Reino de Italia (Regnum Italiae)


Reino de Italia (Regnum Italiae)

Reino de Italia (Regnum Italiae)

El Reino de Italia (Regnum Italiae o Regnum Italicum) fue una entidad política y geográfica sucesora del reino de los lombardos, que circunscrita al norte de la península itálica, pasó de formar parte del Imperio Carolingio al Sacro Imperio Romano Germánico.

Contenido

El Reino en el Imperio Carolingio

De Carlomagno hasta el Tratado de Verdún

Península itálica durante el reinado de Astolfo (749-756).

En una campaña en 773774, el rey de los francos Carlos conquistó a los lombardos, asumió la corona del reino intitulándose rex Francorum et Langobardorum atque patricius Romanorum con lo que incluyó de esta manera el norte de Italia en su ámbito territorial. Este reino carolingio de Italia, que reemplazó al precedente reino lombardo, abarcaba el norte y centro de la península itálica, aproximadamente las actuales regiones de Piamonte, Liguria, Lombardía, Toscana, Friuli, Véneto y Abruzos, exceptuando el ducado bizantino de Venecia, y los territorios del exarcado bizantino de Rávena (que incluía el ducado de Roma, Romaña y Pentápolis), cuyos territorios habían sido donados al Papa por Pipino el Breve.

La conquista de los francos no supuso una ruptura contra el ambiente romanizado que habían continuado los lombardos, así se mantuvo durante más tiempo un poder real con carácter y autoridad públicas y una consistencia y sistematización administrativas, que enlazaba la capital en Pavía con las ciudades a través de funcionarios como los missi domici y los scabini,[1] y con un corpus legal formado por las leyes lombardas y las capitulares carolingias.

Con la invasión lombarda de Italia en el siglo VI, los lombardos habían parcelado el gobierno del territorio del reino entre los generales con el título de duque, en total una treintena, a los que propietarios libres alodiales servían para la defensa pública, y junto a estas posesiones alodiales estaban las posesiones de la corona administradas por los gastaldos, y tras la restauración de la monarquía en la persona de Autario (584-590), pasado el periodo de anarquía, la posición del rey lombardo era difícil de determinar, puesto que la política administrativa y judicial oscilaba entre el poder real centralizador y la resistencia del poder ducal [2] . Con los carolingios, esta aristocracia lombarda mantuvo su estatus y cargos subordinándose a la política de los francos, los ducados fueron reemplazados o divididos entre condados, como el ducado de Friul, subdividido en condados en 828,[3] mientras que avanzaba la concepción carolingia de otorgar beneficios territoriales (en régimen de usufructo y no de propiedad) a los terratenientes a cambio de contar con su fidelidad y su apoyo militar al aportar un grupo de vasallos enajenando el patrimonio real; pero además, los carolingios confiaron la administración del reino a estos mismos nobles que se le habían encomendado a él personalmente bajo un vínculo de fidelidad, así como emplear a obispos. De esta forma, se mantuvo la regionalización de Italia respecto del imperio, con una nobleza prácticamente lombarda, establecida en las ciudades, y de la que surgirían los obispos. De esta manera, los tribunales fueron cayendo bajo la supervisión de los condes, y cuando a mediados de siglo se desintegró el sistema carolingio, los condes retuvieron el poder militar y judicial.

En este contexto, dada la gran extensión del reino de los francos, Carlomagno atendió las particularidades regionales en las zonas excéntricas como Aquitania e Italia, donde ubicó como reyes a sus hijos Luis y Pipino respectivamente en 781, para apoyar su política expansiva, especialmente frente al imperio bizantino tras la coronación imperial del año 800.

A la muerte de Pipino acaecida el 8 de julio de 810, fue sucedido por su hijo Bernardo. Y a la la muerte del emperador Carlomagno (814), el poder imperial fue asumido por su hijo Ludovico Pío, pero la paralización de la expansión territorial en esta época, finalizó un periodo de beneficios para la aristocracia, que ambicionando mejorar su patrimonio y atribuciones administrativas, dirigieron sus apetencias interviniendo en la rivalidades internas que eclosionaron en varias guerras civiles que implicaron al emperador y sus hijos.

Divisiones del Imperio Carolingio en el Tratado de Verdún (843).

El emperador Luis estableció en el Ordinatio imperii (817) el reparto territorial entre sus hijos, la marginación de Bernardo le impulsó a conspirar contra el emperador, pero fue derrotado, encarcelado y cegado, y murió el 17 de abril de 818. El reino de Italia fue asignado a Lotario I, quien llevó a cabo una labor de fortalecimiento regio decretando y haciendo cumplir las leyes. El día de Pascua de 823 fue vuelto a coronar Emperador, en Roma, y en 824 impuso al Papa, la Constitutio Lotharii o Constitutio Romana por la que el Emperador garantizaría elecciones papales libres y canónicas, y el Papa prestaría juramento su fidelidad al Emperador antes de su consagración[4] No obstante el padre de Lotario no se desligó del territorio italiano, en 828 el emperador Luis depuso al duque Balderico de Friul, y el territorio friulano que entonces se expandía hacia Carniola y Carintia[5] fue dividido su territorio en cuatro condados Friul, Istria, Carniola y Carintia-Baja Panonia. El territorio de Friul pasaría a Everardo,[6] padre del emperador Berengario I, y el de Carintia y Carniola a Luis el Germánico, lo que suponía un punto de fricción con su hermano Lotario, puesto que hasta entonces ambos territorios habían caído dentro de su ámbito territorial.[7] [8] Lotario intervino en las guerras civiles por la sucesión de Luis I, que terminaron en 843 con el Tratado de Verdún, en el que los tres hermanos supervivientes decidieron repartirse el territorio:

  • Lotario I emperador desde el año 817, le correspondió los francos centrales con las capitales imperiales Aquisgrán y Roma, territorios que se subdividieron entre sus hijos en Lotaringia, Borgoña y el Regnum Italiae.
  • Carlos el Calvo, pasó a ser rey de los francos del oeste, en lucha contra su sobrino Pipino II rey de Aquitania.

El Papado

Es en la época carolingia cuando va a comenzar la influencia del papado en el devenir histórico del Reino de Italia. Si bien durante la época lombarda el Papa se había mantenido bajo la influencia bizantina para disfrutar de una amplia autonomía lejos de la lejana corte imperial de Constantinopla, en el siglo VIII, el Papa va a entrar en conflicto religioso con el Emperador por la iconoclastia, y temiendo la tutela expansiva lombarda que amenazaba las posesiones imperiales en Italia, va a buscar el apoyo en los francos. Pipino el Breve otorgó al Papa el poder temporal sobre el exarcado de Rávena en 756, conformando los futuros estados pontificios, aunque el Papa no había renunciado al emperador bizantino y los territorios pertenecían al Imperio. La conquista de Carlomagno del reino lombardo va a colocar al rey de los francos en un plano de superioridad y va a limitar el ámbito territorial del Papa. Finalmente, el Papa León III renunció al imperio bizantino y coronó como Emperador a Carlos, lo que le suponía ser el protector de la Iglesia, y del Papa.

Y así el papado apoyó y se subordinó al emperador carolingio en la medida que con ello contribuía a su ideal de Imperium christianum. En la Constitutio romana (824) del rey de Italia y emperador Lotario I, el Papa se supeditaba al emperador. Las divisiones internas y guerras intestinas durante el reinado de Luis I y sus sucesores, el Papa como Nicolás I (858–867) pudo intentar acrecentar su papel de árbitro en la cristiandad occidental, pero con las razzias sarracenas sobre la costa italiana, impulsaron a los Papas a buscar protección al emperador Luis II, quien con su activa política intervencionista en Italia combatió a los musulmanes y reforzó la autoridad central frente a los abusos de los señores, lo que va a llevar al mantenimiento una estructura organizativa más centralizada que en Francia. Su muerte en 875 privará al papado de apoyo, con lo que se va a lanzar a una carrera de coronar emperador al que pudiera defenderlo de los musulmanes y de los señores locales, y de esta forma el Papa sentará el precedente que la dignidad imperial debía estar vinculada a la coronación del aspirante por el Papa en Roma.

Los sarracenos

Otro factor que mediatizó el devenir del Reino durante el periodo carolingio fueron las razzias de los sarracenos. Estas incursiones habían comenzado a principios del siglo VIII, pero sus efectos se agudizaron en la década del 830, ya que por un lado el imperio dejado por Carlomagno carecía de ejército permanente, de marina, de fortificaciones sólidas, y de un sistema financiero, añadido a que estaban enfrascados en guerras civiles por la sucesión de Ludovico Pío, y añadiendo que al ser interrumpidas la vías comerciales por la invasión islámica en el siglo VII, los piratas sarracenos fueron a buscar el botín no ya tanto en el mar, sino en tierra, donde establecieron sus bases.

El emperador Luis II en la captura de Bari (871).

De esta forma, los sarracenos iniciaron la conquista de Sicilia en la década de 830, y de aquí pasaron al sur de Italia, donde inicialmente intervinieron apoyando a los distintos poderes locales o bizantinos (Nápoles o Amalfi) o lombardos (Benevento, Capua y Salerno) en sus luchas. De esta forma, el radio de acción se amplió, y como ejemplo, el 23 de agosto de 846 saquearon Roma. A pesar de los intentos del Emperador Luis II, la defensa y contención de los sarracenos fue llevada principalmente por los bizantinos ubicados en el sur de la península, con lo que el esfuerzo musulmán se fue al norte, al reino carolingio. En Minturno, en el río Liri establecieron una base de la que no fueron desalojados hasta 916 por una coalición al organizada por el papa Juan X; e incluso alcanzaron el Adriático en connivencia con los piratas eslavos. No fue hasta mediados del siglo XI, cuando las ciudades del norte iniciaron su renacimiento comercial y marítimo, y los normandos iniciaron la conquista del sur de Italia, para que la retirada sarracena fuera irreversible.

Por otro lado, en la década de 840, los sarracenos iniciaron sus incursiones en Provenza, con el resultado de establecer una base permanente en Fraxinetum hacia 890, desde donde controlaron el acceso a los Alpes durante casi un siglo, la captura del abad Mayolo de Cluny en 972, dirigió la atención de los grandes en este punto y finalmente una coalición de nobles locales lo expulsó de allí en 973, pero su estancia había contribuido a deshacer los lazos existentes en época carolingia entre Francia occidentalis e Italia. Desde entonces se verificó la recolonización del territorio costero.

Transformación económica y social: el feudalismo

Es en esta época cuando se va a producir la decadencia a de las ciudades, ya que en una época de inseguridad, con los mares y costas asolados por los sarracenos, el gran comercio prácticamente desapareció y con ello los grandes mercados. Frente a este panorama, Venecia, vinculada al imperio bizantino va a mantener un comercio activo con el Imperio y con los árabes. Este movimiento contagió a las ciudades italianas vecinas a través del río Po con el beneplácito de los emperadores carolingios. Así, al comercio de productos agrícolas se les irán sumando los industriales, con lo que al contrario que en el núcleo del Imperio (donde los terratenientes al perder sus salidas comerciales tendieron a autoabastecerse, permaneciendo solamente pequeños mercados locales), en el norte de Italia va a haber una mayor circulación monetaria y comercial, y por eso, a diferencia de otras regiones del imperio, la nobleza no adquirió carácter rural al no residir en sus campos, asolados por las razzias sarracenas, sino que se estableció en las ciudades (civitas), viviendo de las rentas de campesinos arrendatarios. No obstante, Italia seguía la tendencia del resto del imperio en la que los obispos a cargo de sus diócesis aprovecharon el desorden y la incapacidad del poder central para atribuirse privilegios de jurisdicción e impuestos, de forma que sumaron a su jurisdicción eclesiástica, la jurisdicción laica.

Pero el reinado de Berengario I (888–924), va a suponer un punto de inflexión en la política del reino. Antes de él, el reino era una entidad coherente, pero a su muerte la autoridad monárquica estuvo en entredicho, pues las disputas por la corona se buscaba la fidelidad entre cambiantes y traicioneros partidarios, y la poderosa aristocracia italiana deseaba un gobierno que respetase la autonomía de sus regiones a través de debilitar el poder monárquico. No obstante, no hubo revolución institucional, y se mantuvieron las instituciones carolingias: la cancillería de Pavía aún existía y hasta 898 continuó publicando capitulares, pero la desaparición de la actividad legislativa de las capitulares no supuso una ruptura con el modelo carolingio, y después de esa fecha, sus actividades se limitaron a publicar diplomata de decisiones reales específicas, y otras actividades legislativas incluían recordar a los pequeños propietarios libres (arimanni) sus obligaciones militares y la defensa de sus derechos frente al abuso de los funcionarios públicos, la administración de justicia, la restauración y mantenimiento de edificios públicos, la tutela de los derechos de la mujer y de sus bienes, la regulación de la venta, de la propiedad y del registro por notarios, así como la prevención de usurpación de los diezmos. El sistema de diplomata, que había llegado a ser la única forma de intervención real, llegó a ser la vía para establecer y mantener la compleja red de relaciones feudales, y así, del gobierno del reino.

Con las querellas para obtener la corona imperial y lombarda, y la subsiguiente debilitación del poder real, los beneficios vitalicios se transformaron en posesiones hereditarias, y los grandes propietarios, como antes había hecho el rey, se reservaron unas tierras directamente, mientras el resto lo otorgaba a particulares a cambio de su fidelidad y asistencia militar; pero además, los propietarios alodiales libres procedentes de época lombarda buscaron protección y seguridad en los grandes propietarios, dada la incapacidad de la corona de frenar los saqueos y rapacidad no sólo de piratas, sino también de otros propietarios en busca de botín. Estos pequeños propietarios entregaron sus tierras a los grandes propietarios viviendo y trabajando esas sus tierras a cambio de protección de las mesnadas privadas de los propietarios de esas grandes superficies (curtes), con la reducción del número de pequeños propietarios, el rey y sus funcionarios perdieron la costumbre de movilizar a las personas libres del reino para el ejército, y encontraron más conveniente convocar a vasallos y grandes propietarios, que eran los que efectivamente podían proveer un cierto número de hombres, y así las relaciones del rey y sus funcionarios con pequeños propietarios libres fueron excepcionales. De esta forma, se formó una gran aristocracia que detentaba grandes principados territoriales, y por debajo, surgió una pequeña nobleza de valvasores a los que se vinculaban con lazos de fidelidad. El paisaje italiano aparece en esta época dominado por los valvasores, quienes en sus fortalezas en el campo, contaban con sus tropas y los siervos de la gleba; mientras, a un nivel superior, desde época carolingia, fueron agrupándose condados bien por alianzas familiares bien por violencia o bien por nombramiento real, cayendo en manos del mismo gran feudatario, formando marcas.

Durante los problemáticos años del reinado de Berengario I el gobierno del reino tuvo que adaptarse a las circunstancias. A los obispos se les permitió fortificar sus ciudades y organizar la defensa de sus territorios, incluso a abadesas de conventos y a parroquias, obteniendo derechos de inmunidad para evitar el acceso de funcionarios reales. Con el sistema feudal así establecido, los obispos al asumir funciones gubernamentales en su obispados constituyeron principados eclesiásticos como en Bérgamo, Módena, Cremona, Parma o Piacenza; pero también familias poderosas laicas hicieron lo propio, extendiendo su poder sobre varios condados, formando grandes marcas como en Friul, Ivrea, Espoleto o Toscana, capaces de disputarse la corona del reino tras la deposición del emperador Carlos III.

Desde el sur de Italia, Amalfi y Nápoles (aliadas por motivos comerciales con los sarracenos), van a propagar actividad comercial al norte, y desde el inicio del siglo XI, Génova y Pisa comienzan la ofensiva frente a los musulmanes que irán retrocediendo poco a poco arrebatándoles sus bases que les permitieron cerrar el Mediterráneo al comercio: Cerdeña (1022), Córcega (1091) y la conquista normanda de Sicilia (1058-1090), y van abrir su influencia hacia Oriente con el inicio de las Cruzadas. En este contexto, es desde Lombardía donde confluye todo el movimiento comercial del Mediterráneo, al este por Venecia y al oeste por Pisa y Génova; y desde Lombardía gracias a la fertilidad de su suelo y al resurgimiento de la manufactura industrial, se expande hacia el sur, a Toscana, y hacia el norte siguiendo el curso de los ríos Ródano, Rin y Danubio.

El reino de Italia hacia el periodo postcarolingio

Este periodo se va a caracterizar por la ausencia de un poder efectivo y duradero, lo cual va a posibilitar a los príncipes regionales el ampliar sus parcelas de poder. Hasta 888, los carolingios se disputan la dignidad real, pero al ser reyes foráneos permanecieron poco tiempo en la península. Desde 888, serán las familias aristocráticas las que se disputen el título. Además, a las razzias sarracenas se les añadirán los raides magiares. El sur de la península estaba dividida entre los territorios remanentes del Imperio Bizantino (Thema de Lombardía) y los poderes locales lombardos (Capua, Benevento, Salerno) y bizantinos (Amalfi, Gaeta, Nápoles, Venecia). En cuanto a las islas, Sicilia había sido conquistada por los aglábidas, y las islas de Córcega y Cerdeña estaban aisladas y sometidas a la piratería sarracena, aunque Córcega, perteneciente al reino de Italia desde c.725,[9] [10] había sido incluida en las donaciones de Carlomagno y de Luis el Piadoso (Pactum Ludovicianum)[11] y cayó bajo protección de los marqueses de Toscana);[12] [13] y Cerdeña, era teóricamente dependiente de Bizancio, y gobernado por un hypatos o archon.[14] [15]

En el norte, las grandes dinastías nobiliarias provienen de la nobleza franca:[16] los Unróquidas controlaban la marca de Friul, desde 874 el marqués era Berengario, y como tal, sus obligaciones comprendían no sólo proteger el norte de Italia de los eslavos sino tambíen proteger la ruta a Baviera por el paso del Brennero, y por matrimonio estaba emparentado con los Suppónidas que gobernaban en los condados de Parma, Piacenza y Brescia; más al sur, el ducado de Espoleto permanecía en manos de los Guidoni, quienes intervenían en los asuntos de Roma, Nápoles y Capua; en el Patrimonio de San Pedro, tras el asesinato a martillazos del papa Juan VIII (882), cayó en el faccionalismo y las luchas internas, y el papado cayó en manos de las familias aristocráticas polarizadas entre los tusculanos y espoletanos; aparte de Friul y Espoleto, había otros dos grandes importantes territorios en el reino que podían modificar el balance de poder en el reino, Ivrea y Toscana. En el extremo oeste, el conde Anscario de Ivrea controlaba los accesos alpinos y era aliado del duque Guido III de Espoleto, mientras que el marqués Adalberto II de Toscana mantuvo una postura ambivalente respecto de Berengario de Friul.[17]

Tras la muerte del emperador Luis II, sus tíos los reyes de Francia occidental y oriental, Carlos el Calvo y Luis el Germánico se disputaron el trono de Italia y la coronación imperial. El fallecimiento de ambos en pocos años, y el de Carlomán de Baviera, hijo de Luis el Germánico, llevó la corona real a la cabeza de Carlos III el Gordo. Mientras, el Papa amenazado por los sarracenos y por sus territorios vecinos: Toscana y Espoleto, y por los señores locales, buscaba un emperador, primero eligió a Carlos II en 875 y después a Carlos III en 881, quien dada su ineficacia en el gobierno de los reinos que iba adquiriendo, fue depuesto por su sobrino Arnulfo de Carintia en noviembre de 887.

Tras la deposición de Carlos III, en las distintas zonas del imperio la nobleza local pudo hacerse reconocer la dignidad real. En Italia, Berengario de Friul, que era uno de los mayores poderes dominantes del reino de Italia, fue elegido rey a comienzos de 888, pero enseguida tuvo como rival a Guido, duque de Espoleto, quien tras infructuosos intentos de ser rey en Francia (occidental) y en Borgoña, retornó a Italia a finales de 888, con apoyo de los magnates eclesiásticos se enfrentó al clan Suppónida que apoyaba a Berengario y tras derrotarlo en el Río Trebbia, Guido fue coronado en Pavía en febrero de 889 y a su hijo Lamberto en mayo de 891. Y es que hay que contar con que tales rivalidades venían alimentadas por que el Papa se había quedado sin apoyos, así que en la medida que quien pudiera asegurar su dignidad real en el reino italiano podía controlar Roma y ser coronado emperador por el Papa, de lo que resultó que la corona imperial se convirtió en un paso subsiguiente tras la coronación real italiana con la Corona Férrea. Guido de Espoleto logró que el papa Esteban V le coronara emperador (891), debido al temor que suponía la interferencia de Guido en los territorios papales, el emperador Guido trató de restaurar el orden en Italia, e hizo que el papa Formoso coronara coemperador a su hijo Lamberto en 892, pero contra los espoletanos, Formoso pidió la ayuda al rey de los francos orientales, Arnulfo, para que invadiera Italia, y con la oposición infructuosa de Berengario, Lamberto y el marqués Adalberto II de Toscana, fue coronado rey en Pavía y emperador en Roma en 896, pero sintiéndose severamente enfermo, tuvo que regresar precipitadamente a Alemania, sin haber podido alcanzar una victoria contundente sobre Lamberto, dejando a su hijo Ratoldo como rey de Italia, quien por su parte, también tuvo que regresar a Alemania poco después.[18] Los espoletanos se hicieron con el poder en Roma, y el papa Esteban VI convocó un sínodo en el que se juzgó y condenó al cadáver exhumado del papa Formoso. Berengario y Lamberto se repartieron el reino tomando como frontera el río Po y el Adda, pero esto no acabó la guerra, y cuando Lamberto murió en 898, Berengario quedó a disposición de todo el reino.

La península itálica hacia el año 1000.

A ello contribuyó que el propio rey Berengario pasó bastante tiempo de su reinado en sus bases de Verona,[19] no sólo al estar asediado por rivales, sino que además, desde el año 899, los magiares destruyeron el ejército del rey Berengario en la Batalla de Brenta en los que la capital del reino, Pavía fue pasto de las llamas, tras los que siguieron raides en Italia durante la primera mitad del siglo X. Después de esta derrota, la nobleza encabezada por el marqués Adalberto II de Toscana, cuestionó su habilidad para proteger el reino, y como resultado, llamaron a Luis el Ciego, que fue coronado rey en Pavía en 900, tras lo cual fue coronado como emperador Luis III por el Papa en 901, aunque fue derrotado por Berengario en 902 y 905, y renunció a sus títulos real e imperial.

Pero en esta coyuntura de invasiones, el rey concedió a particulares, los derechos de construcción de castillos como defensa, en un proceso denominado incastellamento, con lo que surgió una pequeña nobleza militarizada (milites) teóricamente vasallos de condes y obispos, enraizada localmente y con pocas pretensiones nacionales ya que derivaban de relaciones feudovasalláticas, y de esta forma, los castillos pasaron a ser centros efectivos del poder local, adquiriendo a la larga prerrogrativas de justicia en el siglo XI, son estos valvasores los que luchaban entre sí en apoyo de uno u otro rey, para obtener beneficios. El incastillamento alcanzó también a las ciudades, que también se fortificaron y se armaron para defenderse por ellas mismas, con lo que de esta forma la particularidad regional italiana estribó en dicha pequeña nobleza militar no alcanzó la influencia de los castellani en Europa, sino que las ciudades permanecieron también como centros políticos y administrativos, pero dado el poder de la aristocracia que residía en ellas, se fueron convirtiendo en el núcleos del poder familiar de la nobleza en detrimento de la autoridad del rey. No obstante, el poder local oscilaba entre el poder del conde y el del obispo, de forma que la intervención real dependía de los equilibrios de poder, aunque el apoyo real se inclinaba más a los obispos, pero esto produjo una fragmentación del poder, ya que los propios obispos estaban más interesados en su propia diócesis que en reino en su conjunto.

Berengario fue coronado emperador en 915, por su colaboración en la liga de príncipes italianos del norte, y lombardos y bizantinos del sur, para desalojar a los sarracenos de su base en el Garellano. Pero de nuevo tuvo que hacer frente a otra coalición nobiliaria encabezada por el marqués Adalberto de Ivrea, quienes apelaron al rey Rodolfo II de Borgoña, la contienda entre Rodolfo y Berengario se resolvió en la batalla de Fiorenzuola d'Arda[20] (julio de 923) con la victoria de Rodolfo. Pero la posición de Rodolfo era inestable, amenazada la retaguardia por Hugo de Arlés, regente del antiguo emperador Luis III en el reino de Provenza, y todavía Berengario pudo retornar al poder antes de morir asesinado en 924, coincidiendo con el saqueo y devastación de Pavía por los húngaros, en un reino presa de la división interna.[21] La muerte de Berengario en 924, no solucionó los conflictos internos, ante la incapacidad de Rodolfo de Borgoña para contener a los húngaros,[22] la cambiante nobleza encabezada por Ermengarda de Toscana apeló a su medio hermano, Hugo de Arlés, coronado rey en Pavía julio de 926, y Rodolfo tuvo que retirarse a su reino borgoñón.

