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  Como la mayor parte de nuestro alfabeto, esta letra se la debemos a los fenicios, quienes, a su vez, la tomaron de un signo jeroglífico egipcio. Los fenicios la llamaban lamed, es decir, \'bastón\', debido a la forma que tenía entonces. Griegos y etruscos también la adoptaron a partir del alfabeto fenicio, pero fueron los romanos quienes le dieron, en sus variantes mayúscula y minúscula, la forma que ha pervivido hasta hoy en español. Existe, no obstante, una versión más propia de la escritura manual, con una especie de bucle en forma de pez, que se desarrolló durante la Edad Media debido a la costumbre de los amanuenses de ligar una letra con otra en un solo trazo.
  En la realización fonética de la l interviene de forma muy activa la lengua, cuya parte delantera hace presión contra los alvéolos de los dientes superiores. En este sentido, resulta sumamente curioso que la palabra lengua contenga en muchos idiomas una l: lingua en latín -que trasladó la letra a todas las lenguas romances-, glosa en griego, lissan en árabe, nylev en húngaro... No en vano, el filósofo griego Platón (427-348 a. C.) consideraba que esta letra había dado nombre «a las cosas lisas, el verbo resbalar y a lo grasiento y lo viscoso».

Diccionario del origen de las palabras. 2000.


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