez.

Yo ten√≠a 19 a√Īos por entonces. Mi hermano ten√≠a 23 o 24 a√Īos.

La memoria

Pas√© mucho miedo. Mucho. Fue horroroso. Luego pas√© por muchos avatares, estuve condenado a trabajos forzados, y llegu√© a ser funcionario del INEM. Tengo el honor de ser el promotor del busto de Juan Ram√≥n Jim√©nez en Moguer, tambi√©n soy un apasionado de Garc√≠a Lorca. Estoy recordando cosas, y escribi√©ndolas en un diario que tengo. Nunca renunci√© a mis principios. Guardo mucha documentaci√≥n, todos mis papeles.‚ÄĚ

Se construy√≥ un gran campo de prisioneros cercano a Castuera al finalizar las hostilidades en el frente de La Serena, el cual se mantuvo estabilizado durante mucho tiempo y fue escenario de cruentas batallas. Se situ√≥ en la ladera norte de la sierra de Las Pozatas, en la finca denominada ‚ÄúLa Verilleja‚ÄĚ, cerca de la l√≠nea f√©rrea Badajoz-Madrid, y al pie de unas antiguas minas de plomo argent√≠fero. El campo aparece como un gran centro de distribuci√≥n de presos, escenario de los primeros momentos de la represi√≥n ya institucionalizada. Estuvo funcionando desde abril de 1939 hasta finales de febrero de 1940.

Un sistema de fosos y alambradas delimitaba un gran espacio rectangular donde aproximadamente estuvieron retenidos entre 9.000 y 11.000 personas seg√ļn los testimonios orales. Posiblemente el n√ļmero debi√≥ ser sensiblemente inferior, tal vez en torno a 5.000 presos. Desde la inmediata Sierra de las Pozatas se vigilaba el campo, sobre el que se ten√≠a una magn√≠fica vista. All√≠ se construy√≥ un nido de ametralladoras.

Tras los fosos se encontraban unos 70 barracones organizados a lo largo de unas calles empedradas. Los vigilantes se situaban en garitas distribuidas por todo el contorno del campo. Las condiciones de vida eran p√©simas: el campo se caracterizaba por el hacinamiento de los presos. Pronto pas√≥ a ser escenario de episodios violentos que lo ha mantenido en la memoria colectiva de muchas generaciones como un lugar asociado a la represi√≥n m√°s dura, la que se desencadena inmediatamente despu√©s de concluida la guerra. Entre los presos corr√≠a el rumor de que a la pr√≥xima mina de ‚ÄúLa Gamonita‚ÄĚ eran arrojados vivos muchos de ellos.

Aunque los testimonios orales insisten en esta cuesti√≥n, hay que destacar que parecen moverse en la dimensi√≥n confusa donde se mezclan los rumores, el horror pasado, con alg√ļn testimonio ya imposible de situar. Posiblemente pudiera darse alg√ļn episodio donde esto ocurriese, aunque por las informaciones que hemos manejado hay que descartar que en alg√ļn momento fuera un m√©todo de exterminio m√°s o menos sistematizado. S√≠ eran frecuentes las sacas de presos, para ajustar cuentas, as√≠ como el uso continuo de la violencia (f√≠sica y ps√≠quica) para con los presos y sus familiares7.

El cierre del campo tiene que ver con los problemas de seguridad por el alto n√ļmero de presos y por el inicio de un proceso de ‚Äúnormalizaci√≥n‚ÄĚ en la represi√≥n. Muchos prisioneros eran avalados por familiares y autoridades y eran sacados del mismo. Otros fueron dirigidos a tribunales especiales que los condenaron a trabajos forzados, otros fueron repartidos por las c√°rceles de la provincia mientras se cerraba su nivel de implicaci√≥n en la defensa de la Rep√ļblica, su participaci√≥n en la guerra o el grado de sus simpat√≠as hacia los vencedores.

Notas

1 Departamento de Historia, IES Cristo del Rosario (Zafra, Badajoz). 2 Chaves habla de 30.500 bajas, de las que 20.000 correspondieron al ej√©rcito republicano (Chaves, 1997: 236). 3 Como consecuencia del fracaso de la primera fase de las operaciones fue destituido el jefe del Ej√©rcito de Extremadura, coronel Ricardo Burillo, sustituido por el coronel Adolfo Prada. √Čste, a su vez, dejar√≠a el mando al iniciarse el oto√Īo al general Antonio Escobar (Chaves, 1997: 226 y 233). 4 La informaci√≥n proporcionada por Jos√© Hern√°ndez Mulero apareci√≥ publicada dentro de la secci√≥n Testimonio con el t√≠tulo ‚ÄúYo sobreviv√≠ al horror del campo de concentraci√≥n de Castuera‚ÄĚ. 5 Realizamos la investigaci√≥n en el IES Cristo del Rosario, de Zafra, y ayudaron en el trabajo de campo los alumnos: Sandra Ram√≠rez Melado, Mar√≠a Isabel Barneto, V√≠ctor Manuel Barraso, Mar√≠a Isabel Monta√Īez G√≥mez, In√©s Dom√≠nguez Gallardo, M√≥nica Pi√©drola Gallego, Rosa Isabel Mac√≠as Bote y Juan Manuel Cruz Casta√Īo. 6 Quiz√°s sea obligado rese√Īar, b√°sicamente por su car√°cter ilustrativo, que recibimos alguna amenaza (an√≥nima, por supuesto), exigiendo que nos dedic√°ramos a otra cosa. 7 Todos los testimonios coinciden en la existencia, constante, de estas sacas. Jos√© Mar√≠a Lama relata que un grupo de falangistas de Zafra se desplaz√≥ hasta Castuera con la finalidad de fusilar al alcalde republicano de Zafra, Jos√© Gonz√°lez Barrero, recluido en el campo y luego asesinado. Cf. LAMA, J.M.¬™ (2000): Una biograf√≠a frente al olvido: Jos√© Gonz√°lez Barrero, alcalde de Zafra en la II Rep√ļblica. Badajoz, p.138.Bibliograf√≠a Chaves Palacios, J. (1997): La Guerra Civil en Extremadura. Operaciones militares (1936-1939). Badajoz. Gallardo, J. (1994): La Guerra Civil en La Serena. Badajoz. Garc√≠a, J. y Marroyo, F. (1986): La Guerra Civil en Extremadura. 1936-1939. Ed. Diario Hoy. Badajoz. Lama, J.M.¬™ (2000): Una biograf√≠a frente al olvido: Jos√© Gonz√°lez Barrero, alcalde de Zafra en la II Rep√ļblica. Badajoz. Mart√≠n, A.D. y Pelegr√≠, L.V. (1993): ‚ÄúLas instituciones republicanas en Badajoz durante la Guerra Civil‚ÄĚ, en Encuentros de Historia de Extremadura y su did√°ctica. Badajoz, pp. 323-330. Vila, J. (1983): Extremadura: la Guerra Civil. Badajoz. Vila, J. (1986): La guerrilla antifranquista en Extremadura. Badajoz.


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