Sin embargo, Hugo, incapaz de aprovechar los recursos administrativos, planeó reestablecer la autoridad de la monarquía expulsando a sus rivales reemplazándolos por sus partidarios y familiares, especialmente en obispados y las marcas,[23] hizo a su hijo Lotario co-rey de Italia en 931, y en 933 pactó con Rodolfo de Borgoña sus ámbitos de poder, Italia para Hugo y las dos Borgoñas para Rodolfo, eliminando así su riesgo de intervención.[24] Sin embargo, el impedir el desarrollo de cualquier poder locar desafecto al monarca, no significó la creación de un poder público, sino que la autoridad del monarca estaba basada en relaciones de fidelidad y vasallaje. Pero sus medidas enérgicas habían caído sobre una nobleza desorganizada, y los intentos del rey Hugo de tratar de centralizar el gobierno fue lo que reorganizó a la oposición. El exiliado marqués de Ivrea, regresó de Baviera a Italia canalizando la oposición al rey Hugo, especialmente con el apoyo de los obispos.[25] Dándose cuenta de su situación precaria, Hugo mandó a su hijo Lotario a Milán con una misiva en la que renunciaba al reino de Italia y demandaba que la corona la retuviera su hijo Lotario. Y así, en una dieta en Milán en abril de 945, los grandes del reino, por evitar otorgar demasiado poder a Berengario de Ivrea y para tener un monarca débil, mantuvieron a Lotario de Arlés como rey, pero no ejerció poder alguno, ya que el marqués Berengario de Ivrea quedó como el verdarero dueño de la situación al ser designado summus consiliarius (o summus consors) con el beneplácito de los grandes feudatarios; como se podía esperar una venganza de Hugo de Arlés, en caso de regresar a Provenza y organizar un nuevo ejército con la ayuda de sus vasallos, Berengario reclamó también al trono a Hugo de Arlés, aunque Berengario seguiría reteniendo el poder efectivo. En abril de 947, Hugo abdicó la corona y abandonó Italia, dirigiéndose a Provenza, trayendo consigo su tesoro, y aunque decidio a volver a Italia con un ejército, falleció un año después en 948.[26] Finalmente, a la muerte de Lotario en 950, el título real fue asumido por el propio marqués de Ivrea, como Berengario II, quien para legitimar su usurpación trató de casar a su hijo (y rey asociado al trono) Adalberto con Adelaida de Borgoña, la viuda, y hermanastra, del rey Lotario II de Italia.

Otón I recibe la sumisión de Berengario II.

Adelaida demandó ayuda al rey Otón I de Alemania (936–973), quien aprovechó la coyuntura e intervino en el península. Se hizo coronar rey de Italia en 951 y se casó con Adelaida, dejando como reyes vasallos a Berengario II y a su hijo Adalberto: en la Dieta de Augsburgo (952), ambos reyes juraron vasallaje a Otón. Una vez detenidos definitivamente los magiares en la Batalla de Lechfeld (agosto de 955) y sometidos los eslavos obroditas en la Batalla de Recknitz (octubre de 955), el rey germano intervino de nuevo en Italia ante los requerimientos del Papa Juan XII (955-964), puesto que estaba amenazado por Berengario II. En esta segunda campaña por Italia (961-965), Otón I derrotó a Berengario II y fue coronado emperador el 2 de febrero de 962 por el Papa, a quien impuso el Diploma Ottonianum, que confirmaba el Pactum Ludovicianum (817) y la Constitutio romana (824).[27] Pero el Papa, temeroso del poder del emperador Otón, inició una liga contra su poder entablando contactos con bizantinos, magiares e incluso con sus enemigos Berengario II y Adalberto. Otón depuso al Papa en un sínodo de obispos en noviembre de 963, capturó a Berengario de Ivrea mientras que el hijo de éste, Adalberto huyó a Córcega, no obstante, tuvo que intervenir varias veces en Roma para imponer a sus candidatos frente a la nobleza romana, que aún rechazaba perder el control sobre el papado. En la tercera campaña italiana (967-972) terminó por someter la cuestión romana, así como para intervenir exitosamente en el sur de Italia, su hijo Otón II fue coronado coemperador en 967, y tras regresar a Alemania, murió meses después.

Es pues en esta época cuando la corona de Italia quedó unida a la alemana, por lo que los sucesores de Otón I fueron también reyes de Italia. Y de esta forma, ya no existió en el reino de Italia un poder central que ejerciera poder estable alguno que no tuviera sus bases en el exterior a la península y con un ejército extranjero.

Reichsitalien

Dinastía sajona: Renovatio Imperii Romanorum

El Imperio en época de Otón I (936–973) y Conrado II (1024-1039).

La vinculación de Italia al sistema imperial supuso la existencia de un monarca ausente, en las breves incursiones, reunían a los feudatarios en Roncaglia, donde recibían el homenaje de los feudatarios, promulgaban leyes y establecían los tributos. Pero esta breve presencia no podía significar un gobierno eficaz, y para eso, los emperadores reconocieron a las autoridades locales. De esta forma, la época otónida se caracterizó en otorgar las funciones administrativas a obispos, muchos de origen alemán, puesto que frente a las aspiraciones de los señores laicos de soberanía territorial, los obispos eran foráneos a su sede y sin posibilidad de transmitir el territorio a su estirpe, con lo que estaban próximos a la estrategia el rey de combatir las aspiraciones disgregadoras de los señores feudales, no obstante también se apoyó en grandes señores laicos como el marqués de Toscana o el duque de Espoleto, puesto que como monarca ausente, el reconocer a las autoridades establecidas le suponía la seguridad de obtener los tributos. Además de esto, el control sobre la iglesia en el Imperio se extendió además al control del nombramiento del mismo Papa, lo que le liberaba de su subordinación a la nobleza local romana.

La situación el regnum no había variado sustancialmente con la adscripción al sistema imperial: en el norte, el marquesado de Milan, comprendía la sede arzobispal de Mediolanum y una serie de condados y florecientes ciudades que iniciaban sus comunas; al oeste de Milán se extendían los marquesados de Ivrea, Susa, Montferrato y Savona; en el centro de Italia, se encontraban las ricas tierras del marqués de Toscana, extendiéndose desde la marca de Verona cruzando el río Padus, por Ferrara y Módena, hasta la fronteras de los territorios del Papa en el río Ombrone, destacando las ciudades de Siena, Florencia , que era una pequeña ciudad en el Arno, y Pisa, floreciente por su comercio; más al sur, el Patrimonio de San Pedro, abarcaba las inmediaciones de Roma (Lacio, Sabina y Campania), limitando con Toscana, y más al este, los territorios del ducado de Espoleto y la marca de Ancona, bajo control alemán a través de sus obispos, y que sería posterior fuente de disputas entre Papa y Emperador por controlarlos.[28] En el este italiano (Verona, Friul e Istria), se produjeron cambios, puesto que estas zonas fueron enajenadas del reino italiano y vinculadas a Alemania, para que fueran los feudatarios alemanes los que controlaran los pasos de los Alpes y los dejaran abiertos a los ejércitos imperiales:[29] en 951, Otón I otorgó a su hermano Enrique, duque de Baviera, las marcas italianas de Verona, Istria, y Friul,[30] [31] lo que fue sancionado en la dieta de Augsburgo al año siguienteref>Reuter, Timothy (2005). The New Cambridge Medieval History: c. 900-c. 1024 Ed.Cambridge University Press, pág.356</ref>[32] [33] formando así un heterogéneo bloque territorial que se componía de Baviera, Carintia y Verona.[34] En 976, Otón II separó las marcas de Verona y de Carintia del ducado de Baviera, para formar otro nuevo ducado, el ducado de Carintia otorgado a Enrique el Joven,[35] [36] desde entonces la marca de Verona fue anexa al ducado de Carintia;[37] sin embargo, la creación de la liga de Verona (1164) contra Federico I evidenció la suspensión el ejercicio de este marquesado, del que quedó mera existencia en el título sin realidad alguna,[38] quedando asociado a los margraves de Baden en 1151.[39] Y para distinguir el título de marca de Verona del territorio, se emplea geográficamente el de marca trevisana.

Una vez asegurado el título imperial, Otón I y Otón II dirigieron sus miras al sur de la península, pero en la campaña italiana de Otón II (980-983), la derrota de Cabo Colonna (julio de 982) frente al emirato siciliano ratificó el fracaso de estos esfuerzos. El Emperador convocó una dieta en Verona (983) donde su hijo y sucesor fue reconocido rey por los magnates alemanes y también los italianos, y falleció siete meses después.[40] La situación en Italia durante la minoridad de Otón III fue mantenida por los obispos y especialmente el marqués Hugo de Toscana, pero Roma cayó bajo la autoridad de los Cresencios.[41] En 994, ya era mayor de edad y dos años después emprendió su primera campaña italiana a petición del papa Juan XV, quien murió poco después, a su llegada a Roma sometió a la aristocracia romana dirigida por el patricio Crescencio II, y eligió a su primo como papa Gregorio V, quien le coronó emperador en mayo de 996, y nuevo Emperador regresó a Alemania. Pero la aristocracia romana no estaba dispuesta a someterse a un Papa extranjero, y ante la elección del antipapa Juan XVI, el Emperador regresó a Italia en 998, y en Roma Juan XVI acabó mutilado y Crescencio II ejecutado y su cuerpo arrojado por los muros del castillo de Sant'Angelo y después colgado una semana en el monte Mario. Cuando, en 999, Gregorio V murió, Otón III designó a Silvestre II y fijó su residencia en Roma, para emprender la labor de recuperar el esplendor existente en el antiguo Imperio Romano de Constantino, esto es, la Renovatio imperii Romanorum, sin embargo, estos designios no eran compartidos por sus súbditos, en 1001 tras regresar de peregrinar a Polonia y a Aquisgrán, una rebelión en Roma expulsó al Emperador, que se refugió en Rávena. Al año siguiente murió, y el Papa corrió la misma suerte diecisiete meses después. En Roma, se la disputaron las familias de los Crescencios y los Tusculanos, y en Italia se inició otra guerra.

Desde la deposición y muerte del emperador Carlos III en 888, se había abierto el camino al fraccionamiento regional en Italia en apoyo/oposición de candidatos enfrentados para el trono italiano, y es en este contexto como se ubica la adición de Italia dentro del sistema imperial alemán, con lo que de esta forma, la posición de los emperadores no era estable en Italia y requerían hacer campañas a Italia para asegurar su poder. Y del mismo modo que había ocurrido un siglo antes, los magnates buscaron nuevos candidatos al trono italiano tras la muerte de Otón III (1002), con la elección por la facción antiimperial de Arduino de Ivrea (1002) como rey rival a Enrique II, así como la tentativa de elegir rey a Hugo Magnus de Francia o al duque Guillermo V de Aquitania a la muerte del emperador Enrique II (1024).

La estructura del poder regional en el territorio italiano muestra grandes principados territoriales y otros condados más reducidos donde se mantienen linajes hereditarios o se hallan sujetos a la intervención real, y es que en esta época coexisten la capacidad del rey de intervenir en las jurisdicciones feudales, así como el hábito de la nobleza de transmitir hereditariamente cargos públicos. En Piamonte y Lombardía, los principados territoriales eran las marcas de la familia de Arduino de Turín, de Aleramo de Montferrato (sin base urbana, y de cuya descendencia se desgajaron los pequeños marquesados como los de Saluzzo, Savona, Ceva, Clavesana o Incisa) y Otberto de Luni (conde palatino, centrado en Liguria), y los condes de Pombia habían adquirido una más reducida marca de Ivrea; junto a estos principados se hallaba el poder creciente de poderosos obispos. En Lombardía, destacaba el arzobispo de Milán, el declive de los condes de Lomello (condes palatinos y condes de Pavía) y el ascenso de la familia de Otberto de Luini, mientras los condes locales entraron en conflicto con los obispos como los de Como, Mantua y Cremona. Romaña estaba controlada por el arzobispo de Rávena, y en Toscana, los condes de Canossa se expandieron con beneplácito imperial por el campo y ciudades circundantes como Reggio, Mantua o Ferrara, pero sin anular el poder de los obispos, y el poderoso margrave Hugo de Toscana, partidario del rey, coexistió pacíficamente con los condes del área. En cuanto a las regiones periféricas, aunque noreste estaba geográficamente vinculado a Italia, el patriarcado de Aquileya había establecido un principado territorial en Friul, y un poco más al oeste, la región de Verona permanecía dentro de la órbita alemana, unida al ducado de Carintia, y había sido puesta bajo control real, de modo que no se estableció un linaje estable, y de forma similar, en la marca de Espoleto la intervención real también evitó crear otro linaje.

A la muerte de Otón III, los señores alemanes eligieron a Enrique II, sin embargo en Italia, una dieta en Pavía eligió rey al marqués Arduino de Ivrea, y así, Arduino de Ivrea fue coronado rey de Italia en Pavía, de manos de su obispo, en febrero de 1002. Sin embargo, el nuevo rey alemán no aceptó la separación de los reinos alemán e italiano, y tras una asamblea de magnates italianos convocada en Roncaglia por el arzobispo Arnulfo II de Milán, que ofreció su apoyo a Enrique II, éste envió a Otón, duque de Carintia y marqués de Verona, para enfrentarse a Arduino, pero el italiano derrotó a los alemanes en Campo di Fabbrica. Enrique entró en Italia en abril de 1004, centralizando la oposición a Arduino, quien abandonado hasta por sus partidarios, se retiró a sus posesiones patrimoniales. Tras entradas triunfales en Verona y Milán, Enrique llegó a Pavía para rebibir la corona italiana en mayo de 1004 de manos del arzobispo de Milán; la misma tarde del día de la coronación, una riña entre soldados alemanes e ciudadanos de Pavía, originó una rebelión, el rey fue asediado en su palacio y salvado a costa de la destrucción de la ciudad. El rey Enrique regresó a Alemania y durante unos años la cancillería de Pavía dejó de funcionar, el Rey recibía a los obispos italianos y les ofrecía concesiones a través de su cancillería italiana en Bamberg, y contaba con el firme apoyo de Milán, Rávena, Piacenza, Cremona, y Lombardía oriental;[42] pero en Italia, Arduino regresó a Pavía, y emprendió venganza sobre sus opositores, y mientras, grandes áreas dejaron de estar bajo control de poder central alguno. En 1012, una querella entre los crescencios y tusculanos sobre sus respectivos papas, hizo que Enrique II descendiera a Italia a fines de 1013, reconoció al papa Benedicto VIII, quien le coronó Emperador en febrero de 1014, reforzó su autoridad con los obispos y nombró marqués de Toscana a Rainiero, que ya era marqués de Espoleto. De vuelta a Alemania, Arduino reemprendió el ataque, y el arzobispo Arnulfo II de Milan logró someterlo en 1015, se retiró a un monasterio y falleció poco después. Sus posesiones y las de sus partidarios fueron redistribuidas especialmente entre los obispados de Pavía, Como, Novara y Vercelli. La situación en Italia estaba lo suficientemente controlada para que Enrique pudiera hacer una campaña en el sur italiano entre 1021-1022.

El desarrollo de las ciudades y aparición de las comunas

La expansión del comercio en Italia involucró no sólo a los judíos sino a mendigos emprendedores que portaban mercancías de un lugar a otro obteniendo beneficios, que no se atesoraron sino que se invirtieron en extender su comercio, y como ejemplo tenemos a San Goderico de Fínchale. En la inseguridad de los caminos los mercaderes no viajaban solos, de este asociacionismo surgirían en el siglo XI las sociedades comerciales en las que varios socios aportaban capital para desarrollar el negocio como la commenda y la compagnia, de la estabilidad y asentamiento de las mismas daría lugar a la banca en el siglo XIII. La misma nobleza territorial protegía a los mercaderes asegurándose así beneficios por los peajes, y especialmente otorgando privilegios de feria y mercado, e incluso, en Italia, las familias aristocráticas intervinieron como prestamistas en las operaciones comerciales.

Estos mercaderes se establecieron en las ciudades y en sus aledaños, formando un barrio (burgus) construido por motivos económicos. En Italia, el desarrollo urbano vino favorecido por la seguridad de la civitas, al poseer una muralla (si no la tenía, dejaba de ser civitas pasando a ser vicus); y también vino favorecido por que en virtud del edicto de Rotario de 643, la acción delictiva perpetrada dentro de la ciudad era más grave que si era producida en el campo. Desde la segunda mitad del siglo IX se difundieron los burgos, y así se atrajo a más población (como artesanos especializados, panaderos, carniceros, porteadores) y se desarrolló la industria (textil, metalúrgica), a los que se añadían mercaderes ambulantes y estables (incluyendo a cambistas y prestamistas). De la defensa de los nuevos emplazamientos a extramuros (forisburgus) se encargaron los propios habitantes. A la larga, el primitivo núcleo feudal de las ciudades perdieron su sentido y tiraron sus muros, ampliándose el recinto urbano amurallado.

No obstante, este crecimiento chocó con la realidad vigente ya que las tierras de asentamiento de la nueva población, tenían dueño y cargas serviles, así como la nueva población urbana seguía manteniendo la servidumbre a su señor. A partir del siglo XI, esta nueva población (burgueses) inician la lucha para obtener una jurisdicción especial libre de la servidumbre señorial y de la diversidad de jurisdicciones particulares para facilitar los intercambios comerciales.

Desde época postcarolingia, los obispos habían asumido las funciones religiosas y administrativas como delegados reales y posteriormente imperiales en la civitas y sus territorios aledaños, incluyendo a la pequeña nobleza. Contra su concepción feudal, los mercaderes, vinculados entre sí por sociedades se dieron cuenta de que el ejercicio de sus actividades profesionales exigía que los poderes dominantes tradicionales reconocieran no sólo las libertades y los privilegios económicos, sino también las franquicias jurídicas y el poder político para su salvaguarda, con lo que procuraron el cambio jurisdiccional y el limitar la acción episcopal. Hay que observar que los mercaderes al ser extranjeros, se les suponía libres al no estar ni adscritos a la gleba ni a la jurisdicción señorial.

A las reivindicaciones de los mercaderes, se añadieron la miseria de los trabajadores industriales, y el misticismo de los patarinos contra la simonía. Pero como dentro del burgo, los mercaderes constituían el elemento más activo y rico de la población de una ciudad, y en tanto patronos y consumidores de productos, fueron ellos el factor determinante en la formación de una conciencia colectiva entre los habitantes del burgo. En Italia, nunca se había perdido el todo el sentido comunitario y urbano de los habitantes de las ciudades, y de esta forma, los habitantes de una ciudad se unieron para emprender una acción conjunta frente a los teóricos representantes del poder central que afectaban a sus propios intereses, y es que la mentalidades del clero y de los habitantes de la ciudad diferían mucho entre sí, con lo que a lo largo del siglo XI incluso del X, surgieron numerosas rebeliones de las ciudades contra los obispos y los monjes de abadías. Ya en el año 927 está documentado un conflicto entre los habitantes de Cremona y su obispo, y en 991 en Milán[43]

Esta formación de una conciencia colectiva urbana precedió a la concesión de privilegios. Estos privilegios hacían referencia a la inviolabilidad de los domicilios, la exclusión del duelo como prueba judicial para los habitantes de los centros urbanos, y la prohibición de someter a los habitantes de la ciudad a una jurisprudencia cuya sede radicase fuera del recinto municipal. Los señores, y sobre todo los reyes, se dieron cuenta de que les interesaba favorecer a los nuevos grupos urbanos, bien para encontrar en ellos apoyo contra sus adversarios o para obtener, mediante imposición de impuestos y tasas, beneficios sustanciales a partir de las actividades económicas a que se dedicaban los ciudadanos. Coincidiendo con un clima de expansión económica con la extracción y la difusión de plata de las minas de Goslar, en el siglo X fueron otorgados lo primeros privilegios municipales, el primero de ellos a Génova en el 958 por los reyes Berengario II y Adalberto, en 996 consta otro concedido por el emperador Otón III a Cremona, y otro en 1059 a Savona por el rey de romanos Enrique IV, así como los concedidos a 1081 a Lucca y Pisa.

Pero los estamentos dominantes no ponen un frente unido a tales pretensiones del burgo. Las diferencias de intereses y de fines entre la aristocracia y el clero, diferencias que se ampliaron con la reforma de Gregorio VII contra la simonía y la injerencia de los laicos en el orden eclesiástico, permitieron a los burgueses beneficiarse de estas rivalidades. De esta forma, en las ciudades en las que el obispo detentaba el poder político, la pequeña nobleza de los alrededores, se alió con los nuevos ciudadanos para sacudirse de la autoridad episcopal y arrancar concesiones al obispo. Así en las revueltas urbanas de Milán y Lombardía, en 1036, se vio a la pequeña nobleza de los valvasores y a los simples caballeros levantarse contra los señores a la vez que el pueblo llano de las ciudades se levantó contra sus dueños, principalmente contra el obispo Heriberto.

Así que los mercaderes y la pequeña nobleza hicieron causa común para sacudirse del poder episcopal o feudal, y obtener no sólo privilegios económicos y jurisdiccionales, sino apoderarse del poder urbano, y hacer que el obispo reconociera la comuna como un pacto para el mantenimiento de la paz. Esta comuna era un cuerpo jurídico en sí mismo que separaba los derechos de obispo y el de los burgueses, de modo que desaparecieron las servidumbres personales y territoriales, se sustituyeron los peajes señoriales por impuesto público, o se estableció un derecho urbano con tribunales específicos para los burgueses. La comuna estaba dirigida por cónsules elegidos periódicamente de entre los nobles (patricios), y estaban apoyados por un consilium (concejo) de ciudadanos de las familias poderosas denominado credenza, pues al fin y al cabo sobre ellos reposaba la prosperidad de la ciudad.

Lucca poseía ya en el año 1068 una corte de justicia comunal que administraba la ciudad. Milán se había liberado del poder obispal, quizás ya en 1067. Piacenza se vio libre en el 1090. Cremona y Lodi en el año 1095. Pronto se sumarían a la lista Vicenza, Bolonia, Pavía y Génova. Este movimiento se difundió desde Italia a Provenza y el Languedoc; y la querella de las investiduras y el conflicto entre güelfos y gibelinos van a procurar la catalización del establecimiento del fenómeno comunal en la Italia medieval.

La dinastía salia: la reforma religiosa y la querella de las investiduras

A la muerte del emperador Enrique II (1024), los ciudadanos de Pavía, que no habían olvidado la quema de su ciudad hacía veinte años, se rebelaron y destruyeron el palacio imperial, símbolo de la autoridad real y principal fortaleza en el norte de Italia, haciendo funciones de tribunal, arsenal, custodia de los ingresos fiscales así como de depósito de alimentos. Así, a partir de 1024, Pavía dejó de ser centro administrativo del reino, dislocando la administración central e iniciando el fenómeno político del sistema comunal en Italia. Esta rebelión se propagó en el norte de Italia, donde los magnates buscaron infructuosamente a un rey alternativo, mientras otros magnates dirigidos por el obispo Ariberto de Milán fueron a Constanza a rendir homenaje al nuevo rey. En 1026, el nuevo rey, Conrado II (1024-1039), fue a Italia para reestablecer su autoridad y recibió las coronas lombarda como rey de Italia en Milán, no en Pavía, pues el obispo Ariberto de Milán era un firme apoyo del Imperio,[44] y al año siguiente, la corona imperial (1027). Pese a la revuelta y destrucción del palacio real, se reubicaron en el monasterio de San Pietro in Ciel d'Oro las asambleas judiciales (placita), la antigua escuela palatina, e incluso la residencia real.[45]

Un rey otorga la investitura a un obispo.

Aunque los emperadores salios prosiguieron la política de sus antecesores de apoyar a los obispos (especialmente de origen germano), para someter Italia más directamente a la autoridad imperial chocó con el crecimiento de las ciudades y el subsiguiente desarrollo de una pequeña nobleza enriquecida (valvasores), que abrió la competencia en la adquisición de tierras. En estas tensiones, con la revuelta los valvasores contra el obispo Ariberto de Milán y los grandes señores como trasfondo, el emperador Conrado II hizo su segunda campaña a Italia, con la firme oposición del obispo de Milán, y Milán fue puesta bajo un infructuoso asedio que duró hasta el fallecimiento del Emperador en 1039.[46] A pesar de todo, Conrado II favoreció la polarización política al apoyar a la pequeña nobleza, permitiendo convertir sus feudos en hereditarios a costa de los grandes feudatarios (capitanei), en la Constitutio de feudis (mayo de 1037).[47] Conrado II, de esta forma, intentaba reprimir el poder de los obispos y de los capitanei ganándose la fidelidad de un grupo de subvasallos, son estos valvasores, ya propietarios libres, los que en asociación con mercaderes, jueces, notarios y artesanos, formaron las comunas y nominaron a sus propios representantantes, los cónsules.[48]

Su sucesor Enrique III (1046-1056), intervino activamente en la reforma monástica tutelada bajo su autoridad. Una de las consecuencias de la feudalización del imperio carolingio fue la feudalización de la iglesia, pues los señores feudales consideraban que las iglesias con sus bienes y rentas pertenecían a su propio patrimonio, y otorgaban la investidura de parroquias y abadías a personajes laicos o familiares o gente de confianza del señor o que pagaba al señor por la investidura como eclesiástico (un ejemplo es que el rey Hugo Capeto recibe su apelativo por su capa como abad de Saint-Martin de Tours), los mismos emperadores sajones favorecieron la simonía al imponer a obispos leales a su causa en puestos de administración del territorio. Enrique III intervino en las elecciones papales, que se hallaban en manos de las familias rivales de los condes tusculanos y de los crescencios y sujeto a revueltas de la población, así el Sínodo de Sutri (diciembre de 1046) depuso a tres Papas rivales e impuso sucesivamente a varios alemanes como Clemente II (1046-1047) Dámaso II (1048), León IX (1049–1054) o Víctor II (1055-1057), que iniciaron medidas contra la simonía y el nicolaísmo (matrimonio o amancebamiento de clérigos) dedicando su atención a liberar a las iglesias del control de los laicos y fortaleciendo la autoridad y prestigio del Papa. Y con este trasfondo contra la simonía, se encuadran las revueltas urbanas pequeña nobleza, los burgueses y los patarinos contra los obispos, nombrados por el emperador, destacando especialmente la revuelta iniciada en Milán en 1045 contra el obispo simoníaco nombrado por el emperador, Guido de Velate.

Península itálica hacia 1050.

Sin embargo, el apoyo del emperador a la reforma, su control sobre el Papa y su apoyo sobre el clero para el gobierno y administración del imperio, llevaba en sí mismo la contradicción de que la reforma buscaba convertir el orden eclesiástico independiente de la injerencia de los laicos y supeditado a los superiores eclesiásticos. A la muerte de Enrique III (1056) y la minoridad de Enrique IV acelerará el proceso de independencia del Papado, así Nicolás II (1059–1061) emprenderá acciones contra el nicolaísmo y reglamentará la elección del Papa por el colegio de cardenales, lo que iba en contra de las constituciones imperiales (Constitutio Lotharii y Privilegium Othonis). A la muerte de Nicolás II, el apoyo inicial del partido imperial al antipapa Honorio II (antipapa) (1061–1072) frente a Alejandro II (1061–1073) convirtió al Imperio en enemigo de la reforma. Alejandro II, además de combatir la simonía potenció el papel del Papa como cabeza de una iglesia más amplia que el imperio al favorecer la invasión normanda de Inglaterra (1066) o apoyar la cruzada para la toma de Barbastro (1063).

El clímax de la reforma acaeció con el ascenso al papado de Gregorio VII (1073–1085), al decretar en el sínodo cueresmal de Roma de 1075 la prohibición bajo excomunión de la investidura laica, así como afirmar en el Dictatus Papae (1075) la supremacía del poder espiritual sobre el temporal, la independencia del clero respecto de los seglares, el dominio de sus bienes para el culto y la jurisdicción suprema del Papa en materia de fe y moral y del gobierno y administración de la Iglesia. En enero de 1076, Enrique IV convocó un sínodo de obispos alemanes en Worms deponiendo al Papa, y tras éste, otro en febrero de obispos lombardos en Piacenza. Recibidas las nuevas en Cuaresma de ese año, Gregorio VII excomulgó al rey Enrique IV y desligó a sus súbditos de su obediencia. La Querella de las Investiduras había comenzado.

Enrique IV y Clemente III expulsan a Gregorio VII. Muerte de Gregorio VII.

En 1080, el rey Enrique IV designó como Papa a Clemente III (1080-1100) y emprendió camino de Italia, donde encontró apoyo en Lombardía, así que fue coronado rey de Italia en Pavía (1081), desposeyó a la marquesa de Toscana Matilde de Canossa, firme apoyo del Papa, y emprendió ofensivas contra los partidarios de Matilde de Toscana y garantizando privilegios a ciudades que le habían apoyado. Finalmente pudo entrar en Roma en marzo de 1084, e imponer a su antipapa, quien le coronó emperador subsiguientemente.

El papa Urbano II ((1088–99) inició la ofensiva contra el emperador Enrique IV y su antipapa Clemente III, fortaleciendo su posición como jefe espiritual sobre toda la cristiandad latina cuando convocó la peregrinación y cruzada a Tierra Santa en el Concilio de Clermont (1095); además buscó apoyos entre los normandos que estaban conquistando el sur de la península y Sicilia, de forma que convirtió a conde de Sicilia Roger I en legado pontificio, lo que facultaba, irónicamente, a los condes y después reyes de Sicilia a nombrar los obispos.

Urbano II, como Gregorio VII, también contó con la ayuda y cooperación de Matilde, marquesa de Toscana, pero la nueva campaña del emperador Enrique IV de 1090, fracasó en octubre de 1092 ante Maddona della Battaglia cerca de Canossa. Con lo que se iniciaron revueltas urbanas en Lombardía, y la marquesa de Toscana pudo emprender la restauración de su autoridad y así recuperó el control de ciudades partidarias del Emperador como Ferrara (1101), Parma (1104), Prato (1107) y Mantua (1114); asimismo, el hijo de Enrique, Conrado, fue coronado rey rival de Italia en 1093, dirigiendo así la rebelión frente al emperador. Asediado y debilitado en Italia, Enrique IV pudo retornar a Alemania en 1097 donde fortaleció su poder.

La restauración de la autoridad imperial la llevó a cabo su sucesor Enrique V (1105-1125). En su primera campaña italiana, el rey de romanos Enrique V, fue bien recibido hasta por la condesa Matilde de Toscana, y en Roma pactó con el papa Pascual II (1099–1118) una solución a la querella con la renuncia de los derechos de regalía, pero al dar conocimiento de este acuerdo en la ceremonia de la coronación el 12 de febrero de 1111, se produjo una insurrección que abortó la coronación, el rey de romanos puso en cautiverio al Papa y sus cardenales y le obligó en un Privilegium a conceder al rey el derecho de investidura, tras lo cual Enrique V fue coronado emperador en abril.[49] El Privilegium fue rechazado en los sínodos de Vienne y Letrán, prolongando la querella. En 1116, el Emperador hizo otra campaña a Italia para tomar posesión de las tierras de la Condesa de Toscana, tras su fallecimiento, y nombró un nuevo antipapa Gregorio VIII. A pesar del apoyo al Emperador en Alemania, en Alemania se le instó a buscar la paz con el Papa, y la querella acabó con el Concordato de Worms (1122) entre el Emperador Enrique V (1105-1125) y el Papa Calixto II (1119-1124), pero en Italia el poder del emperador en Italia estaba debilitado y esto desarrolló las comunas urbanas, lo que debilitaba a su vez al poder episcopal.

La querella de las investiduras produjo una fragmentación del orden temporal (laicos) y del espiritual (iglesia), y de las alianzas entrambos. El compromiso de Worms permitió al papado asumir el liderazgo de la reforma en Europa, marcado en los concilios de Letrán I (1123), Letrán II (1139) y Letrán III (1179) y en la compilación de normas canónicas en el Decretum Gratiani.

Si bien, el compromiso de Worms supuso al bando papal un éxito frente a las restricciones imperiales en el ejercicio de su autoridad, en Italia del norte y central también se enfrentó con una nueva situación como consecuencia de este compromiso, pues aunque perdieron los obispos imperiales y los monasterios antirreformistas, la autoridad comunal se afianzó con más fuerza que el poder eclesiástico en la región, aunque todavía permanecían remanentes de apoyo imperial. Y en efecto, desde los inicios comunales en ciudades como Pisa y Génova, durante la primera mitad del siglo XII, se desarrollaron gobiernos comunales, prácticamente en cada ciudad episcopal del norte de Italia.

El desarrollo comunal en Italia (s. XII)

Aunque la inoperancia del poder imperial en el reino italiano durante la primera mitad del siglo XII favoreció el desarrollo de las comunas, lo que realmente decidió este desarrollo de la institución comunal, fue la dinámica entre las distintas facciones y sus fluctuantes alianzas.

La ciudades del reino de Italia, entre 1061 y 1197, estuvieron comprometidas en las querellas de los cismas pontificios y sobre todo, en la lucha entre el papado y el imperio, de modo que a pesar de de sufrir graves perjuicios materiales, financieros y humanos, en cambio sacaron bastantes ventajas y les favoreció en gran medida la autonomía urbana. Los grandes señoríos que dominaban en Italia al final del siglo XI como el marquesado de Toscana, de Verona, de Ivrea... dan paso a las comunas urbanas que reorganizan a su alrededor la vida económica y la vida política, atrayendo en su recinto a los nobles que residen en el campo, y sometiendo a su control al hinterland denominado contado, arrebatándoselo a la dominación y exacciones señoriales; puesto que la nobleza rural era demasiado débil individualmente y a la vez demasiado aislada para contener el proceso.[50] Así, de forma general, la autonomía política comunal no se circunscribió a los muros de la ciudad, sino que también aspiró al control del contado (la región en torno a la ciudad), un territorio con el que existían vínculos socioeconómicos, ya que la ciudad ofrecía un mercado para los productos del contado, y también ofrecía oportunidades laborales a la gente del campo así como garantizaba su seguridad, pero es que además el contado ofrecía oportunidades de inversión para los residentes de la ciudad.

No obstante, la estructura de cada comuna en particular variaba de una ciudad a otra, y durante este periodo de expansión comunal, distintas facciones, procedentes tanto de la ciudad como del campo pugnaron por controlar la comuna, de ahí que la influencia que pudieran tener los mercaderes urbanos o los terratenientes rurales estribaba del tamaño de cada grupo en cada comuna, allí donde un grupo era más reducido buscaba alianzas con otros, aunque estas alianzas fueran extrañas, como en Lucca, donde tanto el obispo como la comuna tenían una preocupación común acerca de las pretensiones de la abadía de Fucecchio a causa de sus vínculos con Pisa, o como en Brescia, donde a comienzos del siglo XIII, una facción de magnates atrajo apoyos de herejes. Sin embargo, aunque varias facciones pudieran entenderse, debían afrontar no sólo a sus enemigos comunes, sino además la fragilidad de la coalición. En este sentido, para evitar el domino de un grupo, las comunas emplearon sistemas para limitar el mandato de las instituciones y posibilitar cambios en el gobierno.

En la primera mitad del siglo XII, Pisa es la primera potencia del Mediterráneo occidental así en 1114, los pisanos saquean Mallorca e Ibiza y se instalan en Córcega, y en 1155 el emperador Federico I le concede un privilegio de acuñar dineros, dada la cercanía con las minas de Montieri, y que reemplazaron a los denari de Lucca como moneda toscana, así como tiene una situación preponderante en Oriente. Su gobierno está en manos de los nobles y de los armadores. Pero Génova, en el curso del siglo XII, aunque afectada por luchas entre facciones, entabla una competencia iniciada en el siglo XI por el dominio sobre Córcega y Cerdeña, y se propone superarla obteniendo barrios en ciudades de Oriente, además es la principal constructora y armadora de los barcos que transportan cruzados y peregrinos a Tierra Santa, y en 1191, el emperador Enrique VI le reconoce el dominio de la costa ligur. Al margen de Pisa y Génova, las demás ciudades tienen éxitos más modestos, como la ciudad imperial de Lucca, centro del marquesado de Toscana, que se estanca al no alcanzar el mar, Florencia inicia lentamente su despegue, y en 1183 su comuna es formalmente admitida por el emperador Federico I, o en el ducado de Espoleto, donde la situación de las comunas se estancó al estar limitadas en las montañas.

El desarrollo del fenómeno comunal fue minando los grandes principados territoriales, de forma general, cuando las familias nobles tenían castillos con capacidad defensiva, tierras extensas y vasallos numerosos para defenderse por ellos mismos, se vinculaban con el emperador, como los marqueses de Montferrato de la antigua marca de Ivrea, y no formaron un nuevo entramado feudovasallático que abarcara nuevos territorios, sino que vincularon a las querellas de los partidos pro o antiimperial; pero si esas familias tenían castillos de fácil acceso, como en planicies, o cerca de grandes ciudades, y débiles para defenderse por ellos mismos, se vinculaban a la comuna, permaneciendo en las ciudades en residencias fortificadas y asumiendo las magistraturas, como los Visconti en Milán, los Este en Ferrara, los Romano en Verona y Vicenza, y con su riqueza y formación militar, estos llegaban al gobierno de la misma alineándola respecto del partido proimperial o antimperial; por ejemplo, en la antigua marca de Verona: Verona, Padua, Vicenza, Treviso, Mantua, Ferrara, dada su situación montañosa, la nobleza no había sido sometida a la comuna como los valvasores de las planicies del alto Po, su permanencia voluntaria dentro de las ciudades esta asegurada por residencias fortificadas, entre estas familias, destaca la enemistad entre los Romano y los Este.

Las nuevas comunas lombardas trataron de expandirse a costa de las vecinas, Milán somete Lodi en 1111, y Como en 1128 con ayuda de las comunas lombardas, Cremona sometió Crema en 1099, Pavía hizo lo propio sobre Tortona años después, pero cuando Crema trató de sacudirse el poder de Cremona se formaron dos ligas enfrentadas en 1129, una encabezada por Milán en favor de Crema, y otra formada por Pavía, Piacenza, Novara y Brescia como aliadas de Cremona. De esta forma, ya en la primera mitad del siglo XII estaba formado el sistema de alianzas y de enemistades que activaron con las intervenciones imperiales desde la segunda mitad de siglo.

Determinadas ciudades no dudaron en sostener al emperador para imponerse sobre algunas ciudades rivales, y así Pisa se colocó del lado del emperador Federico Barbarroja, apoyó el sitio de Milán en 1158 y aprovechó el apoyo del emperador contra Génova, contra Lucca y contra los normandos; y del mismo modo, Cremona sostuvo también al emperador contra sus rivales Crema y sobre todo Milán, obteniendo privilegios imperiales, también Pavía obtuvo, en 1164, privilegios del Emperador que la independizaba del conde palatino.[51] En definitiva, en Lombardía, Pavía apoyaba al emperador junto con Cremona y Novara, frente a Milán y sus aliadas de Tortona, Crema, Bérgamo, Brescia, Piacenza y Parma. En Piamonte, se produce más retrasadamente la extensión del fenómeno comunal apropiándose de los territorios y derechos feudales señoriales o episcopales en las zonas rurales circundantes, como en el caso Turín, Asti, Vercelli o Novara, por lo que la enemistad entre las ciudades no era tan intensa como en las ciudades lombardas;[52] y aunque dispersas las zonas feudales éstas no desaparecieron, y fueron los marqueses de Montferrato los firmes apoyos del gibelinismo expandiendo su territorio.

Las ciudades italianas que apoyaban al partido imperial pasarían a ser las gibelinas, y frente a ellas, las ciudades güelfas, que por enfrentarse a la autoridad imperial, tuvieron la ayuda de los papas. Así frente al poder estático y centralizador de los emperadores, que pretendían extraer los mayores recursos posibles a través de los derechos de reales, regalia, y que imponían a ministeriales alemanes como señores o gobernadores (podestà), cuya falta de habilidad y brutalidad les hacían todavía más hostiles, se opusieron los ideales de autonomía de las ciudades, sus privilegios y sus libertades individuales, lo que favoreció la formación de la Liga lombarda.

A pesar de que la intención del emperador Federico I, no tuvo duración, la figura del podestà llegó a ser factor importante en el norte de Italia. Las luchas internas en el patriciado de detentaba o aspiraba a detentar el poder en la comuna, aumentan el desorden y los grupos mercantiles y artesanales que estaban fuera de los órganos de gobierno exigieron la constitución de un poder arbitral que asumió el poder supremo en la ciudad, reemplazando a los cónsules, y es el denominado podestà, que ya existía en Cremona desde 1178 y en Milán en 1186.[53]

Guerras civiles en Alemania: aparecen los güelfos y los gibelinos

En Alemania, entretanto, a la muerte sin descendencia de Enrique V (1125), los príncipes a instancias del canciller imperial, Adalberto, arzobispo de Maguncia, eligieron al duque de Sajonia, Lotario II el mismo año 1125, sin embargo estalló la guerra civil, puesto que los sobrinos y herederos de Enrique V, Federico II, duque de Suabia y Conrado, de los Hohenstaufen, además de las tierras patrimoniales de los salios en Franconia renana, exigieron las tierras que la corona había ido adquiriendo, así Conrado III fue elegido rey rival en 1127, y en 1128 fue coronado Rey de Italia con apoyo de Milán, pero no consiguió asegurarse allí una posición, el papa Honorio II se negó a reconocerle, así como las ciudades enemigas de Milán como Novara, Pavía, Cremona, Piacenza, o Brescia;[54] en cambio, el rey Lotario II, se aseguró el apoyo del duque de Baviera, Enrique el Soberbio (también marqués de Toscana y de Verona), de la dinastía de los güelfos, haciéndole su yerno en 1127. Aunque la guerra terminó en 1135 con la sumisión de Conrado III, las tornas cambiaron en 1137 al morir el emperador Lotario II, y Conrado III fue electo rey de romanos frente a Enrique el Soberbio, heredero de Lotario. La guerra se reinició entre Conrado III y Enrique el Soberbio, quien fallecido en 1139, la continuó su hermano Güelfo VI, y es en el asedio de Weinsberg en 1140 cuando los nombres de ambas facciones fueron establecidos por los gritos de guerra, güelfo (contrarios a los Hohenstaufen) y Waiblingen (el nombre de un castillo de los Hohenstaufen, que daría lugar al término gibelino). A pesar de adoptar un acuerdo de paz en 1142, tras el fracaso de la Segunda Cruzada, Güelfo VI reinició la revuelta, que de todas maneras entró en fase final con el fallecimiento de Enrique Berenguer, rey de romanos e hijo de Conrado III, en 1150. En 1151, Güelfo VI pactó con su sobrino Federico III, duque de Suabia (a la sazón también sobrino de Conrado III), la sucesión en el imperio a cambio de tierras, así, a la muerte de Conrado en 1152, fue elegido Federico I, con lo que Güelfo obtuvo tierras italianas, siendo designado como marqués de Toscana y duque de Espoleto.

Federico I y Enrique VI

El emperador Federico I Barbarroja vivió en un período de cambios sociales y económicos, en el que ciudades como Génova, Pisa o Venecia se convirtieron en potencias internacionales con intereses comerciales extendidos desde el norte de Europa a África y el Levante; en el que este comercio exterior y la inversión incrementó la riqueza local, lo que conllevó al embellecimiento de las ciudades; y en el que el crecimiento de la población tanto en la ciudad como en el campo ocasionó un aumento de obras públicas, que van desde la murallas de la ciudad a los canales. El desarrollo de los gremios y cofradías refleja la creciente complejidad de la organización económica, e incluso las más pequeñas ciudades tienen su élite profesional de los jueces y notarios junto a los nobles, los comerciantes y artesanos.

El emperdor Federico I Barbarroja. Miniatura de un manuscrito de 1188, Vatican Library.

Federico I intentó restaurar la autoridad del emperador en el Imperio (Honor imperii), así a nivel alemán trató de asegurar su autoridad al extender las red feudovasallática a personas fieles, reconciliándose con los Güelfos, con su propio primo Federico, hijo de Conrado III, creando el ducado de Austria en 1156, el margraviato de Brandenburgo, reconociendo como rey al duque de Bohemia en 1158 o confiando a una nobleza de servicio de origen servil (ministeriales), los territorios ampliados de dominio regio como en Suabia, Franconia o Misnia.

Pero fue la necesidad de recursos financieros la razón esencial del interés mostrado por los emperadores hacia Italia, donde al reclamar el pago de derechos reales (regalia), esperaban obtener beneficios, dado el incomparable desarrollo económico del territorio. Y es en este sentido, como Federico Barbarroja trató de recuperar y explotar los regalia sobre las florecientes ciudades italianas. Su campaña de 1154 inició una lucha de casi doscientos años por imponer la autoridad imperial en el regnum italicum.[55]

A comienzos de su reinado, Federico mantuvo buenas relaciones con el papado, y en el Tratado de Constanza (23 de marzo de 1153), los representantes del Rey de romanos y del Papa Eugenio III (1145 – 1153) acordaron establecer un status quo y conservar los elementos esenciales del orden tradicional, en el que emperador protegía al Papa y le aseguraba la soberanía sobre la Iglesia, y por su parte, el Papa apoyaba al emperador en su ejercicio de poder, pero el pontífice murió antes de que pudiera coronar emperador a Federico.

En su campaña de Italia de 1154, previo a ser coronado emperador, el rey de romanos Federico I, en la primera de sus dietas en Roncaglia (1154) escuchó las quejas de Lodi, Pavía, y Cremona contra Milán, entre otras, y prohibió la alienación de feudos sin consentimiento del señor feudal; en la campaña de Federico, sometió a Asti, Chieri y Tortona, entró en Pavía, donde fue coronado en rey de Italia el 17 de abril de 1155;[56] y en Roma para ser coronado emperador, el tratado de Constanza fue ratificado de nuevo, aunque en apariencia, puesto que el nuevo Papa Adriano IV (1155 – 1159) necesitaba al emperador para sofocar la revuelta de Arnaldo de Brescia en la comuna de Roma, y librarle de la amenaza normanda, aspecto último que no cumplió, pues tuvo que regresar a Alemania, aunque antes puso a Milán bajo la proscripción (ban) del imperio por negarse a responder a cargos presentados contra ella por Lodi, Pavía y Cremona, y trasfiriendo sus privilegios a Cremona, pero sin poder hacer algo más. De esta manera el Papa, aislado, tuvo que pactar con los normandos en Benevento (1156), lo que contravenía el tratado de Constanza. Los roces quedaron de manifiesto en la dieta de Besançon (octubre de 1157), donde los legados pontificios cardenales Bernard de San Clemente y Rolando Bandinelli entregaron una carta del Papa Adriano IV, en la que la traducción alemana del canciller imperial Rainaldo de Dassel implicaba que el emperador recibía el imperio del papa en feudo como su vasallo. Pero los legados imperiales no protestaron la traducción, y el Papa Adriano IV sólo negó la interpretación de beneficium hecha por Rainaldo cuando ya se había producido la reacción airada del emperador. En Italia, Milán había reconstruido Tortona, y derrotado a Pavía, Novara y al marqués de Montferrato.

Retrato de Rainaldo de Dassel en el relicario de los Reyes Magos de la Catedral de Colonia.

En la segunda campaña de Italia de 1158, no buscó un acercamiento con el papado, sino como un gobernante decidido a restaurar el orden en sus dominios y establecer agentes imperiales en las ciudades. Después de haber sometido Milán, que había intentado oponérsele (aunque le reconoció la autonomía de elección de los cónsules con confirmación imperial)y liberado Como y Lodi, convocó una Dieta en Roncaglia (noviembre de 1158), donde contó con juristas de la Universidad de Bolonia, para definir y establecer una relación de los regalia imperiales, que producían un enorme ingreso de recursos, y que derivaban del dominio imperial sobre caminos, ríos, salinas y minas, al cobro del fodrum para sufragar los gastos militares, a las percepción de multas y peajes, a los bienes de los condenados, o a la acuñación de moneda.

Fueron los ministeriales (Dienstmänner), con el cargo de podestà, los que se convirtieron en la espina dorsal de la administración imperial en Italia, sirviendo al Emperador al exigir los regalia y para administrar la jurisdicción que las comunas habían usurpado procedente de los conflictos con los obispos. Pero sus políticas agresivas en establecer un régimen imperial directo en Italia, y la encomendación de la administración del reino italiano a alemanes, polarizaron la resistencia en torno a Milán y el papado. Los obispos alemanes y algunos abades tuvieron que proporcionar hombres y dinero, y algunos de ellos se lanzaron sin reservas a la guerra como los arzobispos de Colonia, Rainaldo de Dassel (1159-1167) y Felipe de Heinsberg, (1167-1191), como archicancilleres de Italia; por el contrario el apoyo de los príncipes laicos, era esporádico, incluso en momentos críticos no apoyaron al emperador, como la negativa del más grande de ellos, Enrique el León en 1176, que trajo consigo la derrota del emperador en la Batalla de Legnano.

La tercera campaña de Italia coincidió con la muerte de Adriano IV en 1159 reveló una división entre los cardenales. Una facción pro-imperial apoyó Víctor IV (antipapa 1159-64) y la otra a Alejandro III (1159-81). El emperador convocó un Concilio que, con escasa participación, se celebró en Pavía (febrero de 1160) y en el que el emperador apoyó a Víctor IV junto con gran parte del obispado alemán, pero el antipapa Víctor encontró poco apoyo más allá de las fronteras del imperio, fracasando los movimientos diplomáticos del emperador en este sentido.

Después de que las tropas imperiales emprendieron la destrucción de Milán en 1162, con apoyo de Pavía, Cremona, Lodi y Como, asegurando su dominio en Lombardía, el emperador retornó brevemente a Alemania, pero de nuevo emprendió una nueva campaña en Italia (1163) para someter a los normandos, malograda ya que sus aliados imperiales Pisa y Génova se enzarzaron en una nueva guerra, y el patriarca de Grado, con apoyo de Venecia, organizó la Liga anti-imperial de Verona en abril 1164 (con Verona, Treviso, Vicenza y Padua), para resistir a las pretensiones imperiales.

Una vez asegurado el apoyo del obispado alemán al nuevo antipapa Pascual III (1164-68) en la asamblea de Wurtzburgo (1165), Federico I reemprendió el camino a Italia en verano de 1166, para afirmar su autoridad definitivamente, en la la dieta de Lodi (1166) rechazó las exigencias de las ciudades italianas y se dirigió a Roma para expulsar al Papa Alejandro III, mientras, Cremona, que había sido fiel aliada del emperador, se revolvió contra él, y junto con Crema, Brescia, Bérgamo, Mantua y Milán, crearon la liga cremonense en el juramento de Pontida el 7 de abril de 1167. Vuelto a ser coronado emperador por el antipapa Pascual III en Roma en agosto, el emperador tuvo que abandonar precipitadamente la ciudad ante una devastadora epidemia de malaria entre sus tropas, lo cual fue aprovechado para fusionar la liga de Verona y de Cremona en la Societas lombardie[57] (Liga lombarda) el 1 de diciembre de 1167, que expulsó a Alemania al maltrecho ejército de Federico I asentado en Pavía. Esta Liga fue compuesta inicialmente por 16 ciudades, y más tarde ampliada a 20, incluyendo Milán, Venecia, Mantua, Padua, Brescia, y Lodi; fue respaldada desde sus comienzos por el Papa Alejandro III, que vio en ella una buena aliada contra su enemigo el emperador Federico I Barbarroja.

Federico I no estuvo en condiciones de regresar a Italia hasta 1174. El 29 de mayo de 1176, se enfrentó en Legnano con sus enemigos de la Liga Lombarda, bajo la dirección de Milán, pero las fuerzas imperiales fueron tan definitivamente derrotadas, que tuvo que reconocer al papa Alejandro III en octubre de ese año (tratado de Anagni), y pactar una tregua en Venecia en mayo de 1177. Después de 6 años de tregua, en la paz de Constanza (1183) el emperador tuvo que garantizar a las ciudades lombardas las libertades y la jurisdicción comunales y el disfrute de casi todos los regalia (especialmente de reclutar ejércitos, ejercer jurisdicción dentro de sus muros, y administrar sus finanzas salvo una suma para el tesoro imperial), pero retuvo la fidelidad de las ciudades lombardas, designando jueces de apelación en cada ciudad, así como manteniendo puntos fortificados en el campo, y mayor dominio sobre las zonas rurales. Además, mantenía su poder y administración directa en Ancona, Espoleto y Toscana, lo que le permitía intervenir en el valle del Po y en los dominios pontificios, lo que redobló los temores del Papa, de modo que el emperador como rey de Italia no había visto significativamente mermadas su autoridad real tal y como estaba en 1158, al iniciarse la querella.

Después de consagrar su política entre 1158 y 1177 a Italia, donde fracasaron sus aspiraciones, Federico se replegó a Alemania donde se aseguró el control de la Iglesia alemana y despojó a su primo Enrique el León de sus territorios (que fueron divididos y otorgados a otros príncipes) y fue exiliado. Federico I lanzó su última expedición a Italia en 1184, aliándose con Milán para asegurar el dominio imperial sobre Toscana e hizo casar a su hijo Enrique, Rey de romanos con Constanza, tía del rey Guillermo II de Sicilia en 1186. Esta nueva orientación política del Emperador, con el trasfondo de las elecciones episcopales disputadas, derivadas del cisma, reabrió la oposición y enemistad de los Papas Lucio III (1181-1185) y Urbano III (1185–1187). Clemente III (1187-91), con la atención puesta en la puesta en marcha de una nueva cruzada, promulgada en la bula Audita tremendi ante la caída de Jerusalén, hizo las paces con el Emperador, quien consiguió del Papa los spolia y los regalia de obispados vacantes y abadías. En marzo de 1188, en la dieta de Maguncia, el emperador Federico I comenzó los preparativos de la Cruzada, pero falleció ahogado en Cilicia el 10 de junio de 1190. Le sucedió su hijo Enrique VI, quien como rey de romanos ya estaba en confrontación con una revuelta de los güelfos tras el desembarco de Enrique el León en noviembre de 1189 y sostenida con apoyo inglés, ya que Ricardo Corazón de León era cuñado de Enrique el León.

El emperador Enrique VI. Codex Manesse, aprox. 1300

Dado que la esposa de Enrique VI era la heredera al trono de Sicilia, al fallecer su sobrino Guillermo II en 1189, Enrique dirigió sus miras a ser coronado rey y dominar el sur de la península. Pero a la muerte de Guillermo II, la nobleza del reino apoyó Tancredo de Lecce (1190-94), al que Papa Celestino III (1191–1198) reconoció como rey. Tras ser coronado emperador, Enrique VI fracasó en conquistar Nápoles en 1191, tuvo de retirarse por una epidemia de tifus.

Pero la posición del emperador dio un vuelco en 1194, puesto que llegó a un acuerdo con Enrique el León en la primavera de 1194, y obligó al rey Ricardo Corazón de León a garantizar el mantenimiento del acuerdo como una de las condiciones (aparte de 150.000 marcos de plata) para liberarlo del cautiverio de padecía desde 1192 tras ser apresado a su regreso de las Cruzadas. Con la retaguardia alemana pacificada, emprendió la campaña de la conquista de Sicilia en 1194, donde ya había muerto poco antes el rey Tancredo, y Guillermo III era menor de edad. Con la ayuda de pisanos y genoveses, Enrique entró en Palermo y fue coronado rey en el día de Navidad. Como rey de Sicilia tuvo el propósito de establecer la autoridad alemana sobre la burocracia del reino siciliano, e integrar su administración en la del imperio, empleando para ello, a los ministeriales imperiales. Para asegurar la ruta terrestre entre el reino de Italia y el reino de Sicilia, confió al ministerial Markward de Annweiler, el ducado de Rávena y la marcha de Ancona como feudos hereditarios. Sin embargo, murió de tifus en 1197 mientras preparaba una Cruzada, dejando a su hijo Federico Roger, de menos de tres años, como rey de Sicilia y rey electo de Romanos en el Imperio.

Inocencio III y Otón IV

Otón IV y el papa Inocencio III se dan las manos (de Heidelberg, Cod. Pal. germ. 19-23, 1450).
El rey de romanos Felipe de Suabia (Miniatura ca.1200, San Galo).

A la muerte de Enrique VI, los príncipes, no deseando un largo periodo de minoría regia, desdeñaron la elección del rey niño y se decantaron por su tío Felipe de Suabia, hermano de Enrique VI, al que eligieron rey de romanos en 1198, pero una facción opositora dirigida por el arzobispo de Colonia y financiada por el rey inglés Ricardo I, eligió como rey rival a un güelfo, Otón de Brunswick, hijo de Enrique el León. La viuda de Enrique VI ya se había retirado de la política alemana para coronar a su hijo Federico Roger como rey de Sicilia, falleciendo poco después dejando como tutor del rey, al suzerano del reino, el Papa Inocencio III (1198-1216), quien por otra parte, reconoció en 1201 al güelfo Otón IV frente a Felipe de Suabia.

Mientras, en el norte de Italia, la política siciliana de Enrique VI permitió a las comunas recobrarse de la reaserción del poder imperial posterior a la paz de Constanza en 1183, a lo que se añadió la guerra civil tras la doble elección de 1198, en la que las ciudades recobraron o alcanzaron plena autonomía. En este contexto, el Papa Inocencio III anexionaba Espoleto, Ancona, y tierras de Romaña, y en Toscana, que había sido gobernada por un marqués imperial, el Papa apoyaba la constitución, en noviembre de 1197 en S. Ginesio, de una Liga Toscana, que encabezada por Florencia, se estableció para defender y agrandar los derechos de la sede apostólica, junto con Siena, Arezzo, Pistoia y Lucca,[58] debilitando así el poder imperial, a la que se opuso Pisa, que había obtenido de los Hohenstaufen beneficios sobre la costa Toscana y en las islas de Córcega, Elba, Capraia y Pianosa.

Cuando en junio de 1208, muere asesinado Felipe de Suabia, Otón quedó sin rival, y marchó a Italia para ser coronado emperador en octubre de 1209, pero también para restaurar su autoridad en el reino italiano, llevando un mensaje conciliador.[59]

A pesar de que en marzo de 1209, el Rey de romanos Otón IV aceptara renunciar a toda intervención episcopal (presiones electorales o resolución de casos dudosos) garantizando las apelaciones a Roma, renunciara a beneficiarse de los regalia o spolia de las sedes vacantes, y renunciara a cualquier aspiración al reino de Sicilia, en los Acuerdos de Espira,[60] no obstante, no tenía intención de renunciar a las reclamaciones imperiales en Italia, así que recuperó Espoleto y Ancona, intentó ejercer el poder en Lombardía y atacó la parte continental del reino siciliano, lo que le condujo a ser excomulgado por el Papa (1210). Ante esto, Inocencio III buscó el apoyo en el rey de Sicilia, al que patrocinó como Rey de romanos, de nuevo, en 1212, a cambio de que confirmara permanentemente los acuerdos de Espira en la bula de oro de Egra (12 de julio de 1213), esto es, la libertad de elecciones episcopales, renuncia a las rentas y jurisdicción de los eclesiásticos, y a los territorios pontificios (incluyendo Ancona, Espoleto, Rávena y la Pentápolis, como las tierras toscanas de la condesa Matilde), así como prometer no reunir Sicilia con el Imperio. Tras la derrota de Otón en Bouvines (1214), fue definitivamente depuesto, y Federico fue, por tercera vez, elegido rey de Romanos, en 1215, aunque la contienda civil no finalizaría hasta 1218 con la muerte de Otón IV, con extensión a Italia.

El apoyo del papa Inocencio III a un Hohestaufen, varió temporalmente la situación política italiana, el marqués de Este como otros güelfos permanecieron fieles a la Iglesia incluso en contra de un emperador güelfo, pero Milán se mostró partidaria de Otón, y con ella una liga de ciudades, y aunque Milán sometió a Pavía en 1217, su empuje se paralizó en la batalla de Ghibello (1218).

La política comunal reflejaba la polarización de estos conflictos entre el Papa y el Emperador. De una forma general, los güelfos eran partidarios de las libertades comunales y del Papa, mientras que los gibelinos eran partidarios del orden y del Emperador, y así los gibelinos acusaban a los güelfos de favorecer la anarquía, mientras que los güelfos hacían la acusación contraria a los gibelinos de apoyar a la tiranía. En Florencia, una querella familiar entre las familias Buondelmonte (partidarios del Papa) y la Amidei (partidarios del Emperador) en 1215, ha marcado tradicionalmente el inicio de la querella entre güelfos y gibelinos en el territorio italiano.

Política comunal en el siglo XIII

Las líneas políticas de la vida urbana en Italia ya habían sido esbozadas y gestadas desde mediados del siglo XI, en base a las controversias políticas internas derivadas del movimiento de reforma monacal, pero estas controversias no consistían meramente en una dicotomía entre lo laico y lo clerical, sino en una lucha por los derechos ciudadanos, especialmente acerca de la propiedad. La querella entre el emperador Federico II y los papas Gregorio IX (1227–1241) e Inocencio IV (1243-1254), sin duda, contribuyó a dar forma a las facciones políticas en el norte de Italia durante el siglo XIII, con la aparición de los partidos papales e imperiales, denominados güelfos y gibelinos respectivamente. En este contexto, las alianzas entre los obispos y las comunas se hicieron más habituales en el siglo XIII, dado que el poder eclesiástico se presentaba como garante de la independencia comunal frente a imperio, mientras que la ideología imperial se impulsaba en gran medida desde el mundo rural, aunque sin excluir, que las controversias con obispos fueron una característica inevitable en la escena urbana italiana.

El conflicto en torno a la Iglesia y el Imperio influyó en los acontecimientos políticos en Italia, pues en las comunas italianas güelfos y gibelinos pugnaron por alcanzar el poder urbano de modo que los que estaban en el poder expulsaban a sus adversarios, destruían sus casas y les confiscaban sus posesiones; pero además bajo estas pugnas subyacían factores locales y regionales. Así tenemos que durante el siglo XIII, Milán, Génova, Bolonia, Perugia y Venecia (que no pertenecía al reino italiano) fueron las principales ciudades güelfas, mientras que Pisa, Cremona, Padua, Módena y Siena, lo fueron del campo gibelino; y la rivalidad de la ciudad contra otra fue un factor importante a para que cada ciudad se adscribiera a un bando determinado: Pavía y Cremona eran gibelinas porque Milán (junto con Brescia y Piacenza) era güelfa; Florencia era güelfa, al ser la cabeza de la Liga Toscana, y Lucca también, ya que necesitaba la protección florentina; en cambio Siena era gibelina, ya que necesitaba el apoyo imperial contra Florencia y su propia nobleza; Pisa era gibelina por hostilidad a Florencia y por requerir ayuda imperial para contrarrestar las glorias marítimas de Génova. Pero el apoyo del Papa a las comunas para evitar las intervenciones imperiales en Italia, van a afirmar la independización efectiva de las mismas.

Palazzo del Podestà (Mantua)

No obstante, son las divisiones entre el patriciado terrateniente y el popolo las que caracterizan la política urbana a comienzos del siglo XIII, variando en importancia desde un lugar y momento a otro según las inquietudes respecto de los derechos ciudadanos. Frente a esto, el régimen del Podestà (originado en la segunda mitad del siglo XII por designaciones imperiales), pretendía proporcionar una mayor estabilidad y protección contra la violencia. El podestá era elegido por la Asamblea General del Pueblo (Consejo General), y se encomendaba a un extranjero (de otra comuna), para evitar su involucración en las querellas internas de la ciudad. El podestà controlaba el cumplimiento de la justicia y la ejecución de las leyes, durante un mandato de un año. En la ciudad de Roma, presa de las querellas entre familias nobles, que se saldaba incluso con la expulsión del Papa de la ciudad, este cargo se denominaba senador. La preferencia por los funcionarios profesionales, ya en la época de Federico II, apuntaba a prevenir el engrandecimiento militar de un Ezzelino da Romano o un Azzo de Este y para defender los valores comunales.

Federico II y Conrado IV

El emperador Federico II, procedente del libro De arte venandi cum avibus (Biblioteca Vaticana, Pal. lat 1071), final del siglo XIII.

El apoyo del Papa Inocencio III otorgado a Federico II, frente a Oton IV, vino también mediatizado por la renuncia de Federico al trono de Sicilia en su hijo Enrique, para así verse libre el Papa de la tenaza imperial. En 1215, Federico II fue coronado rey de romanos y reconocido en el IV concilio de Letrán, y tomó la cruz para unirse a la cruzada. Inocencio III murió en 1216, y su sucesor Honorio III (1216–1227) prosiguió con los preparativos de la Cruzada, sin embargo, el rey Federico II, debido a sus problemas en Alemania para hacer valer su autoridad, no estuvo presente en la misma.

En Italia, Milán, que había apoyado a Otón, se opuso a Federico, negándole la corona férrea y estableciendo una liga con el conde Tomás de Saboya y las ciudades de Crema, Piacenza, Lodi, Vercelli, Novara, Tortona, Como y Alejandría para expulsar a los gibelinos de Lombardía, encabezados por Cremona y Pavía, pero fueron derrotados en junio de 1218, en Ghibello. De esta forma se allanó la entrada Italia de Federico en 1220. En junio de 1226, el Emperador se reconcilió con el conde de Saboya Tomás I, y le designó vicario imperial y legado de Italia.[61]

Entretanto, el rey Federico, ya había reasumido el título real siciliano en 1217, y reclamó a su hijo Enrique hacia Alemania, donde le hizo elegir co-rey de romanos en abril de 1220, otorgando amplios derechos soberanos a los príncipes eclesiásticos en el Confoederatio cum principibus ecclesiasticis y con el consentimiento papal, lo que sancionaba una futura unión de Sicilia con el Imperio, ante esto, el Papa Honorio III, de momento siguió contemporizando con Federico II, ya que una ruptura con el rey alemán habría destruido la posibilidad de una cruzada exitosa. En junio de 1219, el Papa huyó de Roma, pero Federico II medió su regreso y su reconciliación con las familias romanas en septiembre de 1220, siendo coronado emperador en noviembre de 1220, y renovando la promesa de ir a la Cruzada. Posteriormente a su coronación imperial, fortaleció su poder en Sicilia con las Assises de Capua (1220) e interfiriendo en las elecciones episcopales, sin embargo, continuó retrasando su partida a Tierra Santa, aunque enviaba tropas y ayuda. La quinta cruzada fracasó con la pérdida de Damieta en septiembre de 1221, y el Papa con el regente del reino de Jerusalén Juan de Brienne pactaron con el Emperador los esponsales con la reina Yolanda de Jerusalén, para asegurar su presencia en una nueva cruzada, que de todas maneras se postergó durante dos años en el tratado de San Germano de 25 de julio de 1225.

Federico II convocó una Dieta Imperial en abril de 1226 en Cremona, para reforzar la autoridad en Italia y preparar la Cruzada. Las comunas lombardas reaccionaron en San Zenón (Mantua), reconstituyendo por 25 años la Liga Lombarda, el 6 de marzo de 1226, compuesta por Milán, Bolonia, Vicenza, Mantua y Treviso, a las que se sumaron Brescia, Padua, Piacenza, Verona, Lodi, Faenza, Crema, Ferrara, Bérgamo, Alessandria, Turín y Vercelli, el conde de Biandrate y el marqués de Montferrato.[62] [63] Sin embargo, Módena, Reggio, Parma, Cremona, Génova, Pavía y Asti se pusieron de parte imperial y la dieta se llevó a cabo junio, en Borgo San Donnino.[64] El emperador declaró a las comunas de la Liga reos de lesa majestad y les anuló sus privilegios, por otra parte obtuvo tropas para la Cruzada y para combatir y erradicar la herejía, no obstante, el conflicto abierto no comenzó hasta 1236.

El papa Gregorio IX, procedente de Universitätsbibliothek Salzburg, M III 97, 122rb, ca. 1270.

Tras el fallecimiento de Honorio III, Ugolino de Segni, sobrino de Inocencio III, aceptó la tiara como Gregorio IX el 19 de marzo, 1227. Ugolino de Segni, ya había actuado como legado plenipotenciario de Lombardía y Toscana en 1217, mediando con éxito en los conflictos de las comunas, entre Pisa y Génova en 1217, entre Milán y Cremona en 1218, y entre Bolonia y Pistoia en 1219; y predicando la Cruzada, y el mismo Federico II, en su coronación imperial de 1220, tomó la cruz de Ugolino y el voto de emprender la Cruzada para la Tierra Santa en agosto de 1221. Días después de su entronización, el Papa Gregorio IX conminó el cumplimiento del voto del Emperador, de emprender la Cruzada, que durante años había postergado. Federico II zarpó el 8 de septiembre de 1227 desde Brindisi, pero regresó tres días más tarde debido a una epidemia en el ejército, y que él mismo se gravemente enfermo. Gregorio IX, no le creyó, pues ya había retrasado su partida en varias ocasiones, y el 20 de septiembre de 1227, el Papa excomulgó al Emperador. Por su parte, el Emperador redactó un manifiesto condenando la decisión del Papa, este manifiesto fue leído públicamente en el Capitolio de Roma, tras lo cual lo gibelinos iniciaron una insurrección, que obligó al Papa a huir de Roma. Por su parte, el clero alemán se mantuvo partidario del Emperador.

A pesar de la excomunión, el Emperador inició de nuevo la Cruzada el 28 de junio de 1228, y ante las noticias de que el Papa había invadido el reino siciliano regresó a Italia en mayo 1229, derrotó al Papa, y ambos bandos pactaron la paz en los tratados de San Germano el 20 de julio de 1230, y de San Ceprano, el 28 de agosto de 1230, de manera, que Federico II devolvía al Papa los territorios pontificios ocupados y las posesiones del Papa en Sicilia, y el Papa levantaba la excomunión al Emperador, y también se acordó la paz con la Liga lombarda.

El Rey de romanos Enrique Hohenstaufen recibe el homenaje en Würzburg, procedente de la Crónica del obispo Lorenz Fries (mediados del siglo XVI).

Durante la década de 1230, el Emperador llevó a cabo políticas distintas y complementarias en sus dominios, mientras en Sicilia fortaleció el poder monárquico con las Constituciones de Melfi (Liber Augustalis) de 1231 y la mejora de la política económica, en cambio, en Alemania apuntaló el ejercicio de poder de la alta aristocracia para poder disponer de recursos militares y financieros para sus campañas militares. Pero la política del emperador Federico II, chocó con la de su hijo el Rey de Romanos Enrique, que mantenía una política favorable a las ciudades, lo que le puso en contra de la aristocracia, que a su vez le forzó a concederles privilegios en detrimento del poder real y en contra de las ciudades (Privilegio de Worms),[65] en mayo de 1231. El Rey de Romanos siguió manteniendo una posición contraria al Privilegio de Worms, rehusando participar en la dieta de Rávena (fines de 1231 y comienzos de 1232) que pretendía afirmar el poder imperial sobre las comunas y que provocó una reactivación de la Liga Lombarda, pero reconciliado con su padre, el Emperador confirmó el Privilegio de Worms en mayo de 1232 en el Statutum in favorem principum, para garantizar del apoyo de los príncipes en Alemania y así proseguir su política en Italia; y al regresar a Alemania, el rey Enrique publicó un manifiesto a los príncipes y se erigió en símbolo de la revuelta en Boppard en 1234. Federico II reaccionó y proscribió a su hijo el 5 de julio de 1234, y Enrique llevó a cabo una alianza con la Liga Lombarda en diciembre. Abandonado por la mayor parte de sus seguidores, tuvo que rendirse a su padre el Emperador, el 2 de julio de 1235 en Wimpfen; y dos días después, Federico II y la nobleza juzgaron a Enrique en Worms y lo destronaron, su hermano menor Conrado fue elegido Rey de Romanos. En la Reunión Imperial (Reichsversammlung) de Maguncia, el 25 de agosto de 1235, el Emperador promulgó la primera ley de paz territorial (Landfriedensgesetz).

Una vez pacificada Alemania, Federico pasó a la ofensiva contra la liga lombarda, junto con los gibelinos, a la que derrotó completamente en la Batalla de Cortenova (noviembre de 1237), y en Piamonte reforzó el partido gibelino. Pero el Emperador deseoso de obtener la rendición total de las comunas de la Liga, desechó los ofrecimientos de paz y la campaña prosiguió con única resistencia de Milan, Brescia, Bolonia y Piacenza, pero en octubre de 1238 tuvo que levantar el sitio de Brescia. El Papa Gregorio IX, temiendo que los éxitos del Emperador pondrían en peligro su independencia de acción, aprovechó la coyuntura alineándose con la Liga Lombarda y excomulgó de nuevo a Federico en 1239.

El Emperador nombró legado imperial a su hijo Enzo, rey de Cerdeña, quien se adentró en los territorios pontificios del Romaña, Marca de Ancona y el ducado de Espoleto; mientras el Emperador se dirigió con su ejército hacia Lombardía para apoyar a Pavía y Cremona, y someter, infructuosamente, a Milán, y en este contexto se abrió el Paso de San Gotardo para una mejor comunicación entre Alemania e Italia; en cambio en Toscana tuvo mayor éxito en someter a las comunas güelfas, asediando los territorios pontificios, con éxitos notables como la toma de Rávena o de Faenza. El Papa convocó un Concilio en Roma para deponer al Emperador, pero las naves pisanas dirigidas por Enzo de Cerdeña y el Almirante Buzaccherini capturaron la flota genovesa que llevaba a los cardenales que iban al Concilio en la Isla del Giglio, el 3 de mayo de 1241. El Emperador se dirigió a Roma, pero el Papa murió y Federico II, diplomáticamente se retiró antes de entrar en la ciudad.

La última década del reinado de Federico II marcó el fin del sistema imperial en Italia. El Emperador no pudo reunir los recursos necesarios para someter la rebeldía en el territorio. Como rey de Sicilia subordinó los intereses del reino a la necesidad de dinero para luchar contra el norte. Y en Italia, más que un restaurador del ideal de imperio, tuvo que apoyarse en fuerzas locales, especialmente en los hermanos Ezzelino y Alberico da Romano, quienes realmente se beneficiaron de la querella imperial al afianzar y ampliar su base de poder en Verona en detrimento de ciudades como Padua, Vicenza y Brescia. Esto le supuso al Emperador la oposición de anteriores partidarios, como Azzo de Este.

A pesar de un periodo de interregno papal, la lucha continuaba en el norte de Italia, llevada a cabo por Enzo de Cerdeña y Ezzelino da Romano contra los güelfos. Una vez elegido Inocencio IV (1243 - 1254), el Emperador trató de hacer las paces ya que el Papa pertenecía a una familia gibelina, pero las negociaciones no fructificaron ya que el Emperador no estaba dispuesto a restituir al pontífice los territorios conquistados, ya que aunque el propio Federico II los había donado al Papa, el Papa Gregorio IX había traicionado al Emperador. Después de la captura imperial de Viterbo (1243), el Papa sintiéndose inseguro en Roma huyó a Lyon, donde convocó un Concilio Ecuménico con el fin de deponer al Emperador, y que se celebró en julio de 1245.

En Alemania, el rey de romanos Conrado IV tuvo que hacer frente a dos sucesivos reyes apoyados por el Papa, Enrique Raspe (1246-1247) y Guillermo de Holanda (1247-1256); y en Italia, el emperador Federico II volvió a fracasar en su intento de tomar Milán (1245), pero mantuvo sus posiciones nombrando a su hijo Federico de Antioquía, vicario imperial de Toscana (1246). Federico partió a Sicilia y entretanto, Milán ya se había puesto de parte de Enrique Raspe.

Carga de la caballería parmesana contra el campo imperial en la Batalla de Parma (1248), de un antiguo manuscrito.

Federico II regresó al norte de Italia con refuerzos y dinero en la primavera de 1247, pero en junio, la ciudad de Parma, de importancia estratégica para el Emperador, se puso de parte de los güelfos, de modo que se fueron concentrando refuerzos güelfos para defender la ciudad y refuerzos gibelinos para llevar a cabo el asedio para lo que construyeron una nueva ciudad denominada Vittoria. El 18 de febrero de 1248, mientras el Emperador realizaba una partida de caza, los güelfos aprovecharon el momento de baja defensa de la ciudad, para obtener una aplastante victoria, de forma que la ciudad de Vittoria fue incendiada, y los güelfos de apropiaron del tesoro imperial, incluyendo la corona imperial (que sería devuelta al emperador Enrique VII).

Si bien la Batalla de Parma terminó con el exitoso ímpetu que el Emperador había mostrado en su lucha contra el Papa y los güelfos, Federico II, se recobró pronto y rehizo un nuevo ejército. Hasta su muerte, la lucha continuó con victorias y derrotas por ambas partes.

Tras la batalla de Parma, Inocencio IV pudo emprender la reconquista de territorios de Espoleto, Romaña y la Marca, y además Milán reconoció al nuevo rey rival de romanos Guillermo de Holanda. Federico II saqueó los territorios de Parma, y se dirigió a Piamonte, donde aseguró su posición y nombró vicario imperial del noroeste del reino, al conde Tomás II de la Casa de Saboya. En enero de 1249, emprendió camino al reino siciliano, pasando por Pavía y Cremona, y por Toscana, en donde Federico de Antioquía, en una de sus campañas contra los güelfos, los había expulsado de Florencia. El Emperador siguió su camino de Pisa a Nápoles, a donde arrivó en mayo de 1249. Finalmente se estableció en Foggia, donde murió en 1250.

Entretanto, en mayo de 1249, el ejército compuesto por imperiales y gibelinos de Cremona y Módena fue derrotado por los güelfos de Bolonia, aunque esta victoria no fue decisiva, el hijo del Emperador, Enzo, fue derrotado y capturado en la Batalla de Fossalta, muriendo en el cautiverio en 1272. Sin embargo, el dominio gibelino en el norte de Italia estaba bien establecido, Ezzelino da Romano afianzaba su autoridad sobre Belluno, Feltro y numerosos castillos y fortalezas, el conde de Saboya controlaba los pasos de los Alpes, y tanto Lombardía, Milán, como Brescia perdieron arrojo ante los ataques de Ezzelino y de Oberto Pallavicino, quien por su parte llevó a cabo el afianzamiento al bando gibelino de Parma, Cremona, Piacenza, Pavía, Bérgamo y Lodi; y en los Estados Pontificios, el Papa había predicado la Cruzada contra Federico II, y las tropas alemanas y sicilianas combatían a las papales por el dominio de Umbría y la Marca de Ancona.

Retrato de Conrado IV, rey de romanos (1237-1254).

A la muerte del Emperador el 13 de diciembre de 1250, le sucedió su hijo Conrado IV tanto en Alemania, donde ya era rey de romanos, como en el reino de Sicilia, donde su hermano Manfredo actuaba como vicario suyo.

Como la posición del rey Conrado IV se debilitó tras la muerte de su padre, y ante el fortalecimiento del partido papal encabezado por el rey rival Guillermo de Holanda, Conrado IV se encaminó a finales de 1251 al reino siciliano por mar para asegurar allí su poder, evitando así el paso por el norte de Italia. A pesar de los intentos del Papa para ofrecer la corona siciliana a Edmundo de Lancaster, Conrado aseguró su posición en Sicilia por su captura de Nápoles en octubre de 1253. Sin embargo, Conrado IV fue excomulgado en 1254, pero murió de malaria en ese año en Lavello en Basilicata.

Conrado designó como heredero a su hijo Conradino, de dos años de edad, y como tutor, al Papa Inocencio IV. Inicialmente, el Papa reconoció las pretensiones hereditarias de Conradino, y por su parte, Manfredo aceptó, de modo que fue nombrado por el Papa como su vicario, levantándole la excomunión que le había declarado el Papa meses antes; y así el Papa entró en Nápoles el 27 de octubre de 1254. Sin embargo, Manfredo, no se resignó y organizó la resistencia, y el 2 de diciembre derrotó a las tropas papales en Foggia, el día 7, varios días después, murió en Papa en Nápoles.

Su sucesor, el Papa Alejandro IV (1254–1261), prosiguió la política contra los Hohenstaufen, manteniendo su intención de reemplazarlos en Sicilia con el príncipe inglés Edmundo de Lancaster, excomulgando a Manfredo en 1255. Sin embargo, Manfredo resistió a los intentos papales de invasión manteniendo su autoridad en el reino, como vicario de Conradino, y favoreció al gibelinismo en las comunas de Toscana, espacialmente en Siena.

Más al norte, en la marca trevisana, Ezzelino da Romano, señor feudal de Bassano y Pedemonte, que dominaba como capitán del pueblo las ciudades Verona, Vicenza, Padua, Feltre y Belluno, y su hermano Alberico, que gobernaba Treviso, excomulgados tras la muerte de Federico II, tuvieron que afrontar desde 1256 una cruzada por parte de una liga güelfa encabezada por Azzo de Este, señor de Ferrara, con tropas de Venecia, Bolonia, Mantua, y otros señores, incluyendo antiguos partidarios pasados a las filas güelfas como Oberto Pallavicino. Sin avances significativos por ninguna de las partes, finalmente, la cruzada llegó a su fin cuando en la batalla Cassano d'Adda en septiembre de 1259, los güelfos capturaron a Ezzelino, muriendo poco después, y al año siguiente su hermano Alberico.

Coronación de Manfredo de Sicilia de la Nuova Cronica de Giovanni Villani.

En el sur de la península, en 1258, aprovechando de rumores de que Conradino había muerto, Manfredo fue reconocido y coronado el 10 de agosto de 1258 como rey de Sicilia. A pesar de que la falsedad de la noticia se puso enseguida de manifiesto, el nuevo rey rechazó el abdicar resaltando la necesidad de un poderoso rey nativo. Sin embargo, el Papa, como suzerano del reino, declaró la coronación de Manfredo nula y reiteró una nueva sentencia de excomunión.

El interregno

A la muerte del rey de romanos Guillermo de Holanda en enero de 1256 se produjo un problema sucesorio por la elección del siguiente rey de romanos. En marzo, la ciudad de Pisa envió una embajada al rey de Castilla Alfonso X ofreciendo su sumisión y apoyo como cabeza de la Casa de Suabia y cabaza del partido gibelino, opuesto al Papa, de esta manera Pisa compensaba los beneficios de su rival Génova. Por otra parte, el rey castellano también hizo su intención de ser elegido rey de romanos, frente a lo cual, el rey de Inglaterra Enrique III propuso a su hermano Ricardo de Cornualles para ser elegido como rey de romanos.

Alfonso X, rey de Castilla y Léon, y rey electo de romanos y aspirante a la coronación imperial, intento conocido como el fecho del imperio; procedente del "Libro de retratos de los Reyes", 1594.

Tras gastar ambos grandes cantidades de dinero para sobornar a los electores, el 1 de abril, los partidarios de Alfonso, el arzobispo de Tréveris, y el Duque de Sajonia junto con los poderes otorgados por el margrave de Brandeburgo y el Rey de Bohemia Otakar I eligieron rey a Alfonso en Fráncfort, pero Otakar I, interesado en mantener la vacancia dio su voto a ambos candidatos. El rey castellano realizó grandes dispendios a sus partidarios para mantener viva su causa en Alemania; pero en Italia, el Papa Alejandro IV, se apercibió que la presencia de españoles favorecía la causa de los gibelinos. A pesar de todo, Alfonso X envió una embajada al Papa para lograr su legitimación, aquietando las suspicacias del Papa acerca de su gibelinismo, nada extremista.

A la muerte de Ezzelino da Romano (1259), los gibelinos tendieron ahora a unirse en torno a Manfredo, recientemente coronado como rey de Sicilia, sin que el Papa, suzerano del reino, estuviera dispuesto a reconocerlo, puesto que lo había vuelto a excomulgar de nuevo. En Toscana, una insurrección había traído de nuevo al poder a los güelfos en 1250, que emprendieron imponerse a los gibelinos toscanos, sometiendo las ciudades de Pistoia y Volterra, y hacer paces con Pisa, en 1258 expulsaron a los gibelinos de Florencia y tomaron refugio en la gibelina Siena, cuyo líder Farinata degli Uberti, se alió con Manfredo de Sicilia, a quien animó para proteger su reino que debía asegurar Toscana a los gibelinos, Manfredo dirigió sus miras al centro y norte de Italia, y conjuntamente con los gibelinos, derrotaron completamente a los güelfos (especialmente Florencia, Bolonia y Lucca) en Montaperti el 4 de septiembre de 1260, de forma que fue reconocido protector de Toscana por los florentinos gibelinos, y fue escogido senador de Roma por una facción de la ciudad, expulsando al Papa Alejandro IV. Además pudo nombrar vicarios en Toscana, Espoleto, Marca de Ancona, Romaña y Lombardía; mientras, los aragoneses hicieron acto de presencia, al acordar los esponsales del heredero del reino, Pedro, con la hija de Manfredo, Constanza.

En este momento, los gibelinos podían aspirar a la hegemonía sobre toda Italia y cualquier alivio a la terrible presión que éstos ejercían sobre el Papa era bien recibido: de ahí, que Alejandro IV acogiese bien a los embajadores castellanos prometiéndoles que en la querella imperial se atendría a la más estricta justicia. Tras una vacancia de tres meses, el patriarca de Jerusalén, Jacobo Pantaleón, de origen francés, es elegido en septiembre de 1261, nuevo Papa como Urbano IV (1261–1264), quien nunca pisaría Roma, y aunque mantuvo una teórica actitud de neutralidad entre los dos candidatos, el castellano y el inglés, no estaba dispuesto a que cualquiera de ambos candidatos pudiera sumar sus fuerzas a las de sus enemigos los gibelinos. Ante esto, ideó un arbitraje que le permitiera demorar su sentencia el tiempo que fuera necesario.[66]

Sin embargo, ante el avance arrollador de los gibelinos y a pesar de que Alfonso X intentaba ganarse a los güelfos manteniendo hostilidad hacia Manfredo, el Papa Urbano IV ignoró el acuerdo establecido por Alejandro IV con Edmundo, y se puso en manos de Francia, donde finalmente contó con la aprobación del rey Luis IX, para que su hermano Carlos de Anjou signara un acuerdo 15 de agosto de 1264, con el Papa por el que aceptaba la investidura del reino de Sicilia, y mientras, el Papa Urbano IV siguió dilatando su arbitraje sobre la disputa de la corona imperial. Carlos de Anjou inició una empresa implicando a la banca güelfa especialmente a Orlando Bonsignori, la cual se beneficiaría de los territorios del reino siciliano, con lo que esto iba en contra de los intereses catalanes.

Mientras el ejército angevino avanzaba por Italia con apoyo güelfo, el Papa Urbano IV falleció y fue elegido el también francés, Clemente IV (1265-1268), quien tampoco entró en Roma, bien establecido en Viterbo. Este Papa, mantuvo una actitud abiertamente favorable a Carlos de Anjou, y cuando éste alcanzó Roma por mar, fue elegido senador y coronado rey de Sicilia por los cardenales designados por el Papa, el 6 de enero de 1266. Cuando el ejército angevino llegó a Roma, Carlos emprendió la campaña contra Manfredo, quien salió de su letargo para encontrarse con los angevinos en la Batalla de Benevento, el 26 de febrero de 1266, donde el ejército siciliano fue derrotado y el propio Manfredo encontró la muerte. De esta manera, Carlos de Anjou logró hacer efectivo su control sobre todo el reino. Y de esta manera, se impulsó el güelfismo en Italia, como el establecimiento de Felipe della Torre en Milán, el marqués de Este en Ferrara, y en Florencia los gibelinos fueron de nuevo expulsados.

Por su parte, a pesar de que Alfonso X insistía en no favorecer al gibelinismo, con lo que se privó del único apoyo que hubiera podido disponer, los embajadores castellanos, aprovechando que el infante Enrique había apoyado la financiación de la empresa de Carlos de Anjou y puesto que estaba en la Corte pontificia, presionaron a Clemente IV para que pronunciase la sentencia a favor del rey castellano. Sin embargo, al haberse hundido la resistencia gibelina en Benevento, el Papa no consideró necesario mantener una postura contemporizadora con el rey castellano.

Conradino, rey de Sicilia y de Jerusalén; procedente del Codex Manesse (Folio 7r) (aprox. 1300).

Tras la batalla de Benevento, Carlos puedo extender su influencia por Lombardía, desde Vercelli hasta Treviso, y desde Reggio hasta Módena, y con Oberto Pelavicino sometido y reducido a Cremona y Piacenza, sólo se resistían a Carlos, las ciudades de Pavía y Verona;[67] su poder estaba consolidado en Piamonte, donde los pequeños nobles se sometieron a él para no caer bajo los más poderosos condes de Saboya o los marqueses de Montferrato, y Toscana fue sometida con la resistencia de Pisa y Siena. Sin embargo, los gibelinos no se resignaron, y urgieron la venida de Conradino, el hijo de Conrado IV y sobrino de Manfredo, quien a pesar de ser excomulgado en noviembre de 1267, entró en diciembre en Verona,[68] prosiguiendo su campaña por Pavía y Pisa; el mismo Papa Clemente IV, pidió el apoyo a Carlos de Anjou para derrotarlo. Mientras, su pariente, el infante castellano Enrique (don Arrigo), ya senador en Roma desde julio de 1267, reclamaba la posesión del reino de Cerdeña como beneficio de su participación en la empresa angevina. Ante la negativa, se sublevó en Roma, y aprovechando la ausencia del Papa asaltó la residencia papal e hizo prisioneros a todos los cardenales presentes. Se había pasado al bando gibelino, y fue excomulgado el 5 de abril de 1268; y en julio de 1268, Conradino fue recibido con gran entusiasmo en Roma. Sin embargo, el 23 de agosto de 1268 la fuerzas gibelinas fueron derrotadas en la Batalla de Tagliacozzo, que supuso el aplastamiento de los gibelinos y el triunfo definitivo de Carlos de Anjou, y tanto don Arrigo como Conradino fueron capturados. Y el 29 de octubre, Conradino, fue decapitado, y con su muerte y la de su tío Enzo de Cerdeña años después, la descendencia masculina de los Hohenstaufen desapareció.

Carlos de Anjou se convirtió así en un soberano poderoso, además de ser rey de Sicilia, era conde de Provenza y de Anjou, como cabeza del partido güelfo, era senador de la ciudad de Roma, el Papa le nombró vicario imperial en Italia durante el interregno, título con el que trató de beneficiarse de los derechos imperiales en las ciudades, y en el interregno de 33 meses siguiente a la muerte de Clemente IV intervino activamente en los Estados Pontificios, aseguró su poder en Toscana sometiendo a Siena y Pisa, lo que perjudicaba comercialmente a Génova, y se aseguró en la dieta lombarda de Cremona (1269) el control o el apoyo de las ciudades güelfas en el norte de Italia, así fue reconocido señor de Piacenza, Cremona, Parma, Módena, Ferrara, y Reggio, y estableció una alianza con las ciudades de Milán, Como, Vercelli, Novara, Alejandría, Tortona, Turín, Pavía, Bérgamo y Bolonia.[69] [70]

Además a todo eso, tuvo sus miras puestas en recobrar el Imperio Latino, lo que produjo los temores del emperador Miguel VIII Paleólogo, quien propuso la unión de las iglesias romana y griega.

Alfonso X, sin embargo, seguía reclamando sus derechos al trono alemán a través de las reclamaciones jurídicas. Desengañado de su colaboración con los güelfos, y de acuerdo con su cuñado Pedro, hijo del rey Jaime I, envió a un embajador, Raimundo de Mastagii, para atizar la resistencia recreando una nueva liga urbana contra los angevinos y concertó el matrimonio de su hija Beatriz con el marqués Guillermo VII de Montferrato en 1271, a quien nombró vicario imperial en Lombardía. El rey de Sicilia emprendió un guerra con la gibelina Génova desde finales de 1273, de modo que la ciudad se alió con el rey castellano. Guillermo de Montferrato logró formar una liga gibelina con Pavía, Lodi, Parma, Novara, Piacenza, Mantua, Tortona, Génova, Verona, también su primo el marqués de Saluzzo Tomás I, e incluso su tradicional enemiga la ciudad de Asti, y con una exigua ayuda del rey castellano derrotó a los angevinos en la batalla de Roccavione (10 de noviembre de 1275), lo que mermó la autoridad de Carlos de Anjou en Piamonte[71] y el marqués Guillermo de Montferrato amplió temporalmente su poder e influencia en Piamonte y Lombardía, y encabezó una liga junto con Vercelli, Novara, Tortona, Alessandria, Asti, Como y Pavía, y apoyando a los Visconti,[72] siendo nombrado señor de la ciudad en 1278, hasta que fue expulsado por el mismo que lo había nombrado, el arzobispo Otón Visconti, en 1282.

Gregorio X (1271–1276), el nuevo Papa elegido en septiembre de 1271, mostró una postura más contemporizadora con la unión de las Iglesias y reconciliadora con los gibelinos. Poco después de su coronación en marzo de 1272, murió el rey de romanos Ricardo de Cornualles (2 de abril), y el Papa, nada favorable a las pretensiones de Alfonso X, recomendó a los electores alemanes elegir un nuevo rey, el 29 de septiembre de 1273 fue elegido Rodolfo I de Habsburgo, finalizando así el interregno. Para obtener la aprobación del Papa, el nuevo rey de romanos renunció a todos los derechos imperiales en Roma, los territorios pontificios y Sicilia, además de prometer emprender una nueva Cruzada. De este modo, Rodolfo de Habsburgo fue finalmente reconocido por el Papa, el 26 de septiembre de 1274, tras haber invitado a Alfonso a renunciar el 11 de junio. Sin resignarse aún, Alfonso se dirigió al encuentro del Papa en Beaucaire, donde no obtuvo concesiones, renunciando a sus derechos en mayo de 1275.

El fin de los poderes universales

Lápida con la efigie de Rodolfo I de Habsburgo, rey de romanos, en su tumba en la Catedral de Espira.

La elección de Rodolfo de Habsburgo impulsó una reacción gibelina en el norte de Italia que enfrentó a Carlos contra Génova, Pavía, Mantua, Verona y Milán, que puso de manifiesto de nuevo, la inestabilidad política.

Los pontificados de Gregorio X (1272–1276) y Nicolás III (1277–1280) van a caracterizarse por establecer la unión de las iglesias griega y romana, sancionada en el Concilio de Lyon II (1274), y por una tendencia contemporizadora en las luchas de güelfos y gibelinos favoreciendo el regreso de los exiliados a sus ciudades, como la misión mediadora del Cardenal Latino Malabranca en Florencia en 1279, y este sentido Nicolás III frenó las ambiciones del rey siciliano, Carlos de Anjou, en el norte de Italia, al revocarle en 1278 su posición como Senador de Roma y como Vicario imperial en Toscana, incluso le comprometió a renunciar a las signoria de las ciudades italianas, así como contener su política agresiva contra el imperio bizantino. De esta forma, el Papa Nicolás buscaba un equilibrio de poder entre el rey de romanos Rodolfo de Habsburgo, y el rey siciliano Carlos de Anjou, limitando a éste último al sur italiano. En mayo de 1280, el papa Nicolás posibilitó un acuerdo entre Rodolfo y Carlos, por el que este último aceptaba Provenza y Forcalquier como feudos imperiales, y se arreglaba el matrimonio de Clemencia de Habsburgo (hija de Rodolfo I) con Carlos Martel de Anjou-Sicilia (nieto de Carlos de Anjou).

Y en cuanto a Rodolfo I, una vez reconocido como rey de romanos por el Papa Gregorio X, se iniciaron negociaciones para su coronación, que se vieron interrumpidas por la muerte del pontífice en 1276, y por las muertes prematuras de los tres papas sucesivos. En su intervención en Italia, designó a Napoleón della Torre de Milán como vicario imperial en Lombardía.[73] Y sobre todo va a renunciar a los territorios pontificios: las negociaciones con el papa Nicolás III (1277–1280), van a dar lugar a realizar un concordato en 1278 por el que se garantizaba al Papa los territorios del Patrimonio de San Pedro (entre Radicofani y Ceperano), el ducado de Espoleto, la marca de Ancona, y la Romaña,[74] [75] [76] aunque sin alterar el gobierno de dichos territorios;[77] dicha renuncia de derechos imperiales y de fidelidad vendría sancionada por Rodolfo I el 14 de febrero de 1279.[78]

De nuevo interrumpidas las negociaciones durante el pontificado antialemán[79] de Martín IV (1281–1285), su sucesor Honorio IV (1285–1287), quien siendo cardenal ya había tratado este asunto en época del papa Adriano V (1276), estableció la coronación imperial en Roma para 1287, pero las disensiones y guerras internas en Alemania imposibilitaron el viaje para su coronación. Rodolfo de Habsburgo murió en 1291, y los electores alemanes eligieron rey a un noble con escaso poder en la propia Alemania, Adolfo de Nassau.

Pedro III de Aragón, arriba a Sicilia tras las Vísperas Sicilianas. Bilioteca Vaticana.

A la muerte de Nicolás III, el rey Carlos de Anjou aseguró la elección de Simon de Brie, uno de los cardenales que le coronaron rey de Sicilia, como Martín IV (1281–1285). Este Papa, hechura de Carlos, le repuso en su cargo de senador de Roma, entregándole el gobierno en los Estados Pontificios, también cesó la misión conciliadora del Cardenal Latino Malabranca (sobrino de Nicolás III) en Toscana, con lo que la paz entre güelfos y gibelinos se colapsó. Rodolfo de Habsburgo, el rey de romanos, se apresuró a nombrar un vicario imperial, que animó a los gibelinos: Pisa, San Miniato, San Gimignano y Pescia le prestaron homenaje, mientras fracasaba una revolución gibelina en Siena en julio de 1281 y no fue admitido en las ciudades güelfas. Un pequeño ejército angevino invadió Piamonte en mayo de 1281 pero fue derrotado por el marqués de Saluzzo en Borgo San Dalmazzo, lo que supuso su práctica expulsión de Piamonte. También en Lombardía también se perdió a los güelfos, la derrota de los Torriani en Vaprio el 25 de mayo de 1281 frente a los Visconti mantuvo la hegemonía de los gibelinos, reconociendo la soberanía de Rodolfo de Habsburgo.[80] En otro frente, el papa Martín IV excomulgó al Emperador bizantino el 18 de noviembre de 1281, con lo que invalidó la unión de las Iglesias griega y romana, y permitió al rey siciliano el reiniciar los preparativos para la campaña de conquista de Constantinopla y restauración del Imperio latino, proyectada para 1283. Pero en marzo de 1282 los ciudadanos de Palermo atacaron la guarnición francesa, las Vísperas Sicilianas, y se destruyó la flota de la proyectada cruzada, esta revuelta se propagó por la isla de Sicilia, expulsando a los franceses, y el rey Pedro III de Aragón (yerno de Manfredo) fue proclamado rey de Sicilia: la participación del emperador bizantino Miguel VIII es fácilmente imaginable[81] puesto que la rebelión debió ser financiada con oro bizantino precisamente en el momento crítico de una nueva posible caída de Constantinopla. Los angevinos fueron relegados a la parte continental y mantuvieron el título de rey de Sicilia, con el apoyo de los papas sucesivos, como ejemplo, el papa Celestino V (1294) estableció la sede papal en Nápoles. Esto dio lugar a una larga guerra intermitente entre angevinos y aragoneses, pero la división entre el reino de Sicilia insular y el peninsular fue permanente, sin que el Papa pudiera impedirlo.

En Lombardía, prosigue el estado de guerra a causa de la disputa entre los Torriani y los Visconti, que polarizó a los numerosos señores de las ciudades alineándose de forma cambiante a uno y otro bando;[82] tras vencer a su rival güelfo Napoleón della Torre en la batalla de Desio en 1277, el arzobispo Otón Visconti obtuvo el gobierno de Milán, al que sucedió su sobrino nieto Mateo en 1287, sin embargo, la guerra con los Torriani continuó, el marqués Guillermo VII de Montferrato había sido designado señor de Milán por Otón Visconti, pero enemistado con él, el marqués fue expulsado en 1282, de modo que Guillermo VII, que era gibelino,[83] entró en alianza con los exiliados Torriani, que eran güelfos,[84] y así extendió su poder sobre Lombardía. En 1287, una liga de ciudades formada por Asti, Génova, Milán, Cremona, Piacenza y Brescia y el conde Amadeo V de Savoya, finiquitaron el poder del piamontés en 1290.[85] La posición de los Visconti aún no estaba asegurada, si bien el rey de romanos, Adolfo de Nassau, le había nombrado vicario imperial en Lombardía en 1294, confirmado por Alberto de Austria[86] [87] Mateo Visconti fue expulsado de Milán en 1302 ante una coalición de Cremona, Piacenza y Pavía, regresando los Torriani al poder milanés[88]

En Toscana, el 6 de agosto de 1284, los pisanos son derrotados por los genoveses en la isla de Meloria, lo que arruinó el poder marítimo de Pisa. Los pisanos entregaron el gobierno al conde Ugolino de Gherardesca, que logró detener la caída de Pisa de manos de una liga güelfa toscana (Florencia, Lucca, Pistoia, Volterra...), pero al practicar una política ambigua con güelfos y gibelinos en beneficio propio, pereció en una insurrección gibelina en 1288, que llevó al poder al conde Guido de Montefeltro aseguró el poder de Pisa frente a una nueva liga güelfa toscana, pactando la paz con las güelfas Florencia y Lucca en 1293. Mientras, en Florencia, la pacificación del cardenal Latino Malebranca (1280) había traído de regreso a los exiliados gibelinos, pero duró poco, una rebelión (1282) trajo al poder al rico popolo grasso, y debido a las querellas entre los nobles y entre ellos y el pueblo, en 1292 a instancias de Giano della Bella, la nobleza fue apartada completamente del gobierno, lo que se transmitió a otras ciudades toscanas como Lucca, Pistoia, Siena o Arezzo.[89] En Pistoia, la querella entre las dos ramas de la familia güelfa de los Cancellieri, conocidos como blancos y negros, provocó entregar la señoría a Florencia, y la querella se introdujo en esta ciudad.

Con el fracaso del emperador Federico II en dominar Italia, la península quedó sin impedimento dividida efectivamente en unidades políticas independientes y enfrentadas entre sí. En los años a caballo entre el siglo XIII y XIV, la guerra del rey Carlos II de Nápoles por recuperar la isla de Sicilia dejó sin cabeza al partido güelfo, y el partido gibelino tampoco contó con el apoyo de los soberanos alemanes, quienes tampoco hicieron acto de presencia en la península.

El papado de Bonifacio VIII (1294–1303) trató de recuperar la posición de la plenitudo potestatis, asumiendo un papel rector en Italia, intervino en contra del gobierno de los Blancos en la ciudad por juzgar a un Spini, una favorecido banquero del Papa,[90] [91] en 1301 nombró a Carlos de Valois como Pacificador de Toscana,[92] de lo que resultó la expulsión de los Blancos, Dante entre ellos. Su enfrentamiento con el rey Felipe IV de Francia acerca de la jurisdicción de la Iglesia supuso su final. En septiembre de 1303 el Papa fue prendido en la residencia papal por sus enemigos romanos, los Colonna, y por emisarios franceses del rey, conocido como el Atentado de Anagni, y aunque fue liberado poco después, falleció en un mes a este acontecimiento, de modo que sancionaba la derrota definitiva de los propósitos por establecer la teocracia pontificia. Tras el breve pontificado de Benedicto XI (1303–1304), el papa francés Clemente V (1305-1314), bajo presión del rey francés y temeroso de las querellas entre la nobleza romana decidió establecer la sede papal en Aviñón, en un entorno con buen clima y buenas comunicaciones, y que entonces era un territorio que pertenecía a los angevinos condes de Provenza, también reyes de Nápoles, quienes eran por aquel condado, feudatarios del Imperio. De esta forma, los papas, sin fuerza material propia para dirigir el partido güelfo, sino a través de extranjeros, terminaron por establecerse fuera de Italia sometidos a la influencia de Francia,

A comienzos del siglo XIV, se producen las últimas intervenciones imperiales que fracasaron al intentar imponer su autoridad.

Mapa del Imperio en época del emperador Enrique VII (1308-1313).

Con el Papa instalado en Francia, y el rey de romanos atado en el feudalismo alemán; en Italia, el rey Roberto I de Nápoles, era el personaje dominante en la península, favoreciendo a los güelfos y a los negros de Florencia en particular.

La expedición (Romzug) del rey de romanos Enrique VII de Luxemburgo a Italia (1310–1313) para ser coronado Emperador contó con el beneplácito del Papa Clemente V, y también pretendió pacificar y reconciliar a las facciones güelfas con las gibelinas, y recobrar sus derechos imperiales en en Italia.

Enrique VII apareció en Italia en octubre de 1310. Inicialmente la expedición fue exitosa, donde los regímenes güelfos se habían mostrado cooperativos, y se había posibilitado el regreso de los exiliados a sus ciudades. Enrique de Luxemburgo designó a vicarios imperiales y podestàs en las ciudades para encargarse de los gobiernos comunales,[93] pero que no actuaron de forma imparcial. En Milán se vio envuelto en las querellas de los güelfos, encabezados por Guido della Torre y gibelinos, por Mateo I Visconti, y como los güelfos habían empeñado la corona férrea,[94] [95] y tuvo que ser coronado con una nueva en la Epifanía de 1311. Unas semanas después designó al conde Amadeo V de Saboya como vicario general de Lombardía[96] y reclamó una contribución de 300.000 florines anuales entre las ciudades, lo cual inició la rebelión, en febrero, en Milán gobernado por los güelfos Torriani, y se extendió en Lombardía atizada por las ciudades güelfas. Necesitado de apoyos tanto financieros como militares, los buscó en en señores locales: en Milán se produjo la expulsión de los della Torre, y el Rey de romanos aceptó el retorno al poder milanés del gibelino Mateo Visconti vendiéndole el título de vicario imperial (julio de 1311), algo que también hizo a güelfos oportunistas como Riccardo da Cammino de Treviso (mayo de 1311). El Rey de romanos, con el apoyo de los gibelinos, sometió a las ciudades de Cremona y Brescia, y obtuvo la sumisión de Parma, Vicenza, Plasencia y Padua; pero el éxito pírrico en el sitio de Brescia (mayo a septiembre de 1311) reveló la precariedad militar y financiera de Enrique de Luxemburgo. Tras mantener una dieta imperial en Pavía en octubre de 1311, fue recibido favorablemente en Génova, admitiendo un vicario imperial, Uguccione della Fagginola; y por su apoyo, Cangrande della Scala fue reconocido vicario imperial de Verona en 1311 y de Vicenza en 1312.[97] [98] Por mar se trasladó a Pisa, reestallando con apoyo florentino la revuelta en Lombardía: Lodi, Reggio, Cremona, Piacenza, Parma, Pavía, Padua, Brescia, Treviso, Asti. De Pisa se trasladó a Roma, donde tuvieron que luchar con las tropas napolitanas, mandadas por Juan de Durazzo, hermano del rey napolitano, y sus aliados los Orsini. En junio de 1312, fue coronado emperador de manos del cardenal obispo de Nicolás de Ostia, en Roma, entre luchas de los Orsini güelfos y los Colonna gibelinos. Después partió para Toscana, sometiendo Perugia y ciudades toscanas, pero el asedio Florencia falló. Contando con la oposición del Papa Clemente V, que apoyaba al rey Roberto I de Nápoles, legado papal, el Emperador convocó una Dieta en Pisa, a la que no que asistió el rey napolitano, feudatario suyo por Provenza, fue declarado enemigo del imperio y depuesto, y acordó una alianza con el rey de Federico II de Sicilia para invadir Nápoles. Con un nuevo ejército camino de Nápoles, marchó hacia Roma para expulsar de allí a los napolitanos, pero la muerte le sobrevino por malaria en Buonconvento, cerca de Siena, en agosto de 1313 quebrando así, las esperanzas de los imperialistas para siempre.

Las postreras intervenciones imperiales Luis IV (1327–30) y Carlos IV (1354–55, 1368–69), no venían asociadas a un monarca universal, sino como breves participantes de la escena política que buscaban beneficios limitados como la coronación imperial en Roma y la recaudación de tributos. Aunque ya había desaparecido cualquier autoridad central imperial en Italia, no obstante, los emperadores mantuvieron sus pretensiones formales de jure de autoridad. Y en su lugar, quedó una diversidad de poderes locales rivales oscilando entre alianzas y hostilidades.

La estancia de los papas en Aviñón, dejó a los Estados Pontificios en anarquía, donde tiranos locales arrebataban el poder a los funcionarios papales. El cardenal Gil de Albornoz como legado del Papa (1353–63), lograría un cierto orden, estabilidad y sumisión al Papa, que se echaría a perder durante la guerra contra Florencia (1375-1378) y durante el Gran Cisma (1378–1417).

El desarrollo económico de los siglos XIII y XIV

El siglo XIII fue testigo de un enorme incremento de la prosperidad no sólo en las ciudades marítimas, sino también en el crecimiento de los centros de la industria del paño, especialmente en Toscana. Venecia llegó a dominar el rico comercio con el Imperio Bizantino, especialmente después de la Cuarta Cruzada (1204). Génova, que eclipsó a Pisa en la última parte del siglo XIII, tras la Batalla de Meloria (1284), expandió su comercio en el Mediterráneo occidental y en Provenza, y se introdujo plenamente en el restaurado imperio bizantino de los Paleólogo por el tratado de Ninfea (1261). Por su parte, Florencia prosperó en el reino de Sicilia durante el último tercio del siglo XIII, al beneficiarse de estrechos vínculos con los angevinos y el papado. La nueva riqueza dejó su imprompta en ciudades italianas, de modo que a finales de siglo, aparecieron las primeras mansiones de los ricos junto con los nuevos edificios municipales y las iglesias de las órdenes mendicantes, especialmente de los franciscanos y dominicos.

Palazzo Spini Feroni en Florencia.

A pesar de haber una economía urbana en el norte de Italia, esto no ha de soslayar el hecho de que la mayoría de la población vivía de la tierra y que la prosperidad de cualquier ciudad dependía enormemente de su contado. Hacia el final del siglo XIII, la servidumbre de la gleba prácticamente se había desvanecido, y otras formas de tenencia de la tierra se desarrollaron en su lugar: campesinos que trabajaban la tierra como plenos propietarios (algo que ya ocurría en la época anterior del pleno sistema señorial), tierras eclesiásticas que se arrendaban hereditariamente con un bajo alquiler, pero el procedimiento más común del siglo XIII consistía en que los propietarios ofrecían arriendos a corto plazo a cambio de altos alquileres tanto en moneda como en especies, en especial la mezzadria, en el que el propietario de la tierra proporcionaba al arrendatario la mitad la semilla sembrada y a cambio recibía de su arrendatario, la mitad de su producción, y con frecuencia el contrato era reanudable cada año.

Desde la segunda mitad del siglo XIII, gracias a los beneficios del comercio, se fueron realizando mejoras en el campo construyendo canalizaciones, plantando árboles, erigiendo granjas y adquiriendo la ganadería, el abono, e instrumentos agrícolas. De esta manera las tierras comunales fueron desapareciendo frente al crecimiento de propiedades individuales cercadas. Así, hacia el final del siglo XIV, el viejo paisaje de franjas de terreno dispersas y pueblos fortificados, había cedido el paso a amplias fincas dominadas por una casa de hacienda, que eran las sedes de de ocio de los terratenientes urbanos, mientras que los trabajadores pasaron a vivir en esas grandes fincas, quedando los pueblos para albergar una reserva de trabajadores ocasionales.

Réplica de una coca.

Hasta la década de 1340, encontramos una continua expansión agrícola, que discurre pareja a la prosperidad del comercio, la industria y la banca. El comercio de alimentos era una necesidad básica para la supervivencia de la ciudad, puesto que no podían extraer de su propio contado alimentos suficientes para su población, pero al mismo tiempo, este comercio de alimentos y de mercancías, se equiparó al comercio a larga distancia de mercancías de lujo. Con el declive de Pisa en el siglo XIII, Venecia y Génova quedaron como los principales centros de este tráfico: en oriente medio, con madera, acero, y armas obtenían las "especias" (pimienta, jengibre, canela, nuez moscada, seda, tintes como cochinilla y añil, algodón, y azúcar); en la zona del mar Negro obtenían grano, el pescado, la sal, y esclavos de Crimea, e incluso el comercio llegaba hasta China; con respecto a occidente, la introducción de la brújula, la mejora en la construcción de trirremes y el empleo de la coca permitió una navegación más atrevida atravesando el Estrecho de Gibraltar hacia puertos ingleses y flamencos. Y al mismo tiempo la banca expandía sus sucursales por Europa más allá de los Alpes, con técnicas mercantiles como las letras de cambio, conocimiento de embarque, seguro marítimo, destacando los Bonsignori de Siena, y las firmas florentinas de los Acciaiuoli, Peruzzi y Bardi. Sin embargo, la extensión de comercio era desigual, pues aún en Italia central y del norte la mayor parte de ciudades no eran más que pequeños centros de mercado del campo circundante.

Política comunal en los siglos XIV y XV

El sistema señorial y republicano

En el curso de un largo proceso que se extiende a través de los siglos XIII y XIV, en muchas ciudades del norte y centro de Italia, se originó de las viejas comunas una nueva forma de gobierno, que fue la señoría. A comienzos del siglo XIV, el territorio del regnum italiae estaba compuesto por un mosaico de entidades políticas protectoras de su autonomía y celosas unas de otras: principados eclesiásticos y laicos, de origen feudal; regímenes republicanos de tipo oligárgico permitiendo la participación a ciudadanos privilegiados; y las señorías (signorie), que supuso el gobierno de una persona o una familia sobre una ciudad, sometiendo a la comuna a su autoridad, con el apoyo de su facción y de sus posesiones.

Palazzo del Capitano del Popolo en Perugia.

Las comunas del siglo XIII habían llegado a estar dominadas de forma creciente por los conflictos de la nobleza, que controlaba sus gobiernos, y que significaban un perjuicio a los intereses económicos. Estos conflictos, aunque a menudo motivados por los partidos güelfo y gibelino, de hecho ampliamente reflejaban rivalidades personales, económicas, o de política local, todas enardecidas por ideales de honor caballeresco y en una aceptación común de las tradiciones de vendetta. Como respuesta a esos conflictos, habían surgido dentro de las comunas, el movimiento del popolo: asociaciones de no nobles intentando ganar una variedad de concesiones de la nobleza. Dentro de la condición de popolo, estaban, en primer lugar, aquellos que habían ganado riqueza a través del comercio, banca, ejercitación de una profesión, o poseyendo tierras, y buscaban ser miembros en las oligarquías gobernantes de nobles; el segundo grupo abarcaba miembros prósperos de las clases artesanales o comerciales, quienes mientras no buscaban normalmente buscar una posición directa en el gobierno, buscaban una más satisfactoria administración de las finanzas de de la comuna (particularmente una más equitativa distribución de la tributación), una mayor voz en materias que más directamente le afectaban (como por ejemplo las licencias de exportación de comida), y en particular, la administración imparcial de justicia entre el noble y el no-noble. Sobre todo, el popolo (como muchos de la nobleza) deseaba un orden cívico que finalizaría los violentos conflictos partidistas y redujera los efectos de las vendettas de los nobles.

En algunas ciudades, el movimiento del popolo tuvo éxito en llevar a cabo un cambio constitucional. En aquellas comunas donde la nobleza no monopolizaba toda la riqueza y donde el desarrollo del comercio, industria y finanzas había creado una compleja estructura social, las oligarquías existentes aceptaron llegar a acuerdos, formando el gobierno republicano. Esto resultó más fácil cuando el popolo tuvo éxito en finalizar las luchas partidistas tan violentas que podían ser descritas en forma de guerra civil. Aquí, a menudo contra el trasfondo de algún desastre, como una derrota en guerra, llegó a ser normal establecer un concejo del popolo bajo el capitano del popolo, al lado del viejo concejo de la comuna bajo su podestà, como un elemento consultivo en el que era ahora denominado el gobierno del la comuna y el popolo, el podestà se encargaría de la administración mientras el capitano del popolo del orden público,[99] [100] como en Milán, tras la derrota de Cortenuova (1237), los plebeyos temiendo represalias de la nobleza nombraron a Pagano della Torre como capitano del popolo para gobernar junto con el podestà, o en Florencia, una rebelión popular en 1250, sometió a la nobleza gibelina y nombraron un capitano del popolo para gobernar junto con el podestà y un consejo de 12 ancianos. De este modo, se consumó el proceso por el que el poder patriciado de las ciudades italianas fue desplazado por la burguesía mercantil (popolo grasso), ahora en enfrentamiento con los artesanos (popolo minuto) que buscaban la intervención en el gobierno. En Florencia, el popolo, organizado en siete grandes gremios (arti maggiori), asumió el poder en 1282 no simplemente como socio de la comuna de gobierno, sino el elemento dominante dentro de ella, junto otros cinco gremios menores (arti mediane). En Siena, la revuelta de 1315 fue aún un enfrentamiento entre linajes-bando rivales del patriciado: Tolomei contra Salimbene, pero en 1318, los artesanos y mercaderes ricos impedían ya, como nuevo patriciado, el acceso al poder de otros artesanos gremiados.

Tribunale di Mercatanzia en Florencia.

Sin embargo, salvo en pocas ciudades, el popolo se demostró incapaz de solucionar el problema del orden público, además la autoridad civil del podestà chocaba con la autoridad militar del capitano del popolo[101] y en esas circunstancias la paz y la tranquilidad de las ciudades tuvo que ser establecida por los signori, quienes eran los líderes más poderosos, y que reunían en su persona todo el poder del Estado. Desde la segunda mitad del siglo XIII, habiendo triunfado destruido y exiliado a sus oponentes, estos hombres comenzaron a dar forma institucional a su poder y a pasarlo a sus hijos como un derecho hereditario. Lo que ellos ofrecían a sus ciudadanos sometidos a cambio era la esperanza de eliminar la anárquica violencia civil por el ejercicio de una fuerza superior. Fue en este camino, en el que, en el curso del siglo XIV, comenzó el gobierno permanente y legal por únicas familias. De las instituciones comunales, que ya dominaban y manipulaban, los signori obtenían la legitimidad de sus títulos y acumulaban magistraturas[102] (un ejemplo lo tenemos en Mastino I della Scala, fue elegido podestà en 1259, y capitán del pueblo en 1262), también la autoridad para controlar las comunas "de acuerdo a su propia voluntad", ejercer poderes extraordinarios y el derecho a transmitir esta concesión a sus sucesores escogidos;[103] y de esta manera se formaron dinastías locales como los Visconti en Milán, los Langoshi en Pavía, los Gonzaga en Mantua, los Este en Ferrara, los della Scala en Verona, los Carrara en Padua o los Rusoni en Como.[104] Sin embargo, su posición no estaba en absoluto estable, a expensas de la protección de sus tropas mercenarias, la fidelidad de su facción y familiares, el poder de los exiliados o de revueltas urbanas. Con el paso del tiempo, estas añagazas legislativas usurpadas dio la apariencia de legitimidad a su gobierno, y durante el siglo XIV, los signori normalmente buscaron algo de legitimación de su poder a través de obtener autorización del emperador o el papa para actuar como vicarios sobre los territorios que sus familias habían heredado el gobierno: los Visconti adquirieron el vicariato de Lombardía en 1294, y el de Milán en 1311; Cangrande y Alboino della Scala en 1311; y Luis Gonzaga tras arrebatar el poder a los Bonacolsi en 1328 fue designado capitán del pueblo y al año siguiente el Emperador le designó vicario imperial en un intento de fortalecer a los gibelinos.[105] Dado que el poder de los signori llegó a ser cada vez más afianzado, llegaron a establecer dinastías y adquirir estilo cortesano, y así, durante el siglo XV, estos señoríos hereditarios dieron la impresión de constituir el orden natural en grandes áreas en el norte de Italia.

La disolución del poder imperial con la muerte de Federico II (1250) se dio paso a la difusión de los signori en el norte de Italia,[106] en Milán, con la expulsión de la nobleza en 1257, ésta puso sus esperanzas en el gibelino Ezzelino da Romano, lo que entregó la señoría al güelfo Martin della Torre en 1259, gobierno que pasó a sus descendientes, este ejemplo fue seguido por otras ciudades lombardas como Lodi, Novara, Como, Vercelli o Bérgamo, que buscaron protección bajo el dominio de los Torriani, y esta situación se extendió en Lombardía, el gibelino marqués Oberto de Pelavicino, vicario imperial en Lombardía, que ya ejercía su poder en Cremona desde 1249, extendió su influencia sobre el resto de Lombardía, como Pavía, Crema, Piacenza, Brescia, Tortona o Alejandría;[107] con la expedición de Carlos de Anjou y su victoria en Benevento, Pelavicino cayó en 1266, los Torriani sufrirían la misma suerte frente a los Visconti en 1277 y en 1311, y durante los siguientes 35 años, los Visconti extendieron su dominio obteniendo el poder en Cremona (1334), Pavía, Lodi, Bérgamo (1332), Como (1335), Piacenza (1337), Tortona, y Parma (1346); por su parte, los Bonacolsi desde 1276 y después, desde 1328 la familia Gonzaga, llegaron a ser los únicos gobernantes de la gibelina Mantua.[108] En la marca trevisana, tras la eliminación de la familia Romano, Verona cayó en poder de la familia gibelina della Scala (o Scaligeri) desde 1259, como hizo Vicenza desde 1312, mientras Padua estaba sujeta a la familia gibelina Carrara (o Carraresi) desde 1318, la familia güelfa Este (Estense), ya establecida en Ferrara en 1208, extendió su poder a Módena (1288) y Reggio (1290) hasta 1306, siendo entonces expulsados de estas dos ciudades.[109] [110] [111] Y en el sector norte de los Estados Pontificios, las ciudades de la Romaña y la Marca de Ancona cayeron a los signori entre 1315 y 1342, como los Polenta en Rávena, los Malatesta en Rímini, los Manfredi en Faenza, los Ordelaffi de Forlì, o los Montefeltro en Urbino, y la misma Roma se la disputaban los Colonna y los Orsini; antes del éxito temporal llevado a cabo en someter a los territorios pontificios por el cardenal Albornoz, el Papado concedió mucho de sus territorios a vicarios, incluidos estos signori. El éxito en el acceso y extensión de poder de los signori en varias ciudades requería alianzas de conveniencia: los güelfos della Torre se aliaron con el gibelino Pelavicino y alternaron fidelidad entre el bando papal-angevino o al imperial, los gibelinos Visconti eran güelfos en Romaña, los güelfos Estensi encabezaron a gibelinos de Romaña y Bolonia, el güelfo Ghiberto da Correggio gobernó Parma con apoyo gibelino, en la gibelina Pisa, Ugolino della Gherardesca tomó el poder con el apoyo de Florencia, el archienemigo güelfo.[112] Así, entre ca. 1250 y 1350, el norte y el centro de Italia había experimentado una profunda transformación en las formas constitucionales, vida política, y actitudes hacia la autoridad. El gobierno de una ciudad-estado por un sólo hombre, no fue visto más como una solución extraña y provisional, sino como un aspecto normal de la vida. Bajo los nuevos regímenes, los concejos de las comunas y el popolo aún permanecieron, pero su papel era limitado a tareas administrativas menores o a una aprobación formal de las decisiones políticas del los signori. Esencialmente, todo lo que permaneció del viejo sistema comunal era su servicio administrativo, un núcleo de expertos notarios quienes mantenían el mecanismo de gobierno en funcionamiento. Mientras tanto, a cambio de su poder absoluto, los signori restauraron o crearon armonía dentro de las clases superiores de las ciudades y reconciliaron los intereses del popolo y la nobleza.

Palazzo Vecchio en Florencia.

Sin embargo, el surgimiento de las signorie, aunque importante, era sólo un elemento en la historia constitucional de las ciudades del norte y centro de Italia en el siglo XIV. Fue un movimiento mayormente confinado al Veneto, Lombardía, Emilia, la Marca, y (sujeto a la suzeranía de príncipes regionales) Piamonte. En muchas ciudades de Umbría y Lacio, el Papado pudo prevenir su establecimiento. En Toscana, las señorías fueron ampliamente frustradas. Lucca cayó a los signori en la primera mitad del siglo XIV, notablemente con el gobierno de Castruccio Castracani entre 1316 y 1328, pero la ciudad experimentó un fuerte resurgimiento de gobierno republicano de 1369 a 1392. La republicana Florencia experimentó breves interludios de gobierno señorial. Florencia conquistó varios de sus vecinos: Volterra, Prato, Pistoia, San Gimignano, antes que cualquier signorie se originara en ellas. En Liguria, Génova era de continuo inestable a causa de los violentos conflictos de sus casas nobles, más que someterse ella misma a una sola familia, la ciudad oscilaba entre el gobierno comunal y una serie de dictaduras vitalicias, destacando la de Simone Boccanegra. Dos comunas, Siena (al menos durante el siglo XIV) y Venecia, rechazaron el gobierno signorial completamente en beneficio de las instituciones republicanas.

Por tanto, durante el siglo XIV, partes sustanciales de Italia permanecieron fuera del control de signori. Al lado de los nuevos principados señoriales, había algunos gobiernos comunales, como los de Venecia y Florencia, dos de las ciudades más poderosas en la península, que se desarrollaron como poderosos estados territoriales con tradiciones republicanas muy fuertes. Las repúblicas como gobierno oligárquico de los mercaderes ricos y gremios poderosos, sobrevivieron en parte porque era mucho más difícil para los signori apoderarse del control de una oligarquía patricia de banqueros y comerciantes, que dominar una sociedad consistente en terratenientes, artesanos y trabajadores rurales, aunque tenían que hacer frente a las revueltas de los excluidos del gobierno (popolo minuto) como la de Siena de 1368 y 1385 o la de los Ciompi en Florencia de 1378. Las sociedades con economías sumamente desarrolladas eran mucho menos dóciles con el control principesco. En las repúblicas, una economía que sería amenazada por la desunión interna, una clase dirigente unida al menos en su búsqueda de ventaja comercial ayudaba a asegurar la preservación del orden público y a rechazar de cualquier individuo o familia buscando la dominación política.

Inestabilidad y guerra

Entrado ya el siglo XIV, la próspera economía italiana se enfrentó a desafíos severos, por un lado, las hambrunas que afectaron la mayor parte de Italia en los años 1339-40, 1346-47, 1352-53, y 1374-75, y por otro a una extensión general y la intensificación de guerra. La difusión de la ballesta durante el siglo XIII obligó a los caballeros montados a adoptar la armadura más pesada para la mejor protección contra las flechas, así como de necesitar una mayor cantidad de caballos. De esta forma, la guerra se hizo más cara y profesionalizada, con lo que se hicieron necesarias las tropas mercenarias para sumarse o reemplazar a las milicias ciudadanas. En el siglo XIV, los territorios italianos emplearon estas tropas, pero no reclutando individualmente, sino estableciendo un contrato (condotta) con un particular (condottiere), quien era el encargado de aportar una mesnada de varios miles de soldados en tiempo de guerra para auxiliar a un determinado territorio. Sin embargo, dadas las dificultades para controlar a estos líderes militares, puesto que se temía que podrían asumir el control del estado, se hizo común, desde la década de 1330, negociar con condottieri no italianos.

Monumento Funerario (o Monumento Ecuestre) a John Hawkwood (1436) en la basílica Santa María del Fiore de Florencia, por Paolo Uccello.

Las expediciones de Enrique VII, Luis IV y Juan de Bohemia habían traído bandas alemanas, que fueron fácilmente convencidas para permanecer en el rico territorio italiano. Las ciudades descubrieron rápidamente la ventaja de emplear estos mercenarios extranjeros, pero indiferentes a la causa que les pagaba se encargaban también de realizar pillaje sobre el territorio. Antes de la mitad del siglo XIV, los mercenarios extranjeros adoptaron un nuevo sistema de acción, agrupando bandas y formando compañías, que cuando no estaban a servicio de ningún poder, invadían distintos estados sometiéndolos a pillaje y depredación, o los chantajeaban por su inacción. La compañía de Werner de Urslingen, englobó aproximadamente 10.000 tropas y 20.000 simpatizantes y tenía su propio consejo de gobierno, consultivo, burocracia, y política exterior. Estas compañías extranjeras, como las de John Hawkwood, Albrecht Sterz o Hannekin Baumgarteny, dominaron la guerra en Italia, y como sistemas administrativos portátiles, eran capaces de chantajear a sus antiguos empleadores.

Estos cambios en el modo de llevar a cabo la guerra conllevaron un expansión del poder de los gobiernos. Las descentralizadas comunas del siglo XIII, con una administración y tributación débiles dieron paso en el siglo XIV a repúblicas y señorías con un control político mucho más fuerte, con ingresos de impuestos de propiedad, gabelas, y préstamos forzados (prestanze), y la gestión de una deuda pública. Además, los cambios derivados de las necesidades de provisión de alimentos, guerra, y tributación, produjeron un crecimiento considerable en la burocracia, tanto en las instituciones como en los funcionarios; todo lo cual, a su vez, retroalimentó que las guerras pudieran ser llevadas a mayor escala, con mayor gasto de riqueza.

El resultado fue que el colapso se produjo en la década de 1340, con el comercio con Francia interrumpido por la Guerra de los Cien Años, la quiebra de bancos, especialmente los florentinos, en 1343 el Peruzzi, en 1345 el Acciaiuoli, y en 1346 el Bardi. A esto se añadió la llegada de la Peste Negra a Messina a principios de octubre de 1347, la cual alcanzó Génova y Pisa hacia enero de 1348, y Venecia por febrero, y de estos puertos la plaga se extendió por la península italiana y el resto de Europa, intensificándose en muchas partes de la península, tanto en ciudad como en el campo, en 1361–62, 1363, 1371, 1373–74, 1382–83, 1398–1400, 1407, y 1410–12, causando un pérdida de población entre un tercio y la mitad de la población.

La formación de los principados territoriales

Desde el último tercio del siglo XIII, en un contexto en el que los soberanos alemanes estaban ausentes de Italia y en el que los angevinos se hallaban ensarzados en guerra con los aragoneses, los señores locales comenzaron a extender sus dominios a las comunas vecinas: los Este a Módena (1288) y Reggio (1289) y potencialmente a Mantua, Padua, Parma y Bolonia; los della Torre y Visconti a Novara y Vercelli, Como, Bérgamo, Pavía; y otros déspotas menores como los Montefeltro, Polenta y Malatesta en competición por territorios en Romaña y la Marca.[112] Este proceso de enfrentamientos entre las distintas ciudades italianas va a generar la creación de estados regionales a lo largo de los siglos XIV y XV. Durante este periodo, la fragmentación e inestabilidad heredada del periodo comunal fue superada por la formación de divisiones políticas más estructuradas y coherentes y con mayor amplitud territorial, esto es, las ciudades más poderosas se asegugaron el contro de sus vecinas.

Sin embargo, en la formación de los nuevos estados a lo largo de los siglos XIV y XV, éstos no eran más que el agregado de antiguas comunas subordinadas a una ciudad dominante tanto en régimen señorial como republicano, de forma que esta nueva situación política no alteró sustancialmente la naturaleza del antiguo orden territorial. La ciudad dominante, como Milán, desarmó pero no disolvió las instituciones municipales de las demás ciudades; con lo cual, pese a cambiar el estandarte y la guarnición, la vida municipal de estas ciudades subordinadas no se vio profundamente alterada, y en el caso de Florencia, esta ciudad nombraba a florentinos en los puestos de gobierno de sus núcleos urbanos subordinados.[113]

Como consecuencia de esta fragmentación heredada, se condicionó la dinámica de la formación territorial del Estado principesco en esta época, afectado por cambios como adquisiciones y pérdidas territoriales, o repartición entre herederos. Estos cambios afectaban al bloque de ciudad con su contado, sobre el que el núcleo urbano venía a ser señor colectivo, y aún evidenciaron un límite inestable y flexible de dominio durante unos 150 años. En especial, estos cambios fueron más acusados tanto más cuando se refieren a principados que no se gestaron en torno a un gran centro urbano sino a la figura de un señor, como ocurrió en los Estados Pontificios o en Piamonte, donde la adquisición territorial no se hacía sobre ciudades con su definido contado, sino sobre castillos, señoríos feudales o pequeños núcleos urbanos, y así por ejemplo, el ducado de Urbino, expandido desde la señoría de Montefeltro, contaba a finales del siglo XV un superficie equivalente al contado de un ciudad lombarda; por el contrario, las zonas de Lombardía y valle del Po mantuvieron una mayor estabilidad, donde las viejas comunas fueron transformadas en provincias del nuevo Estado, y en la que la ciudad (el núcleo urbano) era la capital de la provincia, y en el que su territorio (contado) mantuvo su sujección.


Milán y Florencia

Con la muerte del emperador Enrique VII, y el asentamiento de los Papas en Aviñón, desaparecieron las reclamaciones de autoridad de los poderes universales en el territorio peninsular, y con ellos desapareció una conciencia nacional, y por tanto, no es posible reconstruir una historia unificada durante los siglos XIV y XV, sino hay que fragmentarla en los procesos históricos de los 6 poderes mayores: Sicilia, Nápoles, Estados pontificios, Florencia, Milán, y Venecia, y desparramados entre ellos, una veintena de poderes menores como Mantua, Montferrato, Lucca, Siena o Génova. Y más concretamente, el territorio estaba controlado por cinco familias principalmente: los Visconti de Milán, los Scala de Verona, los Carrara en Padua, los Gonzaga de Mantua y los marqueses de Este en Ferrara y Módena, pero sobre todos ellos destacaba indiscutiblemente la familia Visconti. Al finalizar el siglo XIII, Milán era un poder dominante entre las comunas lombardas, y pronto pretendió ejercer su hegemonía en el norte italiano. Bordeando las posesiones occidentales de los Visconti, los condes de Saboya y los marqueses de Montferrato extendían su autoridad sobre las ciudades de Piamonte. En Génova, las luchas entre las familias rivales güelfas y gibelinas, fueron temporalmente aparcadas con la elección de Simón Boccanegra como dogo de la república en 1339. En Toscana, por el contrario, dominó el paisaje republicano, aunque no exento de querellas internas, y en especial destacan la animosidad entre Florencia y Pisa, y donde Florencia, había aumentado en tamaño, riqueza y poder para convertirse en la fuerza dominante en Toscana y el principal baluarte contra las ambiciones de la poderosa familia milanesa de los Visconti.

Mateo Visconti el Grande en una ilustración de Grande illustrazione del Lombardo-Veneto... Milano, Corona e Caimi Editori, 1858.

Tras el fallecimiento del emperador Enrique VII, el papa Clemente V se sintió libre para disponer de los puestos imperiales en Italia de acuerdo al concepto del vacante imperio, por el que el Papa asumía la autoridad imperial en el imperio a falta del emperador, y así nombró a rey Roberto de Nápoles vicario imperial en 1314,[114] lo que extendió su autoridad por las distintas regiones italianas, en una situación que se prorrogó con la doble elección imperial entre Luis de Baviera y Federico de Habsburgo, y con el interregno de dos años tras la muerte de Clemente V y tras el que fue elegido Juan XXII (1316–1334). Sin embargo, ambos reyes de romanos en guerra civil en Alemania no se desligaron completamente de Alemania: en 1315, Luis de Baviera nombró vicario general en Italia a Juan de Belmont,[115] en apoyo de Galeazzo Visconti de Milán, y Federico de Habsburgo confirmó el vicariato imperial a Cangrande della Scala en Verona en 1317[116] aunque en 1319, Treviso y Padua reconocieron la autoridad de Federico de Habsburgo para así frustar las ambiciones territoriales de Cangrande della Scala.[117]

En Toscana, el fallecimiento del Emperador animó a Florencia y las ciudades güelfas a tomar venganza sobre la gibelina Pisa, pero ésta contrató a la caballería imperial al mando de Uguccione della Fagginola, quien rechazó a los güelfos y logró someter a la ciudad de Lucca, y su dominio fue indiscutido al vencer a una coalición compuesta de florentinos, güelfos toscanos y del ejército napolitano del rey Roberto, en Montecatini (1315); sin embargo, Pisa y Lucca, se sacudieron de su yugo, y lo expulsaron, y tras la expulsión de Uguccione se produjo un aproximamiento entre el rey Roberto de Nápoles y el rey de romanos Federico de Habsburgo, que posibilitó una paz entre guelfos y gibelinos en Toscana: Pisa y Lucca hicieron la paz con Florencia y con los napolitanos, Pisa había recobrado su independencia mientras, en Lucca, Castruccio Castracani llegó a ser capitán del pueblo y en 1320 señor de la ciudad. En Lombardía, los esfuerzos del rey napolitano y los güelfos lombardos, encabezados por los Torriani, se dirigieron contra los gibelinos Visconti, señores de la ciudad, pero los güelfos fueron derrotados en Pavía (1315), y Mateo Visconti pudo apoderarse de Tortona, Alejandría, Pavía, Como, Tortona, Bérgamo y Plasencia, logrando llevar a éxito al partido gibelino. Mientras Cangrande della Scala, señor de Verona, lograba el éxito gibelino en la marca trevisana, expandiéndose en Feltre, Belluno, Cividale, Padua y Treviso; debido a su negativa a renunciar al vicariato imperial concedido por Federico de Habsburgo, fue excomulgado por el papa Juan XII en 1318.[118] De esta manera, los gibelinos quedaron encabezados por Cangrande della Scala y sobre todo, por Mateo Visconti.

El rechazo de Mateo Visconti a la autoridad delegada del rey Roberto como vicario imperial nombrado por el Papa, le situó en oposición al papa Juan XXII, quien le había renovado el vicariato en 1317, lo que costó el interdicto de Milán; y en similar situación se hallaba Ferrara, que se había sacudido en 1317 del gobierno papal del vicario Roberto de Nápoles tras nueve años, y había llamado a Obizzo III de Este, regresando así los Este al poder;[119] Los gibelinos expulsados de Génova solicitaron ayuda de Mateo Visconti, mientras que los güelfos que habían obtenido el poder hicieron lo propio con Roberto de Nápoles, a quien hicieron señor de Génova, cargo que ostentó hasta 1335. El asedio gibelino a Génova de 1318 fue infrucuoso y el papa Juan XXII envió contra Visconti dos infructuosas expediciones (1320, 1322) de Felipe de Valois y Federico de Austria (rey de romanos rival a Luis de Baviera). Mateo Visconti abdicó y falleció en 1322, y le sucedió su hijo Galeazzo, quien se mantuvo en una posición insegura frente a los embites del legado papal Bernardo del Poggetto (Bertrand du Poiet) en la cruzada dirigida contra él, aunque pudo mantenerse gracias a la ayuda del rey de romanos Luis de Baviera, quien nombró para ello como vicario general para Italia, a Berthold von Neiffen, conde de Marstetten, en 1323.[120] Y esto le valió la excomunión al Luis de Baviera en marzo de 1324 y su deposición por el Papa cuatro meses después, con lo que el Rey de romanos decidió embarcarse en la campaña de Italia para obtener una posición ventajosa sobre el Papa.

La posición dominante de los gibelinos la asumió Castruccio Castracani, y aprovechando la ayuda de Florencia y de los güelfos toscanos a la expedición de Felipe de Valois, el señor de Lucca, Castruccio Castracani, emprendió la guerra en Toscana contra los güelfos, consiguiendo la señoría de Pistoia (1325) y la derrota de Florencia, sus aliados güelfos y los mercenarios franceses en el castillo de Altopascio en mayo de 1325, que junto con la derrota de la güelfa Bolonia fente a la gibelina Módena en Zappolino, seis meses después, mantuvo activo el gibelinismo tanto en Toscana como en Romaña, y a los güelfos a la defensiva. Tras la derrota güelfa, Bolonia nombró señor al legado papal Bertrand de Poiet, y los florentinos pidieron la ayuda del rey napolitano, que impuso a su hijo Carlos de Calabria como señor de la ciudad, pero cuando Carlos llegó a Toscana (1326), en vez de enfrentarse con Castruccio, comenzó a someter a las ciudades güelfas.

Castruccio Castracani, Biblioteca Statale de Lucca

Tras la victoria de Luis de Baviera sobre Federico de Austria en Muhldorf (1322), y afirmar su poder en Alemania, Luis emprendió en 1327 una expedición a Italia para extraer tributos y para apoyar a los gibelinos, quienes habían financiado la expedición, entre ellos Galeazzo Visconti de Milán, Castruccio Castracani de Lucca, Pasarino de Bonaccolsi de Mantua, Obizzo de Este de Ferrara, Cangrande della Scala de Verona o Federico II de Sicilia.[121] Entrando en Lombardía recibió la corona de hierro en Pentecostés, pero depuso a Galeazzo Visconti acusándolo de tratar con la Corte de Aviñón y los angevinos. El rey de romanos siguió camino de Toscana con el apoyo del señor de Lucca, el gibelino Castruccio Castracani, manteniendo a la defensiva a los güelfos de Carlos de Calabria, y además Castruccio logró someter para Luis la ciudad de Pisa, por lo que Castruccio fue nombrado duque de Lucca en noviembre, junto con Pistoia, Volterra y Lunigiana, además Luis nombró vicarios imperiales a gibelinos en Verona, Ferrara y Mantua.[122] Luis, que estaba excomulgado, prosiguió camino de Roma, y con apoyo de los Colonna, se coronó emperador (1328) y allí estableció al antipapa Nicolás V (1328-1330). Castruccio regresó a Toscana para derrotar de nuevo a sus enemigos güelfos, pero murió inesperadamente de fiebre. Sin este apoyo, el emperador regresó a Toscana, y después a Lombardía, donde a petición de Castruccio, había reinstalado a los Visconti en la señoría de Milán, en la persona de Azzo, y su nombramiento como vicario imperial en enero de 1329 por 60.000 florines de oro, y en su afán de dinero vendió el ducado de Lucca despojándolo a los herederos de Castruccio. El Papa temiendo perder influencia en Italia reconoció a Azzo Visconti como señor de Milán meses después, y se reconcilió con la ciudad; mientras, el Emperador, por su parte, había perdido ya el apoyo de Milán, Pisa y el marqués de Este, abandonó a su antipapa y nombró a Luis Gonzaga vicario imperial en Mantua para intentar fortalecer a los gibelinos,[123] pero con el añadido del fallecimiento del gibelino Cangrande della Scalla, emprendió la vuelta a Alemania, en diciembre de 1329 se hallaba en Trento y en febrero de 1330 recruzó los Alpes en dirección a Alemania, dejando desorganizado el partido gibelino.

Parecía que la muerte de Castruccio y el retorno de Luis IV a Alemania, llevaría la tranquilidad a Florencia, puesto que Carlos de Calabria había muerto en 1328. Pero en 1331, la ciudad de Brescia ofreció a Juan de Luxemburgo, rey de Bohemia e hijo del emperador Enrique VII, la señoría de la ciudad, algo que fue imitado por otras muchas ciudades italianas, tanto lombardas (Bérgamo, Cremona, Pavía, Vercelli, Novara, Parma, Módena o Reggio), como toscanas (la gibelina Lucca), cansadas ya de las guerras intestinas. Pero Florencia, que veía a Juan de Luxemburgo, como hijo de su enemigo y aliado del emperador, formó una liga para oponerse a la que se añadieron el rey Roberto I de Nápoles y los gibelinos Azzo Visconti y Mastino della Scala. Juan entró en Italia en 1333 con apoyo francés, pero incapaz de resistir la oposión, fue vendiendo las señorías y abandonó Italia, aprovechando este momento, los coaligados ampliaron su poder sometiendo a estos nuevos señores: Milán adquirió Cremona y otras ciudades lombardas, los marqueses de Este, instalados en Ferrara adquirieron Módena, y el señor de Mantua, de la familia Gonzaga, hizo lo propio con Reggio, Mastino de la Scala, señor de Verona y de la marca trevisana, estableció su poder en Parma y Lucca. El fracaso de Juan de Luxembuergo, arrastró al legado papal Bertrand de Poiet, que fue expulsado de Bolonia por los Pepoli.

Territorios de la señoría de Verona controlados por Mastino II della Scala en su máxima expansión en 1336.

El poder adquirido por el señor de Verona, puso en alerta a los florentinos, que no pudiendo recibir ayuda sustancial del ya anciano rey Roberto de Nápoles, buscó la ayuda en Venecia, enemistada con Mastino por los gravámenes económicos a los que les sometía el señor de Verona. A esta unión se incorporaron los señores de Milán y Mantua, el marqués de Este, y el duque de Carintia, para ampliar sus propios territorios. Incapaz de resistirse, Mastino hizo un tratado con Venecia (1338) a la que cedió los territorios de Treviso, Castelfranco y Ceneda (sus primeros establecimientos en Terra Ferma) y la libre navegación por el río Po, por su parte Milán se engrandeció con Brescia; así, Florencia, aislada sin el apoyo del anciano rey Roberto de Nápoles y el fallecimiento del papa Juan XXII, y con dificultades económicas derivadas de la Guerra de los Cien Años, accedió a la paz sin significativas ganancias territoriales.

El declive de Mastino della Scala le supuso la pérdida de Parma, que era su nexo con Toscana, lo que motivó que tuviera que vender la señoría de Lucca, o a Florencia, o a Pisa. Pero Pisa temiendo por su seguridad si Florencia se engrandecía, logró el apoyo de los gibelinos de Toscana, Romaña y Lombardía, incluyendo al señor de Milán, y logró apoderarse de Lucca a pesar de los intentos florentinos, en donde la inestabilidad pública llevó a poner la ciudad en manos Gualterio de Brienne como nuevo señor (1342), pero su gobierno despótico fue pronto expulsado de la ciudad, con el saldo añadido de la pérdida de influencia y territorios en Toscana.

Enzarzadas Venecia y Génova en guerras por su influencia en el Mediterráneo, en Toscana, los Visconti trataban de ampliar su influencia, el arzobispo y señor de Milán, Giovanni Visconti, compró la señoría de Bolonia (1351) a los gibelinos Pepoli, quienes estaban en dificultades frente al lugarteniente del Papa, y así se extendió el poder milanés en los confines de Toscana en connivencia con los pequeños señores de la Romaña, lo cual levantó los temores de Florencia, que se dispuso a afrontar la situación en solitario, puesto que Lombardía y la gibelina Pisa apoyaban a los Visconti o se mantuvieron neutrales, y las repúblicas güelfas de Toscana, como Siena, Perugia y Arezzo, temían del poder de Milán. Frente a un muy numeroso ejército gibelino, los florentinos aseguraron la comida en fortalezas, de modo que el ejército gibelino, sin provisiones inició el asedio de Scarperia, los florentinos, entretanto, hicieron levas y contrataron mercenarios, de forma que lograron repeler el asedio gibelino, lo que fortaleció a los güelfos para repeler los intentos de Milán y sus aliados gibelinos. Reforzado el poder güelfo en Toscana, los florentinos invitaron al rey de Romanos y de Bohemia, Carlos de Luxemburgo a Italia, ofreciéndole apoyo de dinero y fuerzas para obtener las coronas de hierro y del imperio a cambio de someter las ambición de los Visconti. Dado que Carlos aceptó hacer trato con los güelfos, el arzobispo y señor de Milán hizo la paz con las repúblicas toscanas en Sarzana (31 de marzo de 1353).

El emperador Carlos IV en un fragmento del panel votivo del Arzobispo Jan Ocko de Vlasim, por Meister Theoderich von Prag

Pero meses después, apareció una compañía de mercenarios comandada por Monreal de Albano, que arrasó Romaña, para dirigirse con posterioridad a Toscana, donde obtuvo tributos de ciudades como Perugia, Siena, Florencia o Pisa, para no saquear sus territorios, y de aquí partió a Lombardía, donde fueron requeridos por los enemigos de Milán (Mantua, Verona, Padua y marquesado de Este) para contrarrestar la política expansiva de Visconti en sus territorios; y, a semejanza de lo que ya había hecho Florencia, estos enemigos de Milán invitaron al rey de romanos Carlos de Luxemburgo a entrar en Italia, pero Visconti, para frustrar sus aspiraciones, también buscó la amistad de Carlos, y de esta manera, siendo reclamado por distintos poderes enfrentados en Italia, y con la aprobación del Papa de Aviñón, Carlos de Luxemburgo cruzó los Alpes en 1354, con una fuerza reducida. En Lombardía medió entre los hermanos Mateo II, Bernabé y Galeazzo II Visconti, y sus enemigos lombardos, logrando una tregua, con lo que Carlos obtuvo la corona férrea y concedió el vicariato imperial a los tres hermanos Visconti, quienes concedieron 50000 florines de oro al rey alemán.[124] En Toscana, fue recibido en Pisa, donde los gibelinos le impelieron a tomar venganza sobre Florencia, por el trato dado tanto a su abuelo el emperador Enrique VII, como a su padre, Juan I de Bohemia, y finalmente logró hacer un tratado con Florencia, a cambio de una fuerte suma de dinero. Carlos siguió camino de Roma donde fue coronado emperador el 5 de abril de 1355, y enseguida emprendió camino a Alemania obteniendo dinero por vender libertades a ciudades y poder a señores locales.[125]

En Lombardía, la tregua entre los Visconti y sus enemigos, expiró y nuevas ciudades se unieron a los opositores de los Visconti como Pavía o el marqués de Monferrato, e incluso la ciudad de Bolonia. Sin embargo, la guerra llevada a cabo por las compañías de mercenarios, se alargaba porque los combatientes evitaban encuentros decisivos para obtener más ganancias de los que les pagaban. Finalmente, Juan Visconti hizo la paz con sus enemigos en 1358, encontrándose las manos libres para recuperar su influencia perdida sobre las ciudades que se le habían revuelto, mientras, las compañías de mercenarios se repartieron entraron al servicios de distintos señores. Y en Toscana, se reanudó la guerra entre Pisa y Florencia, debido al interés de Pisa de cobrar impuestos por el paso de mercancías florentinas por su puerto (1356), la guerra fue llevada por mar y tierra, pero ante una nueva oleada de peste en 1363, la paz llegó en 1364, permaneciendo Pisa como paso de mercancías florentinas y libres de impuestos.

En 1362, fue elegido papa Urbano V en Aviñón, quien con la intención de devolver la sede papal a Roma, se puso de acuerdo con el emperador Carlos IV para expulsar a las compañías mercenarias. El Papa regresó a Italia en 1367 donde se encontró con su legado el Cardenal Gil de Albornoz, quien había llevado a la práctica la pacificación y sumisión al Papa de la Romaña, y antes de morir había formado una liga contra los Visconti en la que se incluyeron el rey Luis I de Hungría, la reina Juana I de Nápoles, los señores de Padua, Ferrara y Mantua, y el emperador desde 1368, pero los señores de Milán, Bernabé y Galeazzo II Visconti contrataron la compañía de John Hawkwood, los cuales paralizaron la acción de los ejércitos de esta alianza entre imperiales e italianos inundando el campo de Mantua, mientras, los Visconti negociaron una paz separada con el Emperador, quien envió de vuelta a gran parte de su ejército a Alemania; y pese a la indignación de sus aliados, pasó a Toscana, donde aplicando su autoridad imperial obtuvo beneficios económicos. En 1369, el emperador volvió a Alemania, habiendo devuelto la independencia a Lucca, siguiéndole el Papa de vuelta a Aviñón.

Libre del Papa y del Emperador, Milán reemprendió su política expansiva, pero mientras estuvo a su sueldo la compañía de Hawkwood, no tuvieron éxito las ligas de señores lombardos que el Papa dirigía contra ella, de resultas de lo cual, el emperador Carlos IV nombró vicario general en Italia al conde Amadeo VI de Saboya en noviembre de 1372, pero Hawkwood pasó al bando papal y ante una nueva reaparición de la peste, se aprobó una tregua en 1374. Aprovechando la debilidad de Florencia por la peste y la hambruna, Guillermo de Noellet, legado del papa Gregorio XI para Italia, trató de que la señoría de Florencia cayese bajo el yugo papal saqueando sus campos, y ante esto, Florencia formó una liga con las repúblicas de Siena, Lucca, Arezzo y Pisa, apoyada por la reina Juana de Nápoles, que incitaron la revuelta de Romaña contra los legados franceses, y entraron en tratos con su enemigo natural, Milán. Ante los éxitos de los coaligados, que deshizo la obra de Gil de Albornoz, el Papa tomó a su servicio a la compañía de los Bretones conducida por el cardenal legado Roberto de Ginebra, quienes entraron en Lombardía, y los Visconti abandonaron la liga florentina, después la compañía pasó a Romaña donde emprendieron la reconquista para el Papa con especial virulencia, pero los florentinos pusieron a su servicio a Hawkwood, y se opusieron al Papa. Éste, tratando de evitar la ruina de su causa, trasladó la sede de Aviñón a Roma en 1377, iniciando negociaciones para lograr la pacificación, pero éstas fueron suspendidas por la muerte del papa en 1378. La nueva elección fue polémica y derivó en dos elecciones, una papa italiano, Urbano VI y otro francés, Roberto de Ginebra, que tomó el nombre de Clemente VII. Italia se puso de parte del italiano Urbano VI, quien con la compañía de San Jorge a su servicio derrotó a la compañía de los bretones al servicio de Clemente en Ponte Molle (1378), Clemente se estableció en Aviñón y Urbano llevó a término enseguida la paz con Florencia sus aliadas.

Entre la década de 1380 a la de 1450, Italia estuvo desgarrada por una larga serie de guerras, cuyo principal agresor fue la familia Visconti, quien, después de haber tomado el control de la signoria de Milán, amplió su poder a muchas otras ciudades, de Asti en Piamonte a Reggio en Emilia, en una serie de campañas militares y diplomáticas que condujeron a una hegemonía milanesa en el norte y centro de Italia.

Mientras en Florencia se produjo la derrota de los Ciompi y del partido democrático en 1382, y el establecimiento de una oligarquía güelfa, dirigida por Maso degl'Albizzi, y que abarcaba más de la mitad de Toscana, incluyendo Pisa, Arezzo y Cortona; en 1385, Gian Galeazzo Visconti, llegó a ser el único señor indiscutido de Milán, y aprovechó la guerra que entonces había entre Francesco I da Carrara (señor de Padua) y Antonio della Scala (señor de Verona), para extender, meses después de la victoria del ejercito mercenario de Padua sobre el de Verona en la Batalla de Castagnaro, el dominio milanés en Verona y Vicenza (1387) y Padua (1388), abarcando así las inmediaciones de Venecia, la cual amplió su territorio en Treviso en 1388. Y desde Alemania, el rey de romanos, Wenceslao de Luxemburgo, hijo del emperador Carlos IV , mantuvo la ficción de la autoridad imperial designando a su primo Jobst de Moravia como vicario general imperial para Italia en julio de 1383, tras el fallecimiento del conde Amadeo VI de Saboya..

El señor y después duque de Milán, Gian Galeazzo Visconti, en una ilustración de Grande illustrazione del Lombardo-Veneto... Milano, Corona e Caimi Editori, 1858.
El Rey de romanos, Wenceslao de Luxemburgo convirtió a Milán en un ducado imperial en 1395

Los proyectos de Gian Galeazzo se entendieron también hacia Toscana contra Florencia, originándose tres guerras entre estos dos poderes (1390–92, 1397–98, 1400–02). Inicialmente Milán contó con sus aliados lombardos, Alberto de Este marqués de Ferrara, Francisco I Gonzaga, señor de Mantua, así como de las ciudades de Siena y Perugia, y de la facción gibelina en Toscana y Romaña, mientras que Florencia contaba con Bolonia y con la compañía de John Hawkwood, y la guerra se desenvolvió en incursiones no decisivas, en esta coyuntura reapareció Francesco Novello da Carrara, hijo del desposeído señor de Padua, que recuperó el territorio de Padua, y su hostigamiento en Módena forzó al marqués de Este a abandonar a Milán. Por otro lado, Florencia solicitó ayuda a otro enemigo de Gian Galeazzo, el conde de Armagnac Juan III, pero la ofensiva conjunta contra Milán fracasó, y una paz fue alcanzada en Génova (1392) entre Milán y Florencia, Carrara recuperó Padua (1390), pero Venecia permaneció en Treviso. No obstante, Gian Galeazzo siguió intentando extender su influencia en Toscana, y colocó un aliado suyo, Jacobo d'Appiano, como señor de Pisa pero se enemistó con Francesco Gonzaga, señor de Mantua, pero además logró pagando 100.000 florines, que el Rey de romanos, Wenceslao de Luxemburgo le reconociera duque de Milán (1395), legitimando así el derecho sobre sus territorios. Y así, Gian Galeazzo aparentemente lograba un predominio abrumador, corroborado con las adquisiciones posteriores.

El ducado de Milán en 1395.

En 1397, una nueva guerra se originó entre Milán, aliada a Pisa y Siena, contra Florencia, aliada con Padua, Mantua y el marqués de Ferrara, Nicolás III de Este, pero Venecia logró una tregua al año siguiente. Y así, entre 1399-1400, el duque de Milán pudo adquirir la señoría de Pisa, y amplió su territorio en Toscana, cuando feudatarios gibelinos de los Apeninos, como los Ubertini, cansados de las incursiones de los condottieri, le ofrecieron sus territorios, y las repúblicas de Siena y Perugia, hicieron lo mismo. Así Florencia quedaba cercada, puesto que Lucca estaba en manos de un señor local, Paolo Guinigi; y Génova, en constantes querellas internas había llamado a Carlos VI de Francia para imponer allí su autoridad (1396), Venecia, estaba segura dentro de su laguna, Gonzaga y Este se habían reconciliado con Milán, con el cisma Romaña cayó de nuevo en manos de señores locales, y Bolonia, antigua aliada florentina, siguió esta tendencia, alcanzando Giovanni Bentivoglio la señoría de esa ciudad. Sólo de Padua podía esperar Florencia apoyo, así que lo buscó en Alemania, donde los electores habían depuesto al incapaz Wenceslao en 1400, para elegir a Roberto del Palatinado, en quien los florentinos encontraron apoyo para anular la investidura del ducado de Milán.

Lápida con la efigie del Rey de Romanos, Roberto del Palatinado, en Heiliggeistkirche (Heidelberg).

El rey de romanos Roberto entró en Italia en 1401, y se le unió el señor de Padua, pero este ejército fue derrotado en Brescia, y sin suficientes subsidios para continuar la lucha, Roberto regresó a Alemania en 1402. Gian Galeazzo, entonces se apoderó de Bolonia. Completamente cercada y aislada frente a Milán, Florencia se salvó por la muerte inesperada por peste de Gian Galeazzo en 1402.

El ducado de Milán a la muerte de Gian Galeazzo en 1402.

A su muerte, el Estado que había construido colapsó con su hijo el incompetente Giovanni Maria Visconti (1402-1412), y se produjo la disgregación del poder de los Visconti en Lombardía, donde se independizaron Cremona, Crema, Plasencia, Bérgamo, Como, Lodi, Pavía, Alejandría, Parma o Brescia, de manos de los condottieri. En Romaña, el Papa Bonifacio IX obtuvo Bolonia y Perugia e hizo las paces con Milán. En Toscana, Siena se independizó, y los feudatarios gibelinos de los Apeninos fueron sometidos por Florencia, pero Pisa fue asegurada por Gabriel María Visconti, hijo natural de Gian Galeazzo.

Aprovechando la debilidad de Milán, el señor Padua, Francesco Novello de Carrara, invadió territorio milanés, tomando Verona. Milán buscó el apoyo de Venecia, ofreciendo todo el territorio que había poseído al este del río Adigio, lo que fue aceptado, y se iniciaron las hostilidades contra Carrara, con gran éxito para los venecianos que en 1406, ya poseían Treviso, Feltro, Belluno, Verona, Vicenza y Padua, y habían logrado la desaparición de Carrara, ante la indiferencia de Florencia. Venecia, que no pertenecía al Regnum Italiae, y circunscrita a su laguna y a una fina franja contera lindando a la laguna (Dogado), había permanecido a espaldas de los acontecimientos en Italia, pero con el poder alcanzado por los Visconti, convenció a la Serenísima República para establecer un poder territorial en la península, para asegurar el libre pasaje de mercancías hacia Lombardía o los Alpes, y aprovechando la muerte de Gian Galeazzo, además de ampliar su territorio entre 1404 y 1405 con Verona, Vicenza, y Padua, entre 1411 y 1420 incorporó los amplios territorios del príncipe eclesiástico, el patriarca de Aquileia en Friul, controlando el acceso desde Alemania a Italia oriental.

En el contexto diplomático europeo de lograr una solución al cisma, el papa Gregorio XII había abandonado Roma (1407) supuestamente para encontrarse y conferenciar en Savona con su rival Benedicto XIII, pero ante la negativa de iniciar un encuentro real por ninguno, fue motivo para que la mayoría de los cardenales de ambos bandos los abandonasen y convocaran el Concilio de Pisa. Esta coyuntura fue aprovechada por el rey Ladislao de Nápoles para ocupar Roma y la Romaña en nombre de Gregorio XII, pero Florencia amenazada por el creciente poder de Nápoles resolvió que Alejandro V, el nuevo pontífice elegido en el Concilio de Pisa, tomara posesión del patrimonio de San Pedro. Entró en alianza con Siena, Bolonia y el pretendiente napolitano y conde de Provenza Luis II de Anjou. A pesar de la ayuda prestada por Génova, que había expulsado a los franceses en 1409, Ladislao tuvo que retirase de los territorios pontificios en 1410, de modo que el papa Alejandro V entró en Roma, siendo sucedido enseguida por Juan XXIII, pero como la campaña de Luis II y su ejército de mercenarios, contra Ladislao fue infructuosa, Ladislao reemprendió la conquista del Estado Pontificio, pero su éxito se truncó con su muerte en 1414. Mientras, el nuevo rey de Romanos, Segismundo de Luxemburgo entró en Lombardía en 1413, no para ejercer autoridad sino para acordar con Juan XXIII la convocatoria del Concilio de Constanza para acabar con el cisma.

El duque de Milán, Felipe María Visconti en una ilustración de Grande illustrazione del Lombardo-Veneto... Milano, Corona e Caimi Editori, 1858..

Y en Milán, mientras se producía la guerra contra Nápoles, la incapacidad de Gabriel María Visconti para permanecer en Pisa le llevó a venderla a los florentinos, lo cual condujo a un rebelión que expulsó a Visconti, y se opuso a los intentos de Florencia por conquistarla, pero en vano, en 1406, Pisa se rindió a Florencia. Mientras Milán cayó en la anarquía y no fue hasta la ascensión de su hermano Felipe María en 1412, cuando se llevó a cabo la recuperación territorial y la afirmación de la autoridad del duque frente a los señores locales. Hacia 1422, el duque Felipe María de Milán y su condottiero Francesco Bussone da Carmagnola habían recuperado y restaurado el poderío de época de Gian Galeazzo sometiendo a los señores locales de Lombardía, y también a la República de Génova (1421), ante la neutralidad pactada de Florencia, pero su expansión fue detenida en Mantua a instancias de Venecia para proteger sus territorios, de forma que logró crear una extensión territorial que iba desde la costa ligur, hasta el monte San Gotardo en los Alpes, bordeando las fronteras de Piamonte y de los territorios pontificios. Desde entonces, hasta la mitad de siglo, se produjeron una serie de conflictos prácticamente continuos contra una alianza de Florencia y Venecia, ante una nueva época de expansión milanesa. La solicitud del Papa de ayuda al duque de Milán para intervenir en Bolonia, la aprovechó para extenderse a Forlì (1424) con ayuda gibelina. Esto condujo el inicio de hostilidades de Florencia con tan desastrosos resultados para ella, que tuvo que buscar alianzas y la encontró en Venecia, a la que se unieron el Amadeo VIII, duque de Saboya, el marqués Nicolás III de Este, y el señor de Mantua, y en 1426, la ciudad de Siena, varias paces fueron hechas hasta la paz de Ferrara en 1433, en la que Venecia se aseguró nuevas adquisiciones como Brescia y Bérgamo, de forma que comprendía el Dogado, la marca de Treviso, Friul y parte de Istria que controlaba el acceso desde Alemania a Italia oriental, Padua, Rovigo, Vicenza, Verona, Bérgamo y Brescia, de forma que bordeaba Lombardía por el río Adda. El territorio, denominado Veneto, era rico, populoso, y fértil, y un buen mercado para el comercio de la ciudad. Estas adquisiciones le resultaron inmensamente beneficiosas, y así en 1440 los tributos eran de 306.000 ducados, frente a los 180.000 de las posesiones coloniales (al mismo tiempo mucho más costosas de defender).

Cosme de Médici, retrato por Agnolo Bronzino, Galleria degli Uffizi, Florencia.

Y en 1434, en Florencia se consumó la derrota de la oligarquía güelfa de Rinaldo degl'Albizzi y el establecimiento de la facción democrática de Cosme de Medici, quien dominó el reggimento pero no mantuvo posición oficial alguna hasta su muerte en 1464. En esa época, la oligarquía liderada por los Albizzi, había transformado Florencia de una comuna a un estado territorial como habían hecho Venecia o Milán, realizando la expansión por Toscana absorbiendo a Volterra (1361), Arezzo (1384), Pisa (1406), Livorno (1421) pero había fracasado ante Lucca en 1433. Sin detentar puesto oficial, Cosme de Médici ganó adherentes a través de dádivas y préstamos, y colocó a sus partidarios en los puestos de gobierno de la república, de acuerdo a sus intereses; tras él, le sucedieron en el liderazgo de la república, su hijo Pedro y después su nieto Lorenzo.

La guerra de sucesión de la reina Juana II de Nápoles, abrió un nuevo frente en disputa. En 1435, el rey Alfonso V de Aragón, aspirante al trono napolitano, fue derrotado en Ponza por la flota genovesa, y conducido prisionero a Milán, negoció una alianza con el duque por el peligro que suponía Francia para sus territorios, lo que irritó a los genoveses, quienes expulsaron a los milaneses de su territorio y recobraron de nuevo su propio gobierno, entrando en protección de la alianza de Florencia y Venecia, lo que contravenía la paz con Milán, y así el duque inició las hostilidades de una ruinosa guerra en 1437, que finalizaría en la paz de Martinengo (1441), y el condottiero a sueldo de Venecia y Florencia, Francesco Sforza, casó con el único descendiente del duque de Milán, su hija Blanca, recibiendo Cremona como dote. Pero el milanés pronto actuaría en contra de su yerno.

Retrato de Francesco Sforza, c. 1460, por Bonifacio Bembo, Pinacoteca de Brera, Milán.

De nuevo los asuntos de Nápoles provocaron otra guerra en el norte de Italia. Francesco Sforza, libre de la guerra en el norte, y partidario de Renato de Anjou en el trono de Nápoles, partió para este reino, para apoyarlo y defender sus feudos, contra Alfonso de Aragón, éste pidió ayuda a su aliado el duque de Milán, que envió tropas para conquistar los territorios de su yerno en la Marca de Ancona y restituirlos al papa Eugenio IV. Pero Florencia y Venecia temían de la alianza de Milán con Nápoles, y cuando el duque de Milán emprendió la conquista de Cremona, que era el único territorio que le quedaba a Francisco Sforza, las repúblicas de Florencia y Venecia emprendieron hostilidades; la campaña fue desastrosa para Milán, y el duque pidió ayuda a Francesco Sforza, quien viendo amenazado sus territorios por la expansión veneciana, aceptó, pero cuando iba de camino, el duque Felipe María falleció en 1447. En Lombardía cundió la anarquía, Milán y casi cada ciudad proclamó su propia república, mientras acechaban sus vecinos, Venecia, el duque Luis de Saboya, el marqués Juan IV de Montferrato, Génova, el marqués Leonel de Este y las pretensiones del duque Carlos de Orléans. Francesco Sforza fue contratado por la república de Milán y derrotó al duque de Orléans, incorporó ciudades lombardas como Pavía y Piacena, y sometió los territorios que habían conquistado los venecianos, a los que derrotó en Caravaggio (1448), con lo que pudo pactar con ellos una alianza para ayudarle a conseguir el trono ducal. Venecia renunció a esta alianza con Sforza a finales de 1449, pero a pesar de todo, se sometieron a Sforza la república milanesa los territorios del antiguo ducado como Tortona, Alessandria, Parma, Lodi o Crema, y finalmente Milán se rindió a Francesco Sforza y así asumió el puesto como nuevo duque de Milán en 1450.

La expansión veneciana había estado vinculada a su alianza con Florencia contra Milán, pero como Cosme de Médici, que dirigía la política florentina, era amigo y aliado de Sforza, se van a producir unos cambios en las relaciones entre los principales poderes de la península, destacando la alianza entre Milán y Florencia. Alfonso V de Aragón, como rey de Nápoles veía a Sforza como un enemigo al haber sido aliado de los Anjou y propició una liga junto con Venecia contra Milán y Florencia, a la que se unieron las apetencias territoriales del marqués de Montferrato y del duque de Saboya, pero la entente de Milán y Florencia contaba con el apoyo del marqués Luis II de Mantua, y las ciudades de Siena y Bolonia.

El Emperador Federico III, por Hans Burgkmair der Ältere, Kunsthistorisches Museum, Viena.

La guerra se retrasó con la entrada en Italia del rey de Romanos Federico de Habsburgo en Italia, el Rey rechazó otorgar la investidura del ducado de Milán de Sforza renunciando a la coronación como rey de Italia en Monza,[126] se dirigió a Roma donde recibió el 16 de marzo de 1452 la corona de los lombardos y tres días después, la corona imperial. De camino de vuelta a Alemania, después de visitar al rey de Nápoles, vendió y concedió a Borso de Este la investidura como duque de Módena y Reggio, y visitó Venecia para arribar a Alemania, pero sin pasar por Milán.[127] Esta determinación de reconocer a Sforza como duque por parte del Emperador puede se considerado una destello del interés imperial en Italia, lo que restó legitimidad como baluarte frente a una intervención francesa o veneciana.[128]

Una vez que el emperador Federico III había regresado a Alemania comenzaron las hostilidades, que se desarrolaron de forma indecisa; y esto unido a la Caída de Constantinopla en 1453, hizo despertar el temor de una amenaza otomana sobre Italia, lo que propició un acuerdo entre Milán y Venecia el 9 de abril de 1454 en Lodi, al se se susbribieron los aliados de Milán (Florencia, Mantua y Génova) y los aliados de Venecia (Nápoles, Saboya y Montferrato), y que estaba basado en el principio de balance de poder entre Venecia, Milán, Nápoles, Florencia y los Estados pontificios. El mismo papa Nicolás V proclamó el 2 de marzo de 1455 una liga itálica entre los distintos Estados italianos contra cualquier poder italiano o extranjero que desestabilizara el balance de poder, hasta que el sistema colapsó definitivamente con la invasión francesa en 1494.

De la paz de Lodi a la paz de Cateau-Cambrésis

Territorios del norte de Italia en época del Tratado de Lodi.

Si bien el tratado de Lodi llevó a término el evitar la intervención extranjera en la península, no obstante el balance de poder entre los principados italianos no significó la paz entre ellos. La necesidad de un balance de poder para obtener apoyo mutuo, protección y alerta frente al expansionismo de un Estado, resultó la creación de ligas de estados equilibradas y en oposición, enfrentados en guerras periódicas. Florencia era el más debil militarmente de los grandes principados italianos y contaba con una larga frontera con los Estados Pontificios, lo que generaba temor de las apetencias territoriales de los Papas para sus sobrinos, por ello dependía de la alianza de Milán; y por su parte, Milán y Nápoles mantuvieron un temor por una intervención francesa.

En 1458, la familia Fregoso entregó el poder que entonces detentaban en la república de Génova a la protección del rey Carlos VII de Francia, frente a sus enemigos los Adorno, apoyados por el rey Alfonso de Nápoles, el rey francés envió a Juan II de Lorena, hijo del desposeído rey napolitano Renato I de Nápoles. En esta coyuntura falleció el rey de Nápoles, y frente a las aspiraciones de la Casa Valois-Anjou sobre Nápoles, desde su base y los recursos de Génova, se creó una alianza entre Nápoles, el Papa y Milán, que frustró la intervención francesa en 1463, habiendo sido expulsados de Génova en 1461 por Milán.

A mediados de la década de 1460 se produjo un cambio generacional, en 1464 falleció Cosme de Médici y en 1466 Francisco Sforza. Los exiliados y enemigos de los Médici, contrataron al condotiero veneciano Bartolomeo Colleoni, y tuvieron el apoyo de Borso de Este, duque de Módena y Reggio, y de señores de Romaña como el de Pesaro o Forlì. Milán, Florencia y Nápoles reaccionaron formando una liga en Roma a comienzos de 1467, enfrentándose ambos bandos en la batalla indecisa de la Molinella, por otro lado el duque Amadeo IX de Saboya había invadido territorios del marqués Guillermo VIII de Montferrato, aliado de Milán. El 2 de febrero de 1468, el papa Pablo II publicó la bula de pacificación de Italia, [129] pero en octubre falleció Segismundo Malatesta, señor de Rímini, y su hijo bastardo Roberto tomó la ciudad[130] y aseguró su poder frente al papa Pablo II aliándose con Nápoles, Milán, Florencia, y el señor de Urbino, Federico da Montefeltro, temeroso de la ampliación del poder papal en los Estados pontificios, por su parte, el Papa se alió con Venecia (que estaba en guerra con los turcos) y se inició la guerra. En agosto de 1469, las tropas papales fueron definitivamente derrotadas, asegurando la posición de Malatesta, y pot otra parte los aliados Milán, Florencia y Nápoles renovaron su alianza en Nápoles en julio de 1470[131] . Cuatro días después, el 12 de julio, cayó la isla veneciana de Negroponte ante los otomanos, el papa Pablo II, renovó el sistema de Lodi el 22 de diciembre, ante el temor de que las costas estuvieran expuestas a los ataques turcos. Pero esta iniciativa produjo simplemente el pillaje de la costa anatólica.

El papa Sixto IV, por Joos van Gent.

El papa Sixto IV (1471-1484) condujo su pontificado con el engrandecimiento de su familia, a los que aparte de beneficiar con honores, les otorgó territorios en Romaña, lo que fue visto como una amenaza por Florencia, que intervino para frenarlo. El apoyo del Papa a la fracasada conspiración de los Pazzi (1478) contra los Médici, con la subsiguiente ejecución del arzobispo de Pisa Francesco Salviati fue la excusa para poner a Florencia bajo interdicto y emprendió la guerra (1478-1480) con el apoyo de Nápoles y Siena, capitaneados por Alfonso de Calabria y Federico da Montefeltro, duque de Urbino;[132] y Florencia por su parte, capitaneada por el duque Hércules de Ferrara, contaba además con la alianza de Venecia, del marqués de Federico Gonzaga de Mantua, y de las ciudades de Rímini y Bolonia, y la regencia del duque de Milán, sin embargo, el apoyo milanés a Florenca se vio neutralizado al entrar en liza a favor del Papa, Génova (que se había sacudido de la tutela milanesa), los suizos y los tres tíos exiliados del duque Gian Galeazzo, Ludovico, Ottaviano y Ascanio. Ludovico Sforza apodado el Moro, entró en Milán (1479) y usurpó la regencia con el beneplácito del Papa; por otra parte, la guerra estaba siendo ruinosa a Florencia, y su líder, Lorenzo de Médici, logró hacer una paz separada con el rey Ferrante de Nápoles, aprovechando la baza de una posible intervención del rey Luis XI de Francia y del duque de Lorena, Renato de Anjou, en auxilio de Florencia contra Nápoles. Finalmente la guerra se dio terminada cuando ante el desembarco de los otomanos en Otranto (1480), el Papa Sixto IV aceptó la paz y se formó una liga entre los estados italianos formada por el Papa, el rey de Nápoles, el duque de Milán, y el de Ferrara, el marqués de Mantua, el de Montferrato, y las repúblicas de Florencia, Génova, Siena, Lucca y Bolonia, además de los reyes de Hungría, Aragón y Portugal.

Otranto capituló a las fuerzas cristianas en 1481. Y libre de los turcos, el Papa prosiguió el engrandecimiento de su familia para conseguir a su sobrino Girolamo Riario un principado en Romaña, y se alió con Venecia, para repartirse los territorios del duque Hércules de Ferrara. Venecia entró ahora en la dinámica política italiana tras haber firmado la paz con el Sultán otomano en 1479, finalizando así una guerra de diciséis años (1463-1479), pero esto motivó otra alianza para impedirlo formada por Florencia, Milán, Nápoles, Mantua y Bolonia. Sin embargo, el Papa cambió de bando para intentar obtener para su sobrino una mejor parte de Ferrara, pero los venecianos prosiguieron la guerra (1482-1484), hasta que sus enemigos pactaron la paz de Bagnolo (1484) sin conocimiento del Papa, y en la que Venecia obtubo ganancias territoriales en la región de Rovigo, días antes de la muerte del propio Papa.

Lorenzo de Médici, retrato por Agnolo Bronzino, Galleria degli Uffizi, Florencia.

El nuevo papa Inocencio VIII tomó partido en la insurrección de los nobles napolitanos contra el rey Fernando, pero tanto Florencia como Milán temían del resultado de ver extendida la influencia temporal del Papa en el sur de Italia. El desenvolvimiento desfavorable al Papa y la mediación de Lorenzo de Medici y de los Reyes Católicos llevaron a una paz con Nápoles en Roma (1486), y aunque finalizaron las hostilidades, las cláusulas fueron ignoradas por el rey napolitano. Lorenzo de Médici, ahora en amistad con el Papa, tenía las manos libres para conquistar Sarzana a Génova, y Ludovico el Moro extendió su poder en el gobierno de Génova (1488). Desde entonces y hasta la muerte de Lorenzo de Medici en 1492, Italia disfrutó de años de un pacífico balance de poder, pero sus vecinos europeos habían llevado a cabo procesos de fortalecimiento de la monarquía autoritaria, e Italia quedó rodeada de grandes potencias.

Carlos VIII de Francia por Jean Perréal, Museo Condé de Chantilly.

El hijo de Lorenzo de Médici, Pedro II, para reafirmar su propio poder en Florencia, renovó alianza con el rey napolitano, en un momento en el que la hija del duque de Calabria esposó con el duque de Milán, Gian Galeazzo. El verdadero gobernante de Milán, Ludovico el Moro, temió de la alianza de Florencia y Nápoles para instaurar a su sobrino en el legítimo gobierno que le correspondía, y estableció una liga con el nuevo papa, Alejandro VI (sobrino de Calixto III), el duque de Ferrara y Venecia, a la que también incluyó al rey de Francia Carlos VIII (en quien habían recaído los derechos angevinos al trono napolitano por el fallecimiento de Carlos V de Maine). El rey francés hizo las paces con sus vecinos aragoneses (Tratado de Barcelona), ingleses (Tratado de Étaples) y borgoñones (Tratado de Senlis), y emprendió los preparativos para la campaña, mientras, el rey Ferrante de Nápoles emprendía la defensa y acercó a su causa al papa Alejandro VI, pero murió poco después en enero de 1494, le sucedió su hijo Alfonso II, quien envió a su hijo Fernando a Romaña para unirse a las tropas papales y florentinas. El rey Carlos VIII entró en Italia en agosto de 1494, sin oposición de las regentes de Saboya y Montferrato, y con la neutralidad de Venecia, y de Módena-Ferrara, inició la campaña italiana rompiendo así el sistema de Lodi, e iniciando el periodo de las guerras italianas.

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Bibliografía


